CUENTOS PARA LEER DOS VECES, ¿Dónde van las lágrimas que no echamos?, por Pedro H. Martínez
Cuando Javier llegó, Lucía estaba en el sofá, recostada con una revista en la mano. No estaba enfadada, pero tampoco estaba contenta. Él había vuelto a venir tarde, ya eran varias las noches que lo hacía. Lucía sabía que no estaba en el trabajo, a pesar de ello, se negaba a pensar mal de él. Ambos tenían la posibilidad de geolocalizarse, conocer el punto exacto en donde se encontraban, pero hacerlo supondría meter entre ellos la duda, sembrar la cuestión de confianza, y ella no quería hacerlo, y no lo hizo.
Al llegar, Javier se quitó el abrigo, lo colgó lentamente en el perchero de la entrada, revisó los bolsillos y depositó llaves, caramelos, alguna nota y una pequeña cinta métrica en el vaciabolsillos de la entrada. Miró lo que había dejado, cogió la cinta métrica, la miró una segunda vez, y la volvió a dejar.
Se acercó hacía donde estaba Lucía. Ella sabía que en algún momento le contaría que estaba pasando. Desde que empezó a llegar tarde, las conversaciones fueron siendo menores, quizás porque el tiempo del que disfrutaban juntos era menor, quizás porque su relación se estaba enfriando, quizás era la edad. Ella siempre disculpaba, siempre creía en él, lo admiraba profundamente.
Lucía siempre fue así, la mayor esperanza que él encontró. Nadie supo leer sus ojos como lo hizo ella, nadie supo calentar sus manos frías como lo hizo ella, nadie supo de la amargura en las fases de oscuridad y preocupación en las que él nadaba periódicamente. Nadie.
Llegó hasta ella, se agachó y se sentó en el suelo, junto al sofá donde ella estaba recostada con la revista en la mano y cubierta por una manta de esas con abundante pelo, blanca por una cara y azul por la otra. Él inclinó la cabeza sobre ella y suspiró. Ella acarició su cabeza, sus cabellos eran suaves, finos, tenían el tacto de un osito de peluche, percibió que no era tan denso como cuando era joven. Lucía se incorporó sin dejar de acariciarlo, y lo olió, como lo hace un amante en una despedida, pero sabía que él no se iría a ninguna parte.
¿A qué huelo? -preguntó Javier con los ojos cerrados.
A melancolía, a dolor por dentro -contestó ella con sosiego, con la quietud y la placidez que da el amor en momentos difíciles-, pero mis caricias te devolverán tu olor a naranja dulce, a vainilla tostada y a pan de hogaza.
Gracias.
Se quedaron unos minutos en calma absoluta. Javier dejó de pensar, las lágrimas que quisieron en algún momento asomar, dejaron el balcón de sus ojos. ¿Dónde se esconden las lágrimas que no echamos? ¿Por qué un abrazo o una caricia es tan importante para serenar el alma, para reposar el corazón al guerrero, para dar la paz necesaria?
De repente se incorporó, la miró a los ojos, Lucia se hizo la sorprendida al verlo levantar la cabeza y le propuso la pregunta que él esperaba: “¿qué pasa cariño?”.
Tengo que contarte algo -se incorporó del suelo y se sentó en sofá cogiendo de los pies a su mujer, ella llevaba unos calcetines azul marino con las punteras y las taloneras amarillas, y llenos de notas musicales, a ella le parecían una monada, él sonrió al verlos y recordó donde los compraron.
Cuéntame, sabes que no me iré mientras sigas tocándome los pies -dijo ella sonriéndole.
Hace unos días -el desvió la mirada hacia un cuadro en la pared, o hacia la nada-, recibí una llamada al trabajo. Era una chica joven, su voz era aniñada, pero me resultaba familiar, no sé por qué pero empezamos a hablar… hablar -él se detuvo, volvió la vista hacia a ella, sintió que su forma de expresarse podrían alarmarla, así que mientras con una mano sostenía sus pies, con la otra mano cogió la mano izquierda de ella.
Y, ¿por eso llegas tarde?
No. Al día siguiente, volvió a llamarme y pidió algo.
¿Veros?
Si, pero en el despacho, me dijo que no quería interrumpir mi horario laboral, la chica trabaja y me pidió vernos en el despacho a las ocho de la tarde.
Tú, ¿accediste?
Si, sabes que soy inflexible en asuntos laborales con mi horario, pero accedí -soltó la mano de Lucia para indicarle que esperara, que seguía contándole cosas, tragó saliva-. Cuando llegó la chica, el despacho estaba vacío, parecía que estuviera esperando que todo el mundo se fuera. No estaba contento con lo que estaba haciendo, pero su voz me atraía, y hoy supe por qué.
Javier, ¿qué pasó en el despacho? -preguntó Lucía.
Ella llevaba una carpeta llena de documentos, me presentó un problema de herencia con una vivienda de su marido fallecido. Le pregunté su edad, y todavía me sentí más obligado con ella…
¿Obligado por qué?
Ella tenía la edad que tendría nuestra hija Sandra, veintisiete años. La ví como si nuestra hija viniera a contarnos un problema.
Sigue.
Nos tiramos algo más de una hora hablando de los documentos que necesitaba para poder decirle si veía factible lo que ella pretendía. Dos días después, volvió a llamarme, me dijo que necesidad de hablar con alguien, y que sabía que yo la escucharía.
Siempre has sido de los que oyen a los demás -ella le mostró un punto de enfado, su entrecejo se frunció-, y la escuchaste -dijo con cierta ironía.
Me contó sus problemas como profesora de turno nocturno en su instituto, me indicó que al ser un turno de adultos, prácticamente, algunos hombres la acechaban, y que no quería dar parte a jefatura de estudios -él volvió a mirar al cuadro o a la nada-, me contó los problemas que tiene para poder criar a su hija, debido al turno de noche en el instituto, y… que necesitaba contarlo.
No te fíes -dijo ella mientras le cogía la mano, quería que la volviera a mirar.
Tres días más tarde, me trajo los papeles, me pidió que la esperara hasta las nueve de la noche. Estuvimos algo más de dos horas.
El día que viniste cenado.
Si, ese día pedí una pizza para compartir. Ella devoraba la comida, me encantó verla comer, y sobre todo a qué velocidad, me recordó cuando éramos jóvenes, veía tu sonrisa.
¡Alto, para!,
Sofía, no es eso, de verdad, déjame contarte -ella había soltado su mano, él volvió a coger su mano-. Así, hasta que le dije que veía caso y que se lo llevaría muy gustosamente.
¿No pasó nada?
Nada.
Mírame a los ojos, ¿no pasó nada?
No, en serie -Javier sonreía, mientras tocaba la cara de Sofía-, puedes confiar en mí, sabes que se me notan las cosas, y siendo tú tan lista…
Eso es verdad, soy lista -rieron los dos-, sigue contándome, que pasó después,
No sé por qué, quizás su edad, su juventud, la dulzura con la que hablaba, no sé, había algo que me reconfortaba, me llenaba de vida, me hacía sentir joven, vigoroso y, sobre todo, créeme, en ella había algo muy familiar.
¿Por qué no te voy a creer? -dijo Sofía-, conoces bien a las personas, solo te equivocaste conmigo -sonrió.
Le voy a regalar mis honorarios, asumirá los de procuradores, tasas y alguna otra cosita como periciales, pero mis honorarios se los regalo.
Si que ha debido impresionarte.
Hoy, le pregunté por qué me eligió a mí, por qué me buscó, le indiqué que me sentía muy bien con ella, y que quería presentarle a mi mujer.
Y, ¿qué dijo ella?
Ella primero me sonrió, luego me contó que hay una fotografía mía con su padre en el salón de su casa, y que su padre siempre le dijo que si algún día necesitaba a un amigo, necesitaba hablar con alguien, o necesitaba ayuda, buscara en la parte de atrás de la fotografía.
¿Qué había?
Me dijo que se acordó, y fue a casa de sus padres fallecidos, y buscó el portarretratos, sacó la foto y había una nota que decía “Siempre te dije que tener un amigo es tener un tesoro, porque la verdadera amistad trasciende más allá del tiempo. Éste tipo es mi amigo Javier, soy yo con otro cuerpo, allí me tienes siempre”.
Los dos se abrazaron y lloraron.

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