EL VERDE GABÁN. Las mocedades del Quijote (el Quijotillo), por Santiago Delgado. Entrega oncena, segundo capítulo






  1. Del arriero y su vida


Has de saber, amigo Sancho, que la vida del arriero es la que más soledad ofrece al humano, y callado y aislado torna a quien sirve dicho oficio. El arriero no frecuenta los caminos reales. O los atraviesa poco. Va nutriendo de necesidades a los lugarejos y caseríos más apartados, que no por solitarios y lejanos, dejan de necesitar herramientas, semillas, vasijas, mantas y tantos y tantos enseres y utensilios como tú te puedas imaginar. Son utilísima gente, los arrieros, aunque su soledad les suele volver de mal trato de gentes y malhablados con justa fama, pues sólo hablan con sus bestias y consigo mismos. Me contó este arriero que me llevó a Villanueva de los Infantes, que, algunos compañeros, tenía él, de profesión, que sólo engrasaban, muy de vez en cuando, los ejes de su carreta, para figurarse que hablaba con ellos, así como con el tracatrá de las ruedas sobre el pedregoso camino de herradura, que las más de las veces le servía de itinerario. Así, convivían, estos arrieros, con los silencios y los ruidos, que acompañaban a sus pensamientos, durante tantos días y tantas noches solos y solos. No me extrañaría nada, amigo Sancho, que los chirridos de las ruedas sin engrasar sus pernos y ejes, tuvieran su lenguaje propio que sólo conocen los arrieros. Y así pasan su vida.

Este arriero era de Requena, tierra valenciana con más de manchega que de levantina Se llamaba Jusepe Requena, precisamente, por su procedencia. Era corpulento cual ogro de cuento para dormir niños, ya te dije, y le faltaban no sé cuántos dientes. Apenas iniciado el camino, volví el rostro para mirar atrás. Y no vi a nadie. Supuse, amigo Sancho, que eso era lo establecido para las despedidas. Iniciado el viaje, todos se van, y se dan la espalda. Luego, supe que eso no era lo normal. La verdad es que no sentí mayor orfandad en Villanueva que en mi casa del Campo de Montiel, donde la tenía casi toda. El entorno del horizonte era el mismo, y en lo de valerme solo ya tenía costumbre.


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