PASADO DE ROSCA. Tamales de chivo: 1. Flori, por Bernar Freiría





—Ya lo sé, ya sé que tú también lo estás pagando muy caro y que lo pasas muy mal, pero tengo que decírtelo, porque ¿cómo no has sido capaz de pararlo a tiempo? No, no me digas que no has podido evitarlo. ¿No ves que se ha ido dejando en la ruina a sus parientes? Eso ha sido imperdonable. No fue suficiente que se haya hundido él solo, tenía que extender, como si fuera una enfermedad contagiosa, la desgracia a toda la familia…

—Yo no podía pararlo, Chon. Ni yo sabía nada de sus fechorías, ni él me hubiera permitido tomar cartas en el asunto. Es muy suyo, tú lo sabes, y llevaba las cosas a su manera sin dar cuentas a nadie, y menos a mí.

—No me digas que una mujer con estudios como tú, Flori, no se daba cuenta de lo que estaba pasando, porque eso no se lo puede creer nadie…

—Pues ya, pero por raro que te pueda parecer, es así. Él no daba explicaciones ni cuando los negocios le iban bien —o parecía que le iban bien, porque ahora yo ya desconfío de todo lo que se relacione con Jenaro—, ni cuando empezó a faltar hasta para los gastos diarios. Cuando dejamos el chalé y nos fuimos a vivir de alquiler, claro que yo ya tenía algo más que una sospecha de que estábamos arruinados; ya viste que empecé a mover a mis contactos para volver a trabajar, a ver qué te crees.

—Y ¿ni siquiera entonces le pediste explicaciones?

—Él me decía que estaba pasando un bache. Que era algo que tenía que ver con no sé qué de un transformador que la compañía eléctrica no acababa de poner, y que eso le tenía parada una urbanización que ya tenía que estar vendida. Y de ahí no lo sacabas. Yo primero me dije que tenía que apoyarlo. Estaba retraído, acobardado, ya no era él mismo de antes y lo que a mí me preocupaba era que podía caer en una depresión y que, si no lo ayudaba yo, se me vendría abajo. Así que, haciendo de tripas corazón, yo lo animaba: “no te preocupes, ya verás cómo pasa esta mala racha y los negocios vuelven a funcionar como antes.”

—Pero es que no me puedo creer que no tuvieras ni idea de que estaba saqueando a la familia y a los amigos con el famoso cuento del transformador, hija, si les contó a todos lo mismo…

—Pues ya te lo he dicho; te lo creas o no, a mí no me daba cuenta de sus negocios. Yo sabía, cómo no iba a saber eso, que se dedicaba a la promoción o a la construcción, pero nunca jamás supe detalles. Cuando gastábamos a manos llenas, alguna vez le pregunté si podíamos permitirnos tanto derroche, pero él me aseguraba una y otra vez que sí, que estaba ganando mucho dinero, que no había por qué preocuparse. Y lo decía con tal seguridad, que había que creerle.

—Ya. No me digas que te creías a pies juntillas todo lo que te decía, que no tenías ni una sola duda. Que ni se te ocurría pensar que no era prudente gastar de aquella manera que lo hacíais por mucho que él ganara tanto como presumía, que hay que ver lo que presumía.

—Pues sí, claro que me parecía que debíamos guardar o invertir algún dinero por si llegaban las vacas flacas. Algo me decía que aquella locura no podía durar toda la vida. “No hay gente que pueda comprar tanta casa como se construye en esta ciudad tan pequeña”, le decía yo. “Tenemos que estar preparados para cuando ya no te las quiten de las manos como hasta ahora”. Y él me contestaba siempre: “Tú no te preocupes, Flori, deja eso de mi cuenta. Con lo que estamos ganando ya nunca nos va a faltar de nada, seguro”, me respondía. Y supongo que yo me engañé sin calentarme la cabeza, y quise pensar que él estaba guardando algo.

Continuará…/…


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