EL VERDE GABÁN, Sorpresa, por Santiago Delgado






     Sorpresa


Muerto se quedó en la calle

con un puñal en el pecho.

No lo conocía nadie.

 

¡Cómo temblaba el farol!

Madre.

¡Cómo temblaba el farolito

de la calle!

 

Era madrugada. Nadie

pudo asomarse a sus ojos

abiertos al duro aire.

 

Que muerto se quedó en la calle

que con un puñal en el pecho

y que no lo conocía nadie.

Federico García Lorca



Éste es uno de los más estremecedores poemas de García Lorca. Tiene varias versiones, desde 1921 a 1931 en que lo da por terminado.  Sale en Poemas del Cante Jondo.


La soledad y la muerte, trágicamente acompañadas por la madrugada de un día frío de sierra, de cualquier sierra andaluza. Una cita en la aurora. O la espera tras de una esquina por un marido celoso, bien acompañado. Aún desde la reja pudo escucharse el último estertor del finado. ¿Para qué gritar? Los machos se defienden solos, como los toros bravos. Aunque sean varios los acechantes. Siempre se ha de mirar cara a cara a la muerte. Para eso se vive. Y por eso tienen duende las coplas donde la Parca se asienta en un verso fúnebre, hecho de tafetanes negros y cenefas doradas. Aun iban los gitanos por el monte solos. Y en el puesto de la Guardia Civil, duermen a pierna suelta dos números de verdes centinelas, con el aro de las llaves del calabozo colgando de la cintura color albero. Intenta gritar el sol, entre las nubes del alba, que hay un muerto en la calle. El sol tumbado de la alborada ilumina sus ojos, que nadie habrá de reconocer. Una campanilla suena, inútilmente, por las blancas esquinas del pueblo. Un aguador tempranero avisó al preste. Entre dos jornaleros que, a desbrozar el pegujal del señorito, acudían, lo llevan hasta el cuartelillo. Sobre la mesa lo abandonan. 


No lo conocía nadie. 

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