CRONOPIOS, El colgante IV, por Rafael Hortal
Los cuatro arqueólogos habían estado desaparecidos durante tres días. Se recuperaron en un hospital de Ulán Bator, la capital de Mongolia. Nadie sabía nada del paradero del intérprete; en realidad el gobierno ocultaba la noticia para no dar sensación de inseguridad al turismo. Tras contactar con sus familias, Peter regresó a Londres; Alizée, Alain y Bea decidieron continuar allí y aceptar la propuesta de National Geographic para contar su historia en exclusiva a cambio de una suma importante de dólares. Por supuesto que no mencionaron sus orgías; esa travesura sexual fue sustituida por el alarde de su experiencia al estilo MacGyber para sobrevivir. Se hospedaron en el mismo hotel donde comenzó su estancia en Mongolia.
—Ahora que tenemos dinero -dijo Bea- me gustaría conocer la cultura de las tribus Nuba en Sudán ¿Me acompañáis?
—Y meternos en más líos -contestó Alain.
—He leído los libros de Leni Riefenstahl. Sólo me interesa su faceta antropológica, no la nazi.
—Ya, claro, tú lo que quieres es disfrutar de los esculturales cuerpos nubios y de sus grandes falos.
—Si quieres que vayamos contigo tendrás que darnos buenas razones -dijo Alizée guiñándole un ojo.
—Vale, venid a mi habitación… si Alizée tiene su mochila al estilo “Lara Croft”, yo tengo en una maleta cosas muy interesantes.
Ya en la habitación, Bea les indicó que se sentaran en la cama. De la maleta sacó un pequeño y viejo tambor al que le colgaban plumas.
—Creía que nos ibas a enseñar un consolador o algo así -bromeó Alain.
—Es un tambor de chamana mongola. Llevo varios años estudiando a los chamanes de Asia y a los berache de norteamérica, llamados dos espíritus de américa; ahora quiero conocer a los nubios de Sudán y a los llamados faraones negros de Egipto.
—Todos coinciden en salir de su estado físico a través de la percusión, ya sean tambores o maracas, pero con alguna ayuda más -apostilló Alizée.
—Efectivamente, aquí tengo un preparado especial con una base de almizcle. El gran Gengis Kan llegó a tener 36 esposas muy complacidas. Un estudio británico concluye que una de cada 200 personas del mundo son sus descendientes, porque se transmite el cromosoma Y entre los varones.
—Vale, Bea, pero eso no me convence para acompañarte a Sudán -dijo Alain.
—¿Dónde has dejado tu espíritu aventurero? -le preguntó Alizée.
—Me apunto al viaje con una condición.
—Venga, suéltalo, cariño.
—Que a partir de este momento formemos un trio sin celos, que cada uno folle con quién le apetezca, a cualquier hora… los tres debemos estar siempre disponibles.
—Acepto -dijo Bea.
—Yo también -dijo Alizée con mucha seguridad-, pero ya que sólo te mueve el placer y no el amor, propongo que también podamos acostarnos con otras personas… sin celos, “cariño”. Ya no seremos pareja, ahora volveremos a ser solo follamigos.
Bea sacó el ungüento con base de almizcle. Lo probaron, tenía un fuerte olor por la glándula segregada por el ciervo. Tocó el tambor con ritmo pausado. A los cinco minutos estaban en trance, se desnudaron y comenzaron a besarse y abrazarse lentamente. Fue una sensación diferente, como si fueran otros cuerpos los que retozaban en la cama mientras la conciencia se mantenía en un estado hipnótico. No buscaban el clímax, el tiempo se dilataba con sensaciones extremas, un simple roce de la piel producía un placer desmesurado. Las dos chicas ofrecieron a Alain una felación al unisonó, después él pensaba que su pene las penetraba al mismo tiempo, veía su cuerpo desde arriba… alucinaciones. Tardaron horas en recuperar la conciencia.
—Una vez y no más… prefiero estar cuerdo cuando follemos -les dijo Alain de camino a la ducha.
Aterrizaron en El Obeid, la ciudad en el corazón de Sudán. Por su desagradable experiencia, esta vez eligieron minuciosamente a la persona que los llevara con camellos hasta las montañas Nuba, para conocer a la tribu que hizo famosa Riefenstahl con sus fotografías en 1962: la etnia Nuba de Kau, con los que convivió cuatro meses.
Los recibieron guerreros totalmente desnudos con los cuerpos grises por estar cubiertos de ceniza. El jefe de la tribu les ofreció su hospitalidad y contemplaron las danzas de cortejo. Es un ejemplo de culto a lo femenino, donde los jóvenes luchadores permanecen sentados en estado de trance, con extrañas convulsiones inducidas por la percusión de los tambores de la danza de mujeres embadurnadas con el polvo de un mineral calizo y untadas con aceite de cacahuete, lo que hace brillar sus atléticos cuerpos desnudos. Dos mujeres jóvenes aspirantes colocaron sus muslos sobre el hombro del hombre elegido, con su sexo cerca de la cara. El guerrero tendrá que ganar el combate para hacerse merecedor de la joven.
—¿Alain, lucharías por mí? -le preguntó Alizée.
—No tengo esa habilidad de guerrero, pero te puedo demostrar mi valía de otra forma.
—No, déjalo.
Alizée le pidió permiso al jefe de la tribu para participar en la danza de cortejo. Le embadurnaron el cuerpo de aceite y comenzó a danzar como las mujeres, con movimientos rítmicos laterales manteniendo las piernas separadas. Cuando le tocó el turno, eligió a un guerreo poniéndole el muslo en el hombro. Esa noche se la pasó al pie de un baobab copulando con el guerrero sin parar.
—Ha sido maravilloso, sintiendo la naturaleza salvaje bajo un cielo estrellado. He encontrado el guerrero de mis sueños, se llama Bol. Me quedaré aquí -aseguró Alizée.
—¿Cuánto tiempo? -preguntó Bea.
—No lo sé. Quiero vivir el presente intensamente, pero os preocupéis, tengo la mochila de Lara Croft.
Alain le entregó un pequeño colgante fálico tallado en madera. Bea y Alain se despidieron de Alizée con abrazos.
¿Continuará?
Cuando la realidad intrinseca supera al conocimiento
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