CUADERNOS DE NAUFRAGIOS. II El Don desapacible, por Vicente Llamas.

 




Bajo título Donskíye rasskazy (Cuentos del Don), reunió Mijaíl Shólojov historias escritas entre 1924 y 1926. Atrás quedaban el perevorot y las paradojas de octubre, la naródnaya volia, la exaltación del poder maximalista, el radicalismo de las checas locales, la repartición negra, el resurgimiento de dumas y zemsvots, la segmentaria violencia bifacial, los dos colores del terror, el tifus y la hambruna, la rebelión de Kronstadt y el comunismo de guerra.

En pleno capitalismo de estado, ya implantada la prodrazviorstka (la confiscación directa cedería al impuesto fijo en especie, cesión de una fracción específica de la producción agrícola para abastecimiento estatal, prolongándose la NEP hasta el primero de los planes quinquenales de la anfisbena de Gori sin el menor incentivo para los campesinos, los que se resistían eran acusados de sabotaje al monopolio del grano, despreciables partidarios del comercio especulativo), el narrador de Kruzhílino hilvana historias que hablan de algunas de esas cosas ... De la guerra civil, del poder blanco de Denikin y Wrangel, de las purgas y los expolios de sus ejércitos, que restituían las tierras a sus antiguos propietarios, sometiendo a los kuláks a humillaciones y vejatorios castigos corporales. Pero también de la violencia refractaria de los soviets. Entre las dos facciones, la milicia verde, reacia al reclutamiento forzoso en cualquiera de los dos bandos, a la requisa de infinitos puds de cereal (razviorstka) y la reposición de bienes incoada por los Blancos (no deja de resultar curioso que propugnaran el libre comercio y anhelaran el ortodoxo orden patriarcal, cuando algo más de un siglo antes un fantasmal Pedro III con rasgos cosacos, surgido de las simas de los Siete Años, se había sublevado contra el régimen zarista de Catalina la Grande, sacudiendo el bajo Ural y la cuenca del Volga, las viejas provincias imperiales soliviantadas –Oremburgo, …-. Griniov le aguardaba, Shvábrin mancillaba su causa).

Como en el joven Chéjov, también en este temprano Shólojov prevalece el gusto por el detalle en la descripción de la naturaleza y en la esfera emotiva, vislumbrándose el espíritu de un personaje a través de sus acciones, recurso tan explotado que apenas deja opción a la técnica del monólogo interior con la que comenzara a experimentar Chéjov antes de que el modernismo anglosajón hiciera de ella un signo de identidad, la stream of consciousness desbocada de Molly Bloom en "un cuarto después de qué hora sobrenatural" hundiendo piedras en el aire, mientras Clarissa Dalloway suaviza las líneas difusas de oposición de presente y pasado para hacerlas converger en el suicidio.  

La sobriedad estilística de Discursos inocentes o Gente sombría y la aprehensión anticipada del "profeta de la objetividad", con un influjo tan acusado en el realismo sucio, Carver en particular, como algunas de las fórmulas dramáticas o los contrapuntos psicológicos a los estereotipos tolstoianos (La dama del perrito) en Tennessee Williams, merced a la difusión de la obra del  maestro de los cerezos en las versiones inglesas de Constance Garnett, contrastan con la falacia patética que Ruskin censura, la presentación de ambientes y situaciones con explícitas resonancias sentimentales, tendencia a la simplificación de entidades abstractas de compleja cualificación por conversión en entidades lógicas ajustadas a determinado esquema conceptual, en la proyección antropomórfica de esta falacia a registros de la experiencia humana: "significar cualquier descripción de objetos naturales inanimados que les atribuya capacidades, sensaciones y emociones humanas" (Modern Painters, 1856).

Si bien el narrador de Rostov del Don no rehúsa esa variedad empática de falacia de reificación (al contrario que Chéjov, quien se cuida de incurrir en la fisionomía humana del mundo, rehuyendo la retórica que hace al sol poniente "bañarse en las aguas de un mar oscurecido", o a una golondrina, "gorjear jubilosa" entre sombras, por rescatar los ejemplos que él propone), en sus breves cuadros es frecuente la atribución a la naturaleza de matices patéticos. Hay algo también en este Shólojov, no tanto del antisubjetivismo cuanto de la economía de estilo que caracteriza a los primeros relatos del naturalista del Mar de Azov (período 1883 – 1885), no exacerbada la sobriedad hasta el ascetismo, pues sus historias translucen una intención estética inaparente en los cuentos iniciales de Antosha Chejonté. Aquí el realismo crítico está aquejado de una inercia documental tan intensa y parcial como la que anima al autor de los Cuentos de Melpómene. 

