LOGOSFERA. Dulzor, amargura, paz y libertad, por Isaac David Cremades Cano





Mi padre nos lo había prometido a mí y a mis primos: “- Si sois niños buenos y os portáis como es debido durante mi ausencia, os voy a traer una sorpresa… ¡dulce como vuestras sonrisas!”, y soltaba una carcajada mientras nos rodeaba, a los tres juntos, con sus robustos brazos. Durante un breve instante, nuestros corazones parecían batir al unísono, vibrábamos de alegría por medio de ese gesto de armonía con el que sellaba su promesa, fundiéndonos en el elixir de su pronta vuelta. Cuando le suplicábamos para que nos diera alguna pista, nos decía que se trataba de un producto novedoso hecho al otro lado del océano y que, si seguíamos insistiendo, no cumpliría con su promesa misteriosa. La incertidumbre estimulaba hasta tal punto nuestras infantiles mentes que lo imaginábamos recorriendo las calles de aquel Paris, en plena ebullición al dejar atrás la Gran Guerra, hasta llegar a una sofisticada boutique. En ese fantástico lugar, se encontraba un imponente bargueño refrigerado de donde, abriendo cuidadosamente y con un orden preciso ciertos cajoncitos, se extraía nuestra recompensa reservada.



Hasta Félix, el gato, parecía emocionado al vernos levantar los brazos para inclinar una y otra vez ese recipiente de sinuosas curvas, lleno hasta arriba de la promesa cumplida y burbujeante. Eric, entusiasmado con la sorpresa y excitado por esa ambición de encabezar siempre toda aventura, se dispuso a tomar su primer trago. Levantó bruscamente aquella atípica botella unipersonal y engulló su liquido oscuro con tanta ansia que, a causa del extraño efecto producido por la novedosa bebida al entrar en la boca, derramó un chorrito por la comisura derecha de sus labios, dejándole sobre el pecho de su suéter, blanco impoluto de domingo, un rastro delatador. A nosotras, sorprendidas por el inesperado resultado, ese vertical trazo alargado de grosor irregular nos pareció de lo más jocoso y reímos hasta cabrearlo. A mi tía no le hizo ni pizca de gracia y, en cuanto nos acercamos, una reprimenda doble fue su reacción: mi primo, sacudido en el trasero por no lucir limpio y a mi padre de reojo, al expresar abiertamente su desconfianza en la fórmula de aquella melosa bebida americana pero, sobre todo, muy preocupada por si saltaría la tostada mancha que causaba. 


Afligido por la riña, Eric terminó de poner fuera de sus cabales a su madre con un potente eructo, que pareció retumbar en el interior de la infantil caja torácica, revelando otro de los efectos adversos de la dichosa bebida gaseosa. Parecía provenir de las profundidades de su diminuto esternón y sonó verdaderamente como un rugido grave emitido por alguien que, al menos, le triplicara el peso. Ante tal escena, difícilmente me podía aguantar la risa, que combatía a iguales fuerzas con unas repentinas y tremendas ganas de orinar, imagino consecuencia de que fui la primera en acabar con todo el contenido emanado del fresco vidrio. De hecho, tras un primer gesto bastante más minucioso sugestionado por la mala experiencia de mi primo, únicamente levantando dos o tres veces la botella, con mi mano derecha sobre su base y rodeando firmemente la parte más estrecha con la otra, el aire había remplazado esa magia líquida. Mientras que a Eric le quedaba aún un poco, a pesar de lo derramado en sus primeros tragos, Marion se alardeaba de conservar todavía casi la mitad. Teniendo muy presente la experiencia de su hermano, decidió adoptar una divertida técnica, que casi me cuesta atragantarme de la risa, al degustarla en pequeños sorbos como hacen los adultos cuando comparten un buen vino. Si mi primo, cauto por su incidente, sujetaba el moldeado envase con ambas manos, usando todos sus rollizos deditos con los que no conseguía rodearla, Marion, la cogía con una mano derecha por la base y con la otra cuidadosamente del cuello, lo que le permitía incluso separar el dedo menique de la izquierda, bordando con un toque de distinción su imitación burlesca.


Con el paso de los años, el gusto de esta refrescante bebida americana se volvió progresivamente pesado y empalagoso, Eric un rudo y Marion bastante engreída. Ya pasada mi mayoría de edad, a penas nos veíamos, en esa misma época en la que llegó a escasear e incluso resultaba peligroso consumirla porque vivíamos en la “Zona libre”, donde se empeñaban en convencernos, por medio de todo tipo de propaganda manipuladora, de una supuesta conducta bélica más que perversa característica de los Aliados. Al rememorar esos momentos pasionales y convulsos, la emoción aumenta a cada trago y un eco silenciado cobra vida bajo este exclamado pensamiento: “¡Con que valentía saciamos nuestra sed, amor mío, revelándonos contra el destino cuando todo parecía perdido!” Aquella despedida, justo antes de su incorporación inminente a filas, en la penumbra clandestinidad de aquel local elegido para tan triste encuentro, disimulábamos fácilmente las lágrimas de miedo, con el pretexto del efecto gaseoso y del picor en la garganta, enamorados ignorantes de que ese trance resultaría ser el último compartido. Por lo tanto, del dulzor de la niñez a la amargura de la guerra eran capaces mis papilas de degustar con esa corta edad. 


En mi madurez aún la consumo, eso sí, en un claro gesto de deleite. Familiarizada con este brebaje, se fue transformando en algo tan alejado de los sabores predominantes del pasado… gracias, sin duda, al matiz gustativo adquirido posteriormente de mano de los soldados desembarcados en Normandía. Se trata precisamente de un regusto final que percibo tras su ingestión y que permanece además unos preciados instantes. Justo cuando, lentamente, las burbujas de recuerdos refrescantes explosionan en mi mente, cuando la despejan de repente para pronto inundar el vacío resultante, revivo las efervescentes emociones surgidas de esa ansiada paz recién lograda, me dejo finalmente arrastrar por la feroz corriente de esa anhelada libertad, poderosos sentimientos que emanaron de ese fluido ya en mi marchita juventud.


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