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SUMARIO DEL 21 DE OCTUBRE DE 2023

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  ¡Salud y República de las Letras! Mientras el otoño lucha a brazo partido contra las crecidas fuerzas del verano, la literatura sigue abriéndose paso o aquí os traemos una nueva vendimia con la que podréis, si gustáis, probar nuevos vinos. Vanitas. Valdés Leal Conoceréis nuevos aspectos de la juventud de don Quijote con Santiago Delgado. Rafael Hortal os promete goces insospechados en las raíces mismas de la conciencia humana; mientras que Marcos Muelas os invita a explorar la profundidad de un ser malvado cuyo nombre no puede ser pronunciado en voz alta sin despertar a las divinidades del Infierno. La prosa inteligente, contemplativa y humana de Bernar Freiría os llevará por nuevas regiones. Y finalmente Kamo no Chomei os invitará a contemplar un mundo más allá de su propio colapso. ¡Disfrutad de la vida y de la literatura!

MINUETO. Al final del sendero, por José Antonio Molina

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La nueva era de poder erigida en la ciudad de Kamakura y el ascenso de grandes señores del acero acompañados por sus propios poetas, cantores de hazañas y batallas, fue un acontecimiento que anunció para mí el advenimiento de un mundo hostil y en el que me causaba gran pena envejecer. Ni mi laúd ni mis versos tenían sentido ya, ni como guardián del archivo imperial de la poesía volvieron a ser requeridos mis servicios. La política y los gustos cambiaron al mismo tiempo. De la noche a la mañana el mundo y yo no nos reconocíamos mutuamente. En medio de la enorme confusión provocada por el ruido de las armas y el bramido fanático del shogun , semejante a un toro violento, me vi a mí mismo cada vez más lejos de poder albergar la esperanza de contemplar nuevamente un rostro inspirado por la piedad en la corte del poderoso. Así opté por separarme del mundo asustado y harto de la carnicería cruel entre los clanes sanguinarios de Minamoto y Taira . He aquí que abandoné el camino de los dioses...

EL VERDE GABÁN. Las mocedades de don Quijote (el Quijotillo). Octava entrega, por Santiago Delgado

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De Doña Ginesa de Motilla, Señora Madre de Don Alonso Mi madre, la señora Ginesa, criome sin el necesario apego y cariño de solícita madre, no tanto por no poder salir de la pena de saber a su esposo, y padre del niño suyo, muerto de tan crudelísimo mal, como por necesitar todo su empeño en sacar adelante la escasa hacienda que nos quedara tras los embargos a los vencidos; en particular, a su suegro, mi abuelo. Ocupándose de tales menesteres salió, en buena hora, de la honda negrura de su dolor. Contrató, por la manutención y el techo, a una muchacha de aldea vecina, tras el destete mío, que con el tiempo devino ama, para cuidar de la casa y del recién nacido. Esa ama es la madre del ama que tú conoces, que heredó el cargo en mi hacienda. Sancho. Luego, se las comenzó a ver con segadores y pastores, tratantes y arrieros, tal y como se las habría de haber visto su finado esposo. Y no fue cosa fácil, pues los tales, al ver mujer al frente de los negocios de la casa, trataron de engañar...

CRONOPIOS. El colgante XII. Fosforita, por Rafael Hortal

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Estaba amaneciendo en el poblado derruido en el desierto de Sudán. Alizée se despertó y fue a recoger el agua condensada durante la noche antes de que apretara el calor y se evaporara. Continuaron el monótono viaje mientras Alizée recordaba las tribulaciones de las últimas semanas: desde que salió de Francia todo había sido muy intenso, y seguía viva para contarlo. Pensaba que había tenido mucha suerte teniendo en cuenta cómo eran los energúmenos que la esclavizaron. Agarró fuertemente el colgante fálico de madera tallada y recordó a sus amigos, estaba segura de que se preocupaban por ella y que la estaban buscando. Al atardecer llegaron a la carretera que llevaba a la ciudad de El Obeid. Alizée se unió a un pequeño grupo de gente andando que huía de su pueblo saqueado y buscaban rehacer su futuro en la gran ciudad. Khalid con Rania no siguieron en línea recta, entrarían a la ciudad por otro lugar más al norte para pasar desapercibidos.  Peter, desde Londres, llamó a Alain para dec...

EL ARCO DE ODISEO. El odio de Joseph, por Marcos Muelas.

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Viajemos hasta la Alemania de 1920. En esa década fue cuando ya se estaban comenzando a gestar las bases del Holocausto. Y no es que la cosa empezara de golpe sino que fue en un crescendo que acabó yéndose de madre. Imaginad una Alemania, por aquel entonces llamada la República de Weimar, que aún se lamía las profundas heridas recibidas en la Gran Guerra. Una nación que tras rendirse en el conflicto, se vio sometida al pago de indemnizaciones mientras tenía que agachar su avergonzada cabeza. Joseph Goebbels era uno más entre los numerosos parados que rumiaban el descontento por la derrota. Una derrota que se convertía en la culpable de todos sus males, presentes y futuros. Era un hombre menudo, alejado del prototipo ario. Durante su infancia había padecido una osteomielitis en la pierna causándole una cojera que le seguiría el resto de su vida. Y fue su pierna, lisiada de por vida por una enfermedad intratable en aquella época, la que le privó de sentirse un hombre válido. Condenado,...

