PUNTO DE FUGA. Con el recuerdo y la mirada en Grecia, por Charo Guarino
Este curso académico 22-23 ha visto celebrarse por tercera vez consecutiva el Curso EMCCA (El Mundo Clásico en las Ciencias y las Artes) que desde 2020 celebra la sección de la SEEC en Murcia que presido desde ese año, en el que han participado, además de filólogos, especialistas de distintos ámbitos de las ciencias y las artes que dedican su mirada al rico venero del mundo antiguo grecolatino, y que tuvo su broche de oro con el yeclano Lidó Rico, que realizó un recorrido por su trayectoria artística subrayando el influjo en ella de las antiguas Grecia y Roma. Debo agradecer el apoyo prestado por la Fundación Cajamurcia, en especial su Director General, Pascual Martínez Ortiz, comprometido con nuestros estudios y el fomento de la cultura en general. También se ha llevado a cabo con gran éxito de participación la XVI Olimpiada grecolatina, bajo el patrocinio de la Fundación Séneca de la CARM, con un brillante palmarés en el que han destacado los centros de enseñanza secundaria Felipe de Borbón de Ceutí, Juan Carlos I de Murcia y Francisco Ros Giner de Lorca (gracias a sus profesoras Isabel Vázquez Préneron, así como el concurso CICERO, organizado por ITINERA-AMUPROLAG, o el CICERONIANO, por la Sociedad Española de Estudios Clásicos.
La noticia de la prematura muerte tras una cruel enfermedad de Armando Martínez Cecilia, quien fue distinguido alumno de Filología Clásica en la Universidad de Murcia, nos sorprendió tristemente. Yo le conocí ya becario de investigación en el Departamento, donde desarrollaba su Tesis doctoral en el área de Filología griega a principios de los 90. De trato exquisito, pese a su timidez, siempre con una sonrisa, no vacilaba en atender las dudas de cuantos franqueábamos las puertas de lo que era seminario y biblioteca del área de Griego del Departamento con cara de asombro por la cantidad de libros accesibles tras las vitrinas. Unos jovencísimos Mariano Valverde (mi primer profesor de griego en la Universidad), Miguel Pérez Molina, Carlos Hernández Lara y él, sumergidos en sus respectivos estudios pero siempre dispuestos a ayudar, configuraban una especie de propileos con sus mesas, que parecían escoltar el despacho de José García López (nuestro Pepe), el catedrático de griego que se alternaba entonces en la dirección del Departamento con Francisca Moya del Baño (nuestra Paquita), la catedrática de latín. Ambos fueron los cimientos del mismo, por mor del esfuerzo y determinación en particular de esta última, que fue la primera, y al apoyo de otros que les precedieron y sentaron las bases, como el recordado Antonio Ruiz de Elvira, del que pronto celebraremos el centenario de su nacimiento en un acto acorde a su indiscutible mérito y a su labor como docente y erudito—, en el que siguen matriculándose en buen número (para el curso próximo ya consta que lo han hecho más de cuarenta estudiantes), muchos de los cuales alcanzan el grado y tras egresar cursan másteres o estudios de doctorado que culminan con éxito, en el que hoy día sigue habiendo sabia nueva, con jóvenes doctorandos, como Rocío Valera Sánchez o Inés Nauhardt Rojo, que participaron también en el encuentro congresual con interesantísimas aportaciones—, brillantes becarios, ayudantes y contratados doctores formados en nuestra alma mater, doctores que siguen formándose allende los mares, como Pablo Piqueras Yagüe o en el CSIC, como Jésica Navarro Diana, y llegados de otros lugares, como Carmen Sánchez Mañas o Alba de Frutos García, flamantes incorporaciones que también estuvieron presentes en Salamanca contribuyendo a la edición de este nuevo Congreso de periodicidad cuatrienal, como las Olimpiadas que nacieron en la ciudad griega de Olimpia. Sin olvidar a los que, tras egresar de la Universidad de Murcia, trabajan o siguen formándose en la salmantina, como Noelia Bernabeu, Héctor Javier García o Jerónimo Campillo.
Armando fue quien me informó de la opción de pasar tres meses en una Universidad extranjera durante el desarrollo de mi tesis doctoral cuando me concedieron una beca FPU para la realización de la misma, en enero del 92, y gracias a él visité por primera vez en octubre de ese año con mi Directora de Tesis, Chelo Álvarez, la Universidad de Heidelberg, donde establecí contacto y relación con el eximio profesor Von Albrecht, que desde entonces forma parte de la familia de nuestro Departamento y acaba de publicar en la editorial Áurea Clásicos en latín con bellísima traducción en tercetos castellanos sus epístolas dirigidas a catorce autores de la latinidad. Con él —Armando— y con Pedro Redondo o Elena Gallego, compañeros desde hace años, además de con otros amigos estudiantes de latín y griego y con quien fue años más tarde el padre de mi hija) contemplé por primera vez Grecia, en un viaje que organizaron conjuntamente las Licenciaturas de Filología Hispánica y Filología Clásica. Allí conocí también a Goyi, la que luego se convertiría en su mujer y madre de sus hijos Armando e Irene.
Fue un periplo inolvidable, como había de serlo tratándose de lugar tan especial y significativo. El encuentro con Atenas, su acrópolis y su Museo Arqueológico, el barrio de Plaka, el atardecer en Cabo Sounion, donde el Egeo mojó mis pies, el puerto del Pireo, el estrecho de Corinto, Nauplia, Delfos o Micenas colmaron mi espíritu enamorado. La pandemia impidió que Consuelo Ruiz Montero y yo volviésemos a Grecia de viaje de estudios con la promoción 2017-2020. Pendent opera interrupta, pero se reanudarán los propósitos y volveremos, más pronto que tarde (quizá este mismo año), a nuestra venerada Hélade. Treinta y un años después de aquel primer contacto con el Ática, y treinta años después del último (pues a Grecia volví en mi luna de miel), la pasada semana otra Atenas, la castellana, declarada patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988, nos sirvió de respiro no solo frente al sofocante calor murciano, en una ola a la que se ha dado en llamar ‘Caronte’ (como el barquero infernal en la mitología griega), sino también de las noticias sobre la guerra entre Rusia y Ucrania, que dura ya año y medio —una más de las muchas en las que se enzarza la Humanidad una y otra vez en duelo fratricida—, y de la campaña electoral que el domingo se resolvió en las urnas, como los antiguos griegos nos enseñaron a hacer.
Otra dolorosa ausencia acaecida el pasado mes de junio, la del escritor y profesor Nuccio Ordine, nos priva de todo un ariete en los estudios de arte y literatura. El ensayista contemporáneo italiano más conocido y reconocido internacionalmente, reciente Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades propuesto para el doctorado Honoris Causa por nuestra Universidad, nos deja su palabra viva reivindicadora del legado cultural de Grecia y Roma. El Comentariolum petitionis (Manual del candidato, en la edición bilingüe anotada y comentada por Antonio Fatás, Guillermo Duplá y Francisco Pina) que Quinto Tulio Cicerón escribiera para su hermano, el famoso orador Marco Tulio Cicerón a propósito de su candidatura a cónsul en Roma, que alcanzó en el 63 a. C., es buen ejemplo de ello. Ojalá se constituya pronto el gobierno como resultado de las recientes elecciones y este sea favorable a nuestros estudios, siempre amenazados y, paradójicamente, vigorosos y vigentes siempre.
Cabo Sounion de Miguelanxo Prado
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