LOGOSFERA, Trenzando nostalgia, solidaridad y resiliencia (II), por Isaac David Cremades Cano
Es verdad que todos hablábamos de nuestra tierra con gran nostalgia. Compartíamos esa pena haciéndola más llevadera, pero rara era la ocasión en la que se abordaban las razones de tal partida. Yo, sin embargo, estaba viviendo mi emigración como una aventura, ni huía de una miseria extrema, ni tampoco de un peligro inminente. De hecho, se trataba de mi segunda estancia en el país vecino, en esa misma ciudad que tanto me fascinó desde el primer día. Joven, soltero, con el visto bueno del párroco y sin ficha en las comisarías de los grises, obtuve de nuevo el visado sin problema y pude cruzar la frontera legalmente.
Reuniendo unos ahorros y con la ayuda incondicional de mi madre, pude rechazar el trabajo que realicé mi primera vez aquí como operario en una fábrica textil, permitiéndome redescubrir el Lyon que se convertiría en mi hogar. Empecé a aceptar pequeños trabajos difundidos de boca en boca entre la comunidad de españoles. Con las primeras luces del día, desde mi ventana, podía escuchar como llegaba la camioneta del carbón y se detenía a los pies del inmueble, frente a una ranura estrecha sobre la fachada a la altura de la acera. Acudí a la entrada para disponerme a realizar una de esas tareas que la gente de aquí ya no aceptaba. Con pocas palabras y muchos gestos comprendí que mi labor consistiría en introducir, por ese misterioso orificio, los trozos de carbón, con el fin de almacenarlos en la cavidad a la que daba acceso. Ese acopio se empleaba para calentar las calderas, que daban calefacción y agua caliente a todos los residentes, así como para alimentar las cocinas del edificio.
Una de esas difuminadas mañanas, mientras amontonaba el carbón ya descargado, levanté la vista y me atreví a articular un “Bonjour, madame” a una señora mayor, que habitualmente venía a cargar un cubo con carbón para el fogón de su apartamento. Atónita por mis palabras, se limitó a levantar brevemente la mirada descubriendo mi rostro ennegrecido. – Una agotadora tarea para una sexagenaria menuda, subir ese pesado cubo desde el sótano hasta la tercera planta –, pensaba yo negruzco y polvoriento, mientras un gesto casi automático por mi parte le hizo entender que le ofrecía ayuda. Agradecida por el acto reflejo que expresó corporalmente mi disposición, acordamos que le subiría el carbón dos veces por semana, luego me propuso bajar la basura, después subir las compras, pasear al perro, etc. Del umbral de la puerta, que no atravesé hasta varios meses después, se me permitió entrar al recibidor, donde cabezas de ñus colgