De duelo, por María Dolores Palazón





Cuando llegué ya había ocurrido todo. No vi nada. A mi alrededor la gente reproducía en bucle palabras a las que no daba sentido. Caída, atropello, golpe, susto. Una lista de vocablos que era incapaz de unir. No pregunté nada. No quería saber nada. La vida de los demás me interesa lo justo. Pero el pequeño grupo de personas al lado de la parada de autobús insistía una y otra vez. Caída, atropello, golpe, susto. La piel de su rostro lucia la palidez del sobresalto. La exageración se representaba en sus gestos. Sus ojos no miraban, más bien querían borrar, por eso buscaban puntos de vista diferentes. Elevaban sus manos a lo alto de un edificio buscando justificación a lo ocurrido. No había gotas de sudor en sus frentes. No parecían sentir la temperatura extrema de la ola de calor vigente. Eran la viva imagen del frío absoluto. Ese que te hace sentir la tragedia congelándote el alma, una sensación que ralentiza tu vida llevándote al frío más absoluto: al que viene de adentro. Apenas estuve allí cinco minutos. Fueron más que suficientes. Ellos llevaban más tiempo. Tú estabas allí desde el principio. Tenías el papel protagonista, pero que estuviera tu cuerpo no quiere decir que estuvieras tú. Quizás nunca estuviste allí. Lo mismo dejaste de ser antes. Y allí ya no eras nadie.

No te vi. El alboroto me hizo cambiar de sitio. Prefiero la tranquilidad cuando presiento el trajín de una historia que no va conmigo. Por eso del lado del coche parado en la vía me fui al otro extremo de la parada. Fue allí donde mis ojos vieron una lona blanca, reverso de alguna publicidad de un comercio cercano. Solo eso: una lona blanca sobre el asfalto, pegada a la acera. No vieron nada más. Pero el ruido seguía. Caída, atropello, golpe, susto. Estábamos en una de las sedes reconocidas para abordar la crítica y el cotilleo oficial: una parada de autobús. No callaban. Caída, atropello, golpe, susto. Y entonces mi mirada comenzó a intuirte. Tus pies, una chancla, tus manos, un hombro, un tirante de tu camiseta, un poco de cabello. Estabas bajo la lona. Era insuficiente para cubrirte del todo. ¿Cuánta lona se necesita para tapar una vida? Mucha más de la que te cubría. Entonces te imaginé. Quizás eso fue peor que verte. Porque la recreación de tu dolor me llevó a sentirlo.

Llegó la policía. Fueron minutos eternos. Todos comenzaron a hablar de nuevo. Caída, atropello, golpe, susto. Alguien dijo que habías saltado. Otro reafirmó este testimonio diciendo que venías de arriba. Los del coche parado decían que no te habían atropellado, que habías aparecido de golpe sobre ellos. Algún aprendiz de física empezó a establecer cálculos sobre la velocidad de la caída, tu peso aproximado y el tiempo del impacto, solo así parecía querer justificar dónde habías terminado. Pero le faltaba el dato del piso exacto desde donde caíste. Eso, al parecer, es un dato esencial para este tipo de fórmulas. Escuchaba sin oír. Caída, atropello, golpe, susto. Solo tenía una pregunta y nadie me la respondía: ¿saltaste, caíste fortuitamente o te tiraron? Tres formas diferentes que pueden concluir igual. Tres ideas que me llevan a otras tantas preguntas. Si saltaste ¿qué estamos haciendo para que esto ocurra? Si caíste ¿qué no salió bien? Si te tiraron ¿cómo podemos parar esta lacra?

Un policía levantó la lona. Te juro que no te vi. Ahora sé lo que es un estado de shock con pérdida de consciencia por autodiagnóstico. Se recrudecieron los gritos de histeria. Otro policía dijo que se mantuviera la calma. Nadie te reclamó a pie de calle. ¿Dónde estaban tus dolientes? Quizás no lo sabían. Quizás no les habían informado todavía. Quizás es que, simplemente, no los tenías cerca.

El autobús llegó. Levanté la mano insistentemente para que parara antes de llegar a ti. Quería salir de esa escena. Eso era para mí. Al menos, así lo creí al principio.

Al llegar a casa te busqué en las noticias. Necesitaba saber las causas. Llámalo insensatez si quieres. Dice que quiere huir pero me busca. No se aclara. Es la verdad. Pero la noticia apenas dijo nada. Tu sexo, edad aproximada, posible salto con atropello posterior, cuerpo en anatómico a la espera de la autopsia. Palabras sueltas, hipotéticas y abiertas a todo tipo de interpretaciones para recomponer el fin de tu vida. ¿Quién eras realmente? ¿Qué te pasó? Esas preguntas, junto a lo que no vi e intuí me han quitado el sueño desde entonces. Lo que no vi y tapaba la lona es la imagen que recrea mi mente al cerrar mis ojos.

Sigo yendo a la parada a diario. Nadie ha puesto ningún altar en tu memoria. Paso por la portería del edificio dos veces todos los días, al ir y al venir. No he visto ninguna señal de condolencia o duelo externamente. He estado a punto de entrar a preguntar. No por meterme en tu vida. Sino por empezar a superar las fases del duelo. Porque estoy de duelo. Aunque nadie lo ve. Como yo no te vi a ti.

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