Las escenas que ofrece el precoz Chéjov son bosquejos satíricos, bocetos costumbristas en los que la figura, imbuida a menudo de vagos caracteres gogolianos, de un consejero delegado, un oficial administrativo, un estudiante universitario o un militar retirado, se destaca momentáneamente sobre un borroso fondo urbano o periférico de pequeñas ambiciones, frustraciones, falibilidades, para retornar de nuevo a la anonimia: la estridente maquinaria de la ciudad rumia frágiles criaturas, las regurgita, dejándolas fulgurar, sostenerse cómicamente durante un fugaz instante sobre pasiones e inquietudes individuadas, para volver a engullirlas. En las Donskiie rasskazy, el hipocentro es la stanitsa, unidad orgánica o colectiva conciencia triblástica: el rojo ectodermo envolvente, un mesodermo blanco (estas dos capas intercambian sus colores), y el más íntimo blastodermo, el estrato menos poroso del alma cosaca, inmune a los dos colores que la oprimen o pugnan por teñirla.

Cuentos del Don es un mosaico vivo, una constelación de avatares y semblanzas del Don rural, de sus orillas y asilos. Historias de kuláks legítimos traspasados en la lista de algún soviet "a la casilla de campesinos medios". De desiatinas de grano ahorrado y de grano requisado para asediar el Palacio de Invierno, confinado en pósitos jamás colmados. De arados de vertedera que se estremecen y gimen como si estuvieran adheridos a la tierra, de gradas de hierro y aventadoras y sangre extraña. De "recio trigo girka" fecundando el "insaciable vientre mantilloso" de la estepa reglada por el acero. De hijos afectados por la carcoma que se salen del surco como bueyes ariscos o negligentes, para no regresar ya a la bendición y la cuaresma, atrapados por el Komsomol. De pensamientos que discurren por sendas acostumbradas, y de amor y de congoja que desbordan sus vínculos y cunden allá donde termina la sangre, resbalando por los cauces de las lágrimas. De hijos cainitas que alzan el "puño áspero" y no completan el gesto (todo yace oculto bajo tersas voces y gestos, sepultado a una profundidad en la que no es posible ya llegar al hombre desde el barro sin saber el resto de lo oscuro que le aguarda en su propio pecho).

De isbas enmudecidas, sitiadas por un "silencio agotador", e isbas sollozantes que parecen temblar cuando el agua, taimada, penetra por las rendijas que no cegara la arcilla para guiar a la muerte y al llanto, como dos pequeños animales (distintos de las bestias marinas y sus cuerpos de hojas y alas), hacia los lechos cercanos. De mujeres que susurran en sombrías mañanas de noviembre, cuando "rutila la calina y el sol trepa a los robles", o se demora, perezoso, en la maleza espinosa, incubando horas ocres en el mismo hueco en que pecaran otras razas igualadas en ruina. De nieve que huye y de luz que bordea las parvas de estiércol o anida y se pudre con él. De yeguas orgullosas y de mariposas enloquecidas que no parasitan los árboles, que se abrasan en las lámparas y son relevadas por otras que correrán el mismo destino. 

De gallos de hojalata con las alas abiertas que no cazan lagartos ni rasgan placentas, sino que se funden en un grito mudo, y de tachankas sonámbulas que giran como tiovivos dementes o harpías tísicas, esputando sin descanso. Las riberas del Jarama, las dos clases sociales que allí porfían, no quedan tan lejos de los dispares colores de las orillas del Don, pero los gallos de metal son azuzados por vientos esqueléticos en la vertiente opuesta del río, donde el agua se había manchado e iba madurando todo hasta pudrirlo: la yegua preñada que las bebiera abortó, y se hizo solo hueso, y el aborto, "hecho del todo", con el vientre hinchado y los cascos de cartílago, enredado en el agua, aguardaba aún a que el gallo de la veleta rasgara la bolsa con su pico para despertar (léanse las industrias del aprendiz de taxidermista desde antes de don Zana hasta más allá de Palencia).

