EL VERDE GABÁN. Las mocedades de don Quijote (El Quijotillo). Entrega 19, por Santiago Delgado
Don Bartolo, como le llamábamos todos en su ausencia, me estaba esperando, brazos en jarras, y cara de pocos amigos. Aunque se notaba que fingía. Todos los curas tienen algo de cómicos, pues dar sermón, mucho se parece en lo de afuera, a decir monólogo en escena.
–¿Dónde se ha metido vuesa merced, señorito Quijano? Parece que sus zapatos estrechos no le han impedido fugarse al campo, donde me dicen lo han visto no muy bien acompañado.
Yo, quieto y parado, humillaba la cabeza. Desde dentro de la rectoría se escuchaban las risas de los colegiales, mis compañeros de clase e internado, que mirarían el caso por alguna rendija de ventana mal cerrada. Mi cara me ardía de roja y colorada de vergüenza y coraje.
–Un día de estos, vendrá su señora madre, supongo que con zapatos nuevos. Mientras tanto, le abriremos, como bocas delanteras de endriago reptante, las puntas de esos zapatos que no supieron crecer con vuesa merced. Pase adelante, hasta la cocina, allí, Maese Andrés, con el cuchillo jamonero le abrirá los cueros que oprimen sus desconsiderados dedos pedestres, con que aguantará hasta que su señora madre arribe. Pase vuesa merced adentro, que, como castigo por abandonar la fila de paseo, mañana arreglará y limpiará los dormitorios enteros, y aun el aula de clase. Además, hará la lectura del evangelio del día, y recibirá como es de orden y capitulo un zurriagazo en las piernas por cada equivocación. Repase la pronunciación latina, haraganillo.
Yo, Sancho hijo, determiné irme del mal cura, escapándome de madrugada, hacia donde más o menos recordaba haber llegado, hasta encontrar el lugar de la Mancha que mis ancestros ficieron hogar de los míos. Y descansar. Ni siquiera recogería mis exiguas y parcas pertenencias, si es que así podía llamarse mi ajuar. O buscar el aduar de Santiago, y pedir asilo de caridad, con ánimo de hacerme gitano y ansí mesmo nómada. Aprendería a tirar piedras, y a seguir su dura regla de intemperie y soledad. Todo, menos seguir con el cura impío y salaz que vivía de que nosotros, sus pupilos, malviviésemos por saecula saeculorum.
Me está interesando mucho está memoria de la infancia de nuestro héroe literario.
ResponderEliminarEscrito magistral, proclamó.