EL ARCO DE ODISEO. El sitio de Leningrado, por Marcos Muelas


Leningrado, 1941

La ciudad era un mausoleo cubierto de nieve. El viento soplaba con fuerza cortando la piel como si de afiladas cuchillas de hielo se tratara.

Por un momento Boris creyó ser el último habitante con vida en Leningrado. Casi deseaba que los nazis volvieran a bombardear la ciudad. Al menos, eso acabaría con el silencio.

Boris tan solo contaba con trece años, pero la guerra le había hecho madurar con rapidez. Al comenzar la guerra, su padre se marchó al frente y no volvieron a saber de él. Su madre, presa de la inanición, estaba demasiado débil como para levantarse de la cama. Sus hermanas pequeñas pasaban el día llorando de hambre hasta quedarse dormidas. Boris se convirtió forzosamente en el cabeza de familia, aguantando la carga de intentar sacarlas adelante.

Pasó junto a los tranvías vacíos, detenidos y abandonados meses atrás.

Su misión era encontrar algo de comer, pero se conformaría con hallar algo con lo que alimentar la chimenea. En los últimos meses había tenido que servirse de libros y periódicos para hacer fuego y poder calentar su familia. Cuando estos se acabaron, fue el turno de los muebles. El frío podía ser tan mortal como las bombas o el hambre.

Al doblar una esquina encontró una pila de cuerpos amontonados ante la puerta de un edificio. Los cadáveres estaban congelados. Seguramente fallecieron en su casa y los familiares, sin fuerzas, apenas pudieron sacarlos de allí. No quedaban infraestructuras públicas para recoger a los muertos. Boris pensó en qué pasaría cuando llegara la primavera y se descongelaran. Tampoco le preocupó mucho, no tenía esperanzas de que la ciudad sobreviviera al invierno.

Sus tripas rugieron de hambre, recordándole que debía seguir la marcha.

No recordaba la última vez que había comido en condiciones. La ciudad sitiada se había quedado sin nada que comer. Los animales de compañía fueron los primeros en ser sacrificados. Se hirvieron zapatos y cinturones de piel intentando crear sopa. También se horneó pan con un poco de harina sucia y mucho serrín.

Una bomba cayó sobre un silo de azúcar y durante algún tiempo la gente usó la tierra con los restos para hacer infusiones. Decidió probar de nuevo en el viejo almacén de harina abandonado. La última vez que estuvo ahí, había visto excrementos de rata. Con suerte podría cazar algún roedor con el que poder hacer un caldo. De camino al almacén escuchó un leve quejido a su lado. Buscó en todas direcciones hasta encontrar su origen. Una mano surgió de la nieve y le cogió del tobillo.

Tras la mano surgió un rostro suplicante. No era la primera vez que Boris se enfrentaba a una situación así. Los ciudadanos estaban tan débiles que si caían en la nieve carecían de la fuerza necesaria para incorporarse. Boris había visto con sus propios ojos como algún ciudadano trató de ayudar a otro para acabar cayendo también, compartiendo su suerte.

La única forma de sobrevivir en esta ciudad era dejar de lado la humanidad. Así que, sin mucho esfuerzo, se zafó de la mano suplicante y se alejó de él, aun sabiendo que lo condenaba a una muerte segura. Sabía que estaba haciendo lo correcto. Apenas tenía fuerzas para mantenerse en pie, pero eso no significaba que no le doliera abandonar a alguien que lo necesitaba. Pero, sabía que él no era un monstruo. Los monstruos estaban al otro lado de las barricadas, agitando sus banderas con esvásticas mientras bombardeaban y asfixiaban al pueblo ruso.

Leningrado debía resistir, soportar el hambre y el frío, y sobre todo evitar que los monstruos entrarán en la ciudad. Pero ahora tenía que centrarse en su misión. Estaba llegando al viejo almacén donde esperaba cazar ese roedor o al menos encontrar algo que pudiera utilizar como combustible para calentar a su familia. La puerta del almacén estaba entreabierta cuando llegó. Soltó una maldición entre dientes, alguien se le había adelantado. Decidió acercarse un poco más, quizá quedara algo para él.

Fue en ese momento cuando su olfato le puso sobre aviso. Era imposible lo que estaba oliendo. Por un momento creyó que era algún tipo de engaño inducido por su vacío su estómago. Pero nunca había oído hablar de algo así. El olor era indudable. Por mucho tiempo que llevara sin olerla, aún la recordaba. Olía a carne asada. Con toda la cautela posible se asomó por la puerta. Tres ciudadanos se encontraban alrededor de una improvisada hoguera. Descubrió el hacha junto a los postes medio derribados que usaban a modo de leña. Y lo más importante, estaban comiendo algo. Sobre el fuego había una improvisada rejilla donde se asaban finas tiras de carne.

Boris no pudo evitar salivar ante tal espectáculo.

Los comensales escucharon las pisadas del joven y se volvieron en su dirección. Vio sus rostros. Pertenecían a un hombre corpulento, una mujer y un anciano que le resultaba familiar. Todos guardaron silencio y en ese momento Boris reconoció al anciano, se trataba de su profesor de primaria. En muy poco tiempo había envejecido hasta el punto de parecerle casi irreconocible.

Boris les dedicó una mirada suplicante, pero los tres le miraron con hostilidad. Fue en ese momento cuando descubrió el cuerpo tendido sobre la mesa. Se trataba del cadáver de una mujer cuya desnudez mostraba como lo habían despiezado parcialmente. De repente, la carne que estaban asando no le pareció tan apetecible. Mientras el hombre se levantaba con el hacha en la mano, Boris descubrió que no hacía falta que los nazis entrarán en la ciudad. Los monstruos ya estaban dentro.

"En septiembre de 1941 el ejército nazi sitió Leningrado durante casi 900 días. Sin la entrada de alimentos, alrededor de 1.000.000 de habitantes perecieron. El día de Navidad de 1941, 3.700 ciudadanos perdieron la vida víctimas del hambre y el frio.

Para sobrevivir al sitio muchos ciudadanos tuvieron que recurrir a medidas extremas. Durante el sitio, más de 2.000 ciudadanos fueron sorprendidos cruzando la última línea de la humanidad: el canibalismo.”






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