De verstas de tierra huraña oponiéndose a verstas de tierra sierva. De varas de cerezo que se detienen en la piel sin dejar rastro y varas de cerezo que la traspasan sin rozarla, dejando un rastro amargo de agua nocturna que acecha, aún no vencida por los trozos de madera que ahogasteis en ella y el rumor de huesos que se agitan en su fondo. 

De albas anémicas como lívidos derrubios, y de sol que "aún no ha bebido de la tierra el olor denso de la podredumbre primaveral" y de taiga añil que se tensa y desfallece. De un sol que se retuerce, sin espesor, obstruido por existencias ácimas, vacías de espanto y de tibieza, y nace de la helada en los osarios, la que devana cobertizos y pesebres, arrancándoles tenues gemidos; y de un sol que brama y se yergue sobre rumores que deforman la verdad, como la espiga, y remonta al hombre y su estatura. Y de que ambos son el mismo sol, la misma estación opaca, cercada por aguas y ruedas crispadas que hacen girar los reflejos, consumida la hondura del mundo y sus guaridas.

De laderas y cárcavas con mechones de nieve ajada, mesada por los vientos que desazonan al bosque, arrojando sobre él sombras vivas hasta sepultarlo. De jútores ariscos, roídos por el frío, velados por la oscuridad "como viejas con sus chales negros". De sangre llena de sed y de fiebre que "emparenta con el odio". De pasos trémulos que confluyen en límites de hiel o de zozobra y de las leyes ínfimas de la ausencia que violan.

De hombres que llegan a caballo. De "seis años sin veros, padre, y no tenemos nada de qué hablar". De destacamentos de abastos y tierra hendida. De postes telegráficos que "corren a zancadas" hacia la niebla otoñal.

De ollares de los que brotan riachuelos negros, y de mies y cielos ennegrecidos a los que asoma sólo una tímida estrella. De señores que azotan y desgarran las blusas de las criadas, y muerden sus pechos, y caen, y se ennegrecen, retorciéndose en el suelo, y renacen, sucediéndose a sí mismos repetidos en penumbra. De erráticos ecos negros que tapan la vergüenza o la vejez, y pantalones raídos que no dejan ver la vejez ni la desnudez escuálida que sangra en sus extremos, en su linde con la tierra negra. El chernoziom: horizontes humíferos y lluvias fugitivas que en él se juntan.

De ofensas latentes que desfiguran la soledad de lo vivo. De aperos comprados con oprobio y aldeas y vientres saqueados. De tabiques horadados que no dejan pasar la voz al otro lado. De sigilosos preceptos de deshonra. De "carros huérfanos", sin bueyes uncidos. De siega que se acerca lentamente a las aldeas por "donde la estepa acaba a tajo" y se adivinan los caballos que vienen a espantar al Viy, apretándolo contra la pared hasta asfixiarlo, a él y a las brujas que lo conjuraron, a los monstruos ciegos que el gallo deshace con su canto antes de que los niños despierten y puedan verlos. De sembrados apuntados para el impuesto y de sembrados callados, desiatinas de labranza escondidas bajo una costra de silencio quebradizo que niega. 

Nada quiere salirse de su norma, de su llanto o su guarida. Nada quiere extraviarse de su forma, de su herida, para enredarse en la penumbra. Pájaro, arroyo, esquina, muro, corazón, hombre entero, todo se suma necesariamente sin desviarse de su humildad o su desamparo. No fue la luz la que puso álamos y postes para que pudiera afilarse la guadaña.

Historias del Don apacible y de pies descalzos que deslizan sobre el paño de polvo que cubre la memoria, dejando dos tipos de huellas mezcladas: unas de lobo, "huella sobre huella, espaciadas, anchas; oblicuas"; las otras, tajan el sendero… "Y allí donde la trilla desemboca, en el camino cegado por el llantén, semiolvidado, las andadas" se separan, las horas de lobo tuercen hacia las cañadas, donde el dios mudo y el endrino, y en el camino sólo queda una huella repetida, "con olor a gasolina, acompasada y firme".


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