PUNTO DE FUGA, De Madrid a Pompeya
Como cada noviembre de los últimos cuatro años, excepción hecha de 2020, el año marcado por la pandemia del Covid 19, la reunión preceptiva de las juntas directivas de la Sociedad Española de Estudios Clásicos que tiene lugar por esta fecha me da ocasión de perderme por las calles de Madrid como una flâneuse, tomando el término de Lauren Elkin, que lo emplea como título en su obra Flâneuse: Women Walk the City in Paris, New York, Tokyo, Venice and London (Penguin Random House, 2016).
Ya habituada al fuerte contraste entre las cálidas temperaturas de Murcia para la época y el invierno que se ha instalado en la capital de España, y tras el inopinado remojón que ayer me caló hasta los huesos y, en alianza con un viento huracanado, destrozó sin piedad mi paraguas, disfruto de la alternancia entre exposiciones y paseos y regreso a mi hotel sin un rumbo predeterminado, dejando al azar guiar mis pasos en gran medida, igual que hace más de treinta años, cuando pisé por primera vez las calles de Madrid, con idéntico agrado con que lo hago hoy, aunque el factor sorpresa haya quedado mitigado en parte por el transcurrir del tiempo y las experiencias adquiridas con los años en la vida y en el deambular por este y otros lugares.
Gracias a Raquel Vázquez-Dodero, Directora Gerente de la ‘Fundación Pedro Cano’ y antigua alumna, que me pone en contacto con ella, aprovecho para visitar a Mina Royo-Villanova, que me recibe en su casa para ofrecerme detalles que han de servirme en una investigación en curso sobre un personaje histórico antepasado suyo que mostró un claro interés por la cultura y el arte, y en particular la Antigüedad grecorromana.
Al día siguiente, el viernes 3 de noviembre, tengo cita con otra antigua alumna, Miriam Huéscar, graduada en Historia del Arte, curadora de la exposición inmersiva sobre la ciudad romana de Pompeya —que quedó sepultada bajo las cenizas del Vesubio en el año 79 de nuestra era—, que se exhibe en el MAD (Madrid Artes Digitales) de Matadero. Allí me recibe amablemente y me acompaña como guía haciéndome partícipe de todo el trabajo que ha supuesto y los mil detalles a los que ha sido preciso atender para llegar a un resultado tan satisfactorio como el que compruebo a su lado.
Hablamos de la inminente muestra que se prepara en el Museo romano de Cartagena, donde el artista plástico yeclano Lidó Rico expondrá su «Dádiva» que tendrá también como protagonista a la antigua Roma y su relación con Carthago Nova, desde el Teatro que Octavio Augusto dedica a sus nietos hasta las minas de plata y plomo que explotó en la ciudad portuaria. Le cuento que Pedro Cano, el pintor blanqueño, inaugurará el próximo 18 de noviembre sus «Teatros» en la ciudad eterna, en la sala Dalí de Piazza Navona; también en Roma participa actualmente en la exposición «Favoloso Calvino: Il mondo come opera d’arte», en las Escuderías del Quirinal, homenaje al escritor Italo Calvino (1923–1985) en el centenario de su llegada al mundo, al que precisamente el 29 de este mismo mes recordaremos en la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia en un acercamiento al rico universo cultural que su lectura representa.
Y le cuento a Miriam que José Luis y yo aprovecharemos la circunstancia para volver a visitar Roma, otra ciudad donde el placer de deambular remite a aquellos viajeros del Grand Tour de los que se hace eco una de las exposiciones de la Biblioteca Nacional, bajo el sugerente título de «Palabras de viajeros. El viaje literario y su aportación a la cultura europea», comisariada por Paolo D’Alessandro. En ella se resalta cómo a partir del siglo XVIII el viaje va adquiriendo más y más importancia y se convierte en práctica común en las sociedades europeas, en muchos casos fomentada y financiada por las instituciones como experiencia formativa. Así ocurrió a un joven Pedro Cano al que una beca de pintura de paisaje concedida por el Ministerio de Asuntos Exteriores en 1969 permitió perfeccionar los estudios iniciados en la Academia de Bellas Artes de San Fernando en la Academia Española de Bellas Artes en Roma, ciudad en la que llegó a establecer su residencia y en la que ha vivido desde entonces durante largos períodos.
En las Cartas familiares del abad Juan Andrés y Morell (1740-1817), que se consideran el primer libro de viaje sobre Italia impreso en castellano, su autor realiza un recorrido por sus principales ciudades y sus bibliotecas. Por su parte los apuntes del itinerario europeo de Leandro Fernández de Moratín (1760-1828) nos presentan la visión del viajero que se muestra atento a los lugares y a las gentes a la manera del flâneur.
Destaca entre las pocas mujeres viajeras a las que también se presta atención la periodista rodalquilareña Carmen de Burgos, Colombine, la primera corresponsal de guerra en España. Las experiencias de los viajeros cobran cuerpo en diarios y reportajes que actúan a la manera de herramienta de información y divulgación.
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