LOS POETAS INMUNDOS. III Aguas sonámbulas, por Vicente Llamas
Ni las aguas ni los monstruos tienen edad. Nunca fueron niños los monstruos, ni las aguas fueron crisálida. Su infancia es la estación opaca de los ídolos. Nacieron mezclados con el frío de la piedra y el llanto de los hombres, ocultos en el germen de su vanidad, su miedo o su soberbia, escondidos en oscuras oraciones, en pasiones inconfesadas u obstruidas por algo más sórdido que la pureza mitigada del horror.
Adán vio quebrarse sobre las aguas primordiales una rama del árbol de la ciencia, y vio después al reflejo del hijo alzarla contra el pastor. Vio Caín hundirse en la región del destierro la imagen de su crimen, arrastrada por las primeras aguas que descendían hacia el este para ser espejo constante de su estirpe.
Y de las aguas primordiales brotaron los espejos, pavorosas criaturas insomnes cuya existencia se basa en los reflejos. Nunca enmudecen, susurran sin cesar vejez, ángulos del salón con arpas olvidadas, vientres que vertieron su fruto para que ya sólo los días anidaran en ellos, torpes colores de infamias y de ilusiones cotidianas frustradas por los días que crecieron dentro.
Cuando nadie contempla las aguas sonámbulas murmuran sin cesar estancias desiertas, ropas huecas que no insinúan senos, frío o desnudez de nadie, abandonadas sobre un lecho vacío, retratos de niños suspendidos en una víspera marchita que deshizo sus rostros con manchas ocres de orfandad y nos observan como ancianos profundos, paredes mohosas con hendijas por las que furtivos insectos logran escabullirse de las aguas someras mientras una pequeña polilla bate agónicamente sus alas ahogándose en ellas, su cuerpo flotando a la deriva sin que nadie pueda verlo.
Nunca callan los espejos, existen porque repudian la ausencia. Umbrales de mundos no nacidos, sumados son el rígido himen que separa la apariencia del vacío, nada en medio, esencia o sustancia que sostenga al ser, no hay profundidad bajo esas aguas convulsas que pueda acogerla.
La faz velada de un espejo en el oscuro desván no es agua ciega, es la misma oscuridad que le envuelve. Nada se opone sordamente a un espejo sin quedar atrapado en su ávida vigilia, nada puede deshacer su hechizo, cada trozo de espejo es completamente espejo. Apenas encubre la escarcha los fantasmas que habitan bajo el estanque empañado en el que Narciso quiso ahogar su vejez, incapaz de desprenderse del reflejo que eclipsara su objeto de deseo: lo que somos se hundirá en una profundidad irreal de la que sólo emergerá el ahogado que nos aguarda al final de la penumbra.
Rumian las aguas estancadas en la casa cerrada de verano sedimentos de una vida interrumpida, ínfimos detalles del tumulto que las invadió languidecen bajo su velo, una conjura de reflejos ociosos sigue palpitando allí dentro, sin arraigo: la alhacena con platos apilados que no decretan hambre, un alfiler arrasado por la herrumbre al pie de la alhacena. Detalles huérfanos comparecen en la desafección, flotando en el océano como restos inermes de un naufragio sin posible complicidad ya con excitadas figuras que acudirán de nuevo a las aguas a sacudirse el invierno que habrá mudado lo que fueron sobre ellas.
La profecía del Oscuro de Éfeso, el Adivinador, embozado en estiércol, antes de ser devorado por los perros o la hidropesía (me gusta imaginarlo como Neantes):
ποταμοῖς τοῖς αὐτοῖς ἐμβαίνομεν τε καὶ οὐκ ἐμβαίνομεν, εἶμεν τε καὶ οὐκ εἶμεν τε ... Πάντα ῥεῖ
Bullen mares ciegos bajo el sueño, pálidas aguas se deslizan sin orillas hacia la ciudad dormida con un rumor de guadaña. Refutan las fronteras de Éfeso que se deshacen en prostíbulos, hogares humillados, repulsivos andrajos de una ciudad yerma que se desgarra para no renacer más allá de luces deprimidas y derruidos santuarios, como el viejo mendigo es roído por los últimos rencores, las desventuras y la ruina que le ocurren, pero es imposible que dejen de susurrar los espejos. Su edad es impura, es abismo que todo lo absorbe, una acumulación de instantes individuados sin abstracción: la irreprochable concreción de cada estrago, cada lágrima, cada remordimiento, un credo obsceno plegado a los extravíos de las continuas metamorfosis que ensaya el animal insomne para escapar de sí mismo, heteronimia, nékuia o laberinto.
Voraces, devoran cuanto se les ofrece, trémulo o desvaído, tenaz o incierto, deshacen su materia, aliviándola del espesor sombrío en que se esconden la mentira y el azar, su trazo inverso oponiéndose a la crisálida, arrebatándole la profundidad en que se desarrollan la cólera y los huesos. Su ira no encuentra allí el reflejo que la desató.
La memoria del "monstruo suburbano y parcial", Ireneo Funes, incapaz de comprender símbolos genéricos y de olvidar diferencias, estaba hecha de esas aguas: el perfil de las tres y catorce, un animal distinto al de las tres y cuarto. Metáfora expandida del insomnio o forma del olvido desvelando la caída que se anuncia en cada huella, porque la referencia a objetos en sus infinitas y sutiles variaciones debe especificar el momento. La ἐναντιοδρομία, la sugestión de lo opuesto en el difuso rendimiento del inconsciente: el lienzo oculto de Gray no era el reverso de un pacto fáustico, una carta de indulgencia con el hedonismo y la degradación moral, era simplemente un espejo.
Todo lo sensible se encamina a la extinción, excepto el λóγος eterno que devuelve cada cosa a su latido, fuerza invisible que empuja a lo aparente de la corrupción al origen. Y el alma seca, cómplice del fuego (forma mudable de Dios, que al mezclarse con la luz y la tiniebla, con el duelo y el gozo, la abundancia y la miseria, la saciedad y la molicie, todo lo engendra), incompleta siempre debido a la melancolía, es, sin duda, "la más sabia" (αυγὴ ξηρὴ ψυχὴ σοφωτάτη καὶ ἀρίστη). Jamás asomará a las aguas lascivas de los espejos.
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