EL ARCO DE ODISEO Yasukuni, el polémico santuario, por Marcos Muelas
Sucedió durante su tercera visita a la capital nipona. Por aquel entonces, Pedro se creía pleno conocedor de las costumbres y lugares escondidos tokiotas. Hoy sonreiría al recordar lo ingenuo que era por aquel entonces, pues, ni viviendo durante años entre ellos, podría llegar a arañar la superficie de lo que esconden los corazones japoneses. Una nación educada para enmascarar sus sentimientos, incluso a sus seres más queridos.
Por raro que parezca, aun siendo un entusiasta friki de la Segunda Guerra Mundial, era la primera vez que Pedro visitaba el templo Yasukuni, situado en Tokio. Y fue quizá su perpetuo despiste el que hizo que olvidara la fecha que eligió para ello. Era el 15 de agosto, aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, día marcado por el aniversario de la rendición del país.
Días antes, más concretamente, el 6 de agosto, había realizado una emotiva visita a Hiroshima, justo en el infame aniversario de la caída de la primera bomba atómica. Allí el sentimiento nacional fue palpable. Acudió al Parque Memorial de la Paz, donde los japoneses rinden tributo a las víctimas de las bombas atómicas, incluida la de Nagasaki. Cerca se encontraba el cenotafio, donde una llama perpetua reclama el fin de las armas nucleares.
Experimentó ese sentimiento popular de culpabilidad. Una vergüenza nacional que trata de redimir un pasado bochornoso con aquellos crímenes de guerra tan duramente castigados. Y fue por ello que nunca se hubiera imaginado lo que encontró en Yasukuni, justo en el aniversario de ese día en el que Japón había sido forzado a la rendición.
El día comenzó como los demás, un calor inimaginable regado por una humedad asfixiante acompañado por el incansable canto atronador de las monstruosas cigarras japonesas.
Sabía que en el mismo complejo, anexo al santuario, encontraría un museo de la guerra donde ansiaba ver con sus propios ojos un avión Mitsubishi Zero, como los que se usaron para atacar Pearl Harbour.
Pero, al llegar al complejo, se encontró con un gran número de fuerzas del orden. Un dispositivo inusual en un templo que intuía iba a ser tan tranquilo como todos los que había visitado con anterioridad. En él encontró reunidos grupos de personas, lo que le hizo pensar que presenciaría alguna ceremonia. Pero, para su sorpresa, fue testigo de la llegada de un grupo de militares que desfilaban orgullosos. No tardó en darse cuenta de que no se trataba de verdaderos militares. Eran hombres de todas las edades que vestían con uniforme militar. Alguno de ellos dirigió hacia Pedro unas miradas cargadas de hostilidad, incluso murmuraron palabras que aunque no entendió, no parecían albergar buenas intenciones. Se sintió incómodo, pensó que quizá su presencia fuera irrespetuosa, un intruso en una celebración íntima. Por ello, decidió hacerse a un lado.
El grupo desfiló hasta la entrada del templo, donde depositaron ofrendas de flores y encendieron el típico incienso ceremonial. Sin embargo, algunos de los presentes parecían increpar a los falsos militares y estos respondieron desafiantes.
Para cuando las fuerzas del orden decidieron intervenir, Pedro ya había tomado una distancia de seguridad, alejándose del templo. Le albergaba la duda y la confusión. El Japón que conocía hasta ahora no se parecía en nada a lo que acababa de presenciar.
A su lado descubrió a un hombre de avanzada edad, que en silencio contemplaba la escena con preocupación y aversión. A pesar de no querer ser descortés, Pedro no pudo evitar preguntarle qué era lo que estaba presenciando. El hombre lo miró desconcertado, pero con toda cortesía le respondió: “Imagina que tras la Segunda Guerra Mundial Hitler no hubiera muerto y que los aliados lo hubieran dejado en el poder a pesar de su derrota ¿Hoy día podrías imaginar a soldados nazis rindiendo culto a los criminales de guerra en las calles de Berlín? Pues, eso mismo es lo que pasa aquí cada año”
Pedro se marchó, pensando en las palabras del anciano, teniendo bien presente que jamás entendería los misterios ocultos de corazones japoneses.
El Santuario Yasukuni fue fundado en 1869 para conmemorar a las víctimas de las guerras japonesas más recientes. En él descansan las cenizas de miles de soldados y el libro en el que se anotaron los casi 2 millones y medio de nombres de los soldados caídos en esos periodos bélicos. También se rinde culto a los civiles y animales, víctimas inocentes de tales conflictos.
La solemnidad del lugar se vio empañada al descubrirse que allí también se rinde culto a catorce criminales de guerra, entre ellos Hideki Tojo, considerado el mayor precursor de la Segunda Guerra Mundial.
En años posteriores, en el aniversario de la rendición japonesa, grupos de la ultraderecha rinden culto a estos criminales, empañando la imagen del país.
Y no sólo fueron casos aislados. Los países vecinos han criticado a los políticos conservadores y al mismísimo emperador japonés por rendir culto en este templo.
Yasukuni es un templo que rinde respeto a los muertos, pero son los vivos los que han ensuciado su nombre.
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