La soledad, por Gedi Máiquez
Edward había llegado hacía dos días procedente de París con el objetivo de saldar la deuda que había adquirido consigo mismo. Madrid en 1910 era una ciudad en construcción, donde esqueletos conformados de ladrillos se hacían hueco en la laberíntica ciudad de tejados rojos, que en su tardes más brillantes, incendiaban de luz el ocaso del día. Ante sus ojos se mostraban calles que presagiaban ser grandes vías, desplegándose como arterias dispuestas a albergar al gentío que discurría incesante y veloz por ellas. Recordaba entonces a los personajes, que con esos movimientos, protagonizaban las proyecciones de cine que estaban tan de moda en su país.
Sorteó como pudo los pocos coches mecánicos existentes, los carros tirados por caballos y algún que otro excremento, fruto de la mal llevada incontinencia equina que salpicaba de manera aleatoria la zona adoquinada que cubría el otrora Prado de Recoletos. A esta altura, se encontraba un impresionante edificio de reciente construcción erigido como Biblioteca Nacional hacía menos de dos décadas, recordando entonces que lo tenía pendiente de visitar. Dejó a un lado ese pensamiento fugaz sabiendo que su objetivo en ese momento era otro. Le quedaba todavía un buen trecho para llegar a su ansiado destino, el Museo del Prado.
El joven pintor norteamericano se había empapado en sus dos últimos viajes a Europa de todas las vanguardias que estaban destacando en ese momento, pero en realidad necesitaba sentir donde se inició todo, su obsesión era llegar a contemplar las obras de Goya, en su afán de estudiar los trazos del maestro que lo llevaron a plasmar el dolor humano, los miedos y la pérdida en los últimos años de su vida, haciendo de esto una pintura desgarradora.
Custodiaba las obras como el soldado que hace guardia fuera de la garita para asegurarse que todo está a salvo y bajo control. Se había hecho una burbuja de protección envuelta en un ostracismo algo enfermizo, para no llegar a ser consciente de lo que sucedía a su alrededor y así poder disfrutar a solas de ese momento. Solo un perfil de mujer se interponía entre La lechera de Burdeos y su silencio, cuando de pronto se vio a sí mismo observando el semblante de la mujer que admiraba con curiosidad las facciones de la protagonista del cuadro.
La desconocida era distinguida en su sencillez, donde delgadas líneas situadas estratégicamente en el óvalo facial y un leve surco grisáceo enmarcando sus ojos color miel, hablaban de un dolor antiguo que sin embargo no alteraban ni un ápice la serenidad de su rostro, como si las dos partes hubieran hecho un pacto de tolerancia mutua y convivieran en armonía en el mundo que les había tocado vivir. Un mundo que estuvo hecho de incomprensión y maltrato en donde ser mujer inconformista era de las empresas más arriesgadas en la España de principios de siglo XX. Virginia Woolf quedaba tan lejos como el pueblo de la sierra que abandonó sin mirar atrás para refugiarse en el anonimato de la gran ciudad. La soledad fue su gran aliada y su gran compañía en los momentos más difíciles de su vida y así seguía siendo cuando el destino giró la mirada a su atento observador.
Hacía rato que la sesión de posado para el artista había finalizado. Su misterioso encuentro en el museo, una mañana cálida del mes de mayo, los unió irremediablemente en una serie de encuentros que los precipitó a la observación del otro, a los silencios deseados, donde solo el cuerpo era el interlocutor perfecto, en un diálogo mudo repleto de gestos que el artista iba captando, para que sus pinceles dieran forma a la melancólica figura que se percibía en cada suave respiración que salía del pecho de Adela.
Observada por la concentrada mirada de Edward, era lo más parecido que había estado de sentir que era visible a los ojos del mundo. De pronto, en ese silencio cómplice que envolvía la habitación, todo cobró sentido cuando entendió que no estaba sola. Todo el tiempo había estado acompañada por sí misma pero la soledad que se instaló dentro de ella con el fin de protegerse, había impedido el encuentro entre cuerpo y alma.
Fue entonces cuando se dejó llevar, mecida por los minutos que daban paso a sus reflexiones. Disfrutaba de cada instante, ilusionada igual que en el momento de conocer a alguien especial, una hoja en blanco donde poder escribir una nueva historia. Sentada, mirando por la ventana el bello atardecer, sintió como la soledad que por tanto tiempo la había acompañado decidió cambiar de lugar percatándose que ya no era necesaria, así impregnó la habitación donde se encontraban, haciéndose visible en paredes y mobiliario, momento que Edward percibió con todo lujo de detalles, entrando en un estado de abstracción que lo llevó a capturar el instante para siempre. Levantó los pinceles del lienzo dando por finalizada la obra, pero quedando pensativo preguntándose qué era lo que acababa de pasar en esa habitación. En ese momento, Adela giró la cabeza buscándolo intensamente, la luz del atardecer madrileño se reflejaba en el color miel dulcificando su mirada y su sonrisa velada, le confesó lo que él ya sabía de antemano cuando Adela lo besó.
Con el paso del tiempo Adela supo de Edward. Se había casado con Josephine y sus obras empezaban a cotizarse llamando la atención por su modernismo envuelto en una melancolía solitaria que lo acompañaría toda su trayectoria artística. Por su parte, Adela disfrutaba de una madurez serena sabiendo lo que significaron los pocos días que compartió con Edward y dándole las gracias por haberse llevado eso que tanto la había marcado y que ahora pertenecía a su pasado.
Intenso y emotivo relato con una narrativa implacable. Con tan pocas líneas has trazado toda una vida, bueno dos, en un breve encuentro en el mejor de los escenarios, bajo ese cielo de fuego de Madtid.
ResponderEliminarMe ha encantado, y me gustaría que hubiese un antes y después en esta historia que atrapa y te deja con ganas de conocer más acerca de esos protagonistas misteriosos y sensibles, con una historia antigua que les ha llevado a reconocerse sin conocerse.
Enhorabuena!
Seguiremos dándole voz a Adela….mil gracias por leerme y por comentar. 😊
ResponderEliminarMi querida amiga, la madurez que vas adquiriendo y reflejando en cada uno de tus artículos es digna de admiración. Por favor, sigue disfrutando y haciéndonos disfrutar a los demás .
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