ALAS DE MARIPOSA. Adela II, por Gedi Máiquez
Las pocas farolas encendidas en esa fría noche de noviembre, salpicaban la calle como luciérnagas desorientadas. Pensó que así era como se sentía cuando llegó al lugar que la vio nacer. Jerez en 1925 era una ciudad próspera y adinerada gracias a las bodegas y a los inversores extranjeros que habían ido llegando paulatinamente desde el siglo XVIII. Su padre era uno de ellos, había nacido en Inglaterra pero pronto llegaría a la ciudad llamado por su familia paterna afincada en el sur de España. Adela se parecía mucho a él. Su pelo rojizo y ensortijado en bucles rebeldes había provocado más de un tirón de pelos de su madre, frustrada por no poder domar ni a su melena ni a ella. Era delgada y no muy alta. En su figura destacaba un generoso pecho que asomaba curioso a través de sus medidos escotes y de los vanos intentos de mantenerlo en un discreto segundo plano para evitar las miradas recriminatorias de doña Angustias, su madre.
Sus brillantes ojos color miel, enmarcados en un amplio abanico de pestañas, observaban melancólicos la puerta de acceso que daba paso al gran patio de la casa familiar. Dentro la esperaba, chiquita y encorvada, la que había sido su nanny desde que nació. María se acercó a ella y Adela se refugió en sus brazos como tantas veces lo había hecho de pequeña, cuando buscaba su regazo protector por el miedo a las consecuencias de no cumplir con los estrictos deseos maternos. Adela lloraba en silencio mientras María le susurraba palabras de consuelo a la vez que le acariciaba su pelo ensortijado, echando de menos la antigua melena que reposaba sobre sus hombros. Había sido sustituida por un favorecedor y moderno corte bob que le enmarcaba el bello rostro. Mientras, su llanto liberador se estaba convirtiendo en sollozos acompasados al ritmo de su respiración.. Lo había reprimido durante tantos años que ahora sus lágrimas brotaban sin parar en un acto que la llevaban a las imágenes de su pasado. Lloraba por no haber tenido la madre comprensiva que hubiera necesitado. Lloraba por todo el miedo que había pasado cuando la mano de Angustias era portadora de toda su frustración contra ella. Lloraba por cómo la había oído ahogar los sollozos en su cuarto, junto a la culpa y la desesperación que sentía por no saber controlar la ira que la poseía. Lloraba por todos los años de ausencia y, porque a pesar de todo, había querido a su madre.
Angustias se había casado muy joven con Peter, el apuesto seductor inglés que le prometió el mundo que ella había anhelado, donde la confianza ciega en el amor romántico había ocultado todo lo demás. El paso de los años la fueron convirtiendo en un ser irascible y sombrío, nada que ver con la joven bonita y alegre que fue en el pasado. En un rincón de la memoria quedaban las noches donde el lecho conyugal sólo entendía un lenguaje y las risas ahogadas presagiaban placeres infinitos. A la vez que Adela crecía, sus padres se fueron
distanciando. Su madre se refugió en la Iglesia, lugar donde limpiaba la culpa y afianzaba la rectitud moral. Los padrenuestros y avemarías garantizaban el perdón. El refugio de su padre era de vivos colores y perfumes exóticos que dejaban huella. Esa que su madre seguía el rastro para terminar gritándole cuánto lo odiaba.
El pasar de los años y la huida de Adela la habían convertido en un ser taciturno y melancólico donde solo en los últimos días de su vida pudo disfrutar de unos instantes de paz. El reencuentro con su esposo después de tantos años de ausencia, sabiendo que a su manera no había abandonado a Adele, le dieron la fuerza necesaria para afrontar el último paso. Solo le quedaba un último cometido antes de que la enfermedad se la llevase. El padre Fermín recogió con el semblante entristecido la carta que le entregaba Angustias. Dársela a Adela en mano significaría que su feligresa había fallecido, más el nerviosismo que se apoderó de él, era fruto de algo que había dormido en su interior durante mucho tiempo. Esa carta portaba el remite a su pasado.
Continuará…
Es un relato muy ameno con una trama que engancha. Estoy deseando leer el proximo capítulo
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