PASADO DE ROSCA. Tamales de Chivo, 4. Jenaro, por Bernar Freiría

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  …/… Tú te preguntarás dónde estaba nuestro hombre. Pues al parecer, huyendo de la Justicia había ido a parar a México. Parece ser que sus abogados españoles, a los únicos que les pagó religiosamente lo que les debía, por la cuenta que le traía, le habían proporcionado contacto con un colega de Monterrey para que le ayudara a instalarse en donde nadie pudiera informar a las autoridades españolas de su identidad ni de su paradero. El abogado mexicano le confirmó que, si quería ser invisible, no le quedaba otra opción que moverse por los márgenes de la legalidad. Una manera de que nunca lo encontraran era incrustándose en alguna de las poderosas organizaciones del narco existentes en el país. Era seguro para burlar a la policía, pero arriesgado, especialmente para alguien de salud delicada como él. Otra opción, le dijeron, para mantenerse a buen recaudo, en ausencia de dinero para otro tipo de vida, era afincarse en un barrio periférico de la capital y buscarse la vida en actividade...

SUMARIO DEL 14 DE OCTUBRE

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 ¡Salud y república de las letras! Continúa el mes y estamos ya en las postrimerías de la Feria del Libro. Esta semana los amigos de Dulcinea os traen la mejor literatura con nuestros colabores Juan Ángel Sánchez, Gedi Máiquez, Santiago Delgado, Rafael Hortal, Gabriel Lauret, Charo Guarino y Bernar Freiría Precisamente a Bernar Freiría hemos de felicitar por el gran éxito que está teniendo su novela, como podéis ver la página entera que le dedica La Verdad de Murcia. ¡Enhorabuena, Bernar! Disfrutad de la Feria del Libro y de la literatura. Charo Guarino y Rafael Hortal Gedi Márquez y José Antonio Molina Gedi Máiquez Rafael Hortal y Santiago Delgado Marcos Muelas, Rafel Hortal, y al fondo Illán Vivas Isabelle García Molina y José A. Molina De izq. a dcha.: José A. Molina, Ángel Montiel, Bernar Freiría Marcos Muelas con Pablo Marín, Miguel Ángel de Tus, José A. Molina y Bernar Freiría De izq. a dcha.: Juan Ángel Sánchez, Rafael Hortal, Carmen Conesa Santiago Delgado   Juan Ángel...

Entre el bosque y el jardín, por Gedi Máiquez

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Si esta ilusión ha ofendido, pensad, para corregirlo, que dormíais mientras salían todas estas fantasías [...] Os da la palabra este duende.          William Shakespeare Edda había vuelto a la habitación de su infancia, esta vez transformada en una mujer de espíritu libre y soñador, probablemente forjado en los años vividos en aquel lugar. En ese momento repitió un gesto que le recordó a su niñez cuando la curiosidad  y el aburrimiento hacían  mella en su carácter. Le gustaba apoyar su frente en el cristal de la ventana queriendo con ello distinguir lo que sucedía en el exterior de la casa doblegando sus ideas al capricho de la imaginación. La tormenta estaba arreciando y el golpeteo de las gotas en la cornisa marcaban el ritmo de sus pensamientos, esos que la llevaban al lejano recuerdo de su amigo de la infancia. Allá afuera estaba el mundo de él, indómito y divertido como siempre, quién sabe si con la esperanza de volver a encontrarse  para r...

EL VERDE GABÁN. Las mocedades de don Quijote, entrega 7, por Santiago Delgado

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De tal manera, acabada la contienda, y perdida la ocasión para la Comunera gente, presentáronse, en nuestra hacienda, exactores del Emperador, dispuestos a embargar la hacienda toda y las tierras, por traición al Imperio, dijeron. Doña Servanda, mi señora abuela, viuda de Don Martín, consiguió ablandar un tanto, el corazón de los recaudadores, a base, claro, de nutrir la faldriquera particular de los tales tributeros flamencos, aun a costa de casi todos los pegujales de nuestra propiedad. Quedóse únicamente con el poco terreno del que vivimos hoy –desde antes de que yo heredara– el ama, la sobrina y yo mismo, amén de algunas fanegas que mi abuela consiguió ocultar a los flamencos y secuaces castellanos suyos.  Fue mi padre Don Álvaro Quijano, que murió de apoplejía, que dicen físicos. Quedó sin habla ni movimiento casi de santiamén, apenas engendrado yo mismo. Mi pobre madre, Doña Ginesa de Motilla, viuda quedó repentina, y tuvo que hacer frente, como su suegra Doña Servanda, a las...

CRONOPIOS, El colgante XI. La mochila, por Rafael Hortal

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En el bungalow del campamento de Meroe, Bea intentaba mantener erecto el pene de Alain durante el mayor tiempo posible con ungüentos, masajes y la percusión rítmica de su tambor de chamana. Danzaba desnuda a su alrededor tocando el tambor que elevaba como si se alzara solo con sus cuatro plumas al viento. Los pechos se movían con la misma cadencia, lo que producía en Alain un estado hipnótico. —Bea, por favor, me vas a matar, ni la viagra lo consigue tanto tiempo, además con las preocupaciones es muy difícil mantenerla así. —No puedo hacerte una felación, se iría el ungüento, pero excítate tocándome los pechos y haciéndome un cunnilingus, si quieres.  —Si esta brujería tuya da resultado me caso contigo. —Conseguiré que tu falo divino sea alado, como lo representaban los romanos. Entonces tendrás que casarte con Alizée y conmigo a la vez. Ja, ja, ja. —Bea, recuerda que Alizée nos decía en la carta que se la daba a un cazador alemán para que la dejara a mi nombre en la recepción del ...