Inteligencia artificial, segunda parte, por María Dolores Palazón
El tutor del último curso en el instituto se siente aliviado mientras se ve reflejado en el trozo de cristal que ha sobrevivido del espejo del baño del primer piso del centro. Hombre y fragmento comparten un semblante que es reflejo de una victoria amarga. El primero es un rostro pálido, con marcadas bolsas bajo sus ojos y unas manos que al recibir el agua del lavabo no logran calmar el ligero temblor que empieza nada más flanquear la puerta del centro. El segundo se mantiene por puro azar en un espacio que con cada año académico suma pintadas que aúnan declaraciones de amor, dibujos grotescos, confesiones inconfesables, insultos y motes de los de hoy y ayer. Pero ambos han superado otro curso. Para el tutor ya son 25 en una cara que ha ido dejando en cada uno de ellos jovialidad y alegría. «No tengo claro cómo puedo aguantar, supongo que los antidepresivos ayudan de verdad». Para el baño son algunos más, pero ha tenido reformas puntuales. Quizás el truco sea una mezcla de fármacos y el pensar que durante unas semanas «siempre pocas, por mucho que digan eso de que soy afortunado» se alejará de los grupos de adolescentes con los que convive a diario tratando de meterles en la cabeza un saber del que reniegan. «Si ahora está todo en internet, para qué saber nada, basta con buscarlo cuando hace falta y punto», le dicen mientras él piensa que a lo mejor tienen razón y es cierto aquello de que si no puedes con tu enemigo mejor unirte a él. «Lo mismo así me dejan en paz, me siento mejor y se me va esta puñetera ansiedad que no me deja vivir por culpa de no permitirme hacer mi trabajo como quiero». Por eso se ha prometido no coger la tiza el próximo curso, por aquello de que no le digan que está desfasado; ha jurado a su pareja que no va a mandar ninguna lectura para no sufrir subidas de tensión súbitas por las dificultades de comprensión lectora de sus estudiantes; y le ha dicho al director del centro que como no da lengua no piensa corregir las faltas de ortografía en ejercicios y exámenes, solo el contenido. «Con eso solo ya tengo para amortiguar el infarto fulminante. No quiero más riesgos».
Y es que el médico le ha dicho que debe dejar de tomarse la vida tan en serio. Si sus estudiantes quieren vivir al límite él no se tiene que ver arrastrado. No tiene edad para más reformas educativas ni ideas de pedagogos y psicólogos de manual, ni dinero para reponer ruedas cada curso. Por eso hace tiempo que dejó de corregir y se convirtió en un facilitador de notas para los estudiantes. «Ellos están tranquilos, sus padres contentos y a mí me dejan en paz», se dice engañándose, porque en verdad la puñetera conciencia no le deja vivir. «Si al final esto me mata, por tratar de imponerme a ellos y que se me rebelen o por no poder asumir una dejadez de funciones tan aplastante». Tiempo atrás él tenía otras ideas, una pizca de autoridad, proyectos con lógica y hasta alguna que otra ilusión. La realidad lo privó de todo y ahora solo quiere que pasen los días y lleguen las vacaciones. «Que los aguanten sus padres, ellos son los que de verdad tienen vacaciones largas en lo que respecta a sus hijos». Está convencido que de los 3 a los 18 años los padres solo pueden sobrevivir a la niñez y adolescencia de sus hijos porque estos pasan las mañanas en un centro educativo, «para las tardes cuentan con los abuelos y las actividades extraescolares cuando son peques, y luego, ya de medio grandes, tienen la ayuda de las pantallas y la calle». Él piensa que de esa combinación no puede salir nada medio bueno si quiera, los padres están seguros de que así sus hijos serán los mejores porque no hay mejor fórmula para desarrollar la inteligencia que dar caprichos, reforzar malas conductas con premios para corregirlas y dejar en manos del azar y los algoritmos de las redes sociales la educación de sus hijos. Pero «¿qué sé yo de sus hijos? Nada, si ni siquiera soy capaz de detectar un estudiante con altas capacidades, ni uno en toda mi vida. Eso sí, mi especialidad son los encuentros malhumorados con padres que me dicen que sus hijos lo son». Para esos tiene un radar especial, ya no se inmuta cuando le dicen que la culpa de lo que les pasa a sus chicos es de su dejadez. «Si alguien me dejara hacer mi trabajo hasta es posible que alguno realmente tuviera el grado de inteligencia que dicen sus padres que tiene», se dice mientras se seca las manos y el temblor se hace más fuerte, va a tener que salir del baño en algún momento. «Venga, vamos a por el último día, después a descansar», le dice a quien se refleja en el espejo que tiene delante.
Continuará
Comentarios
Publicar un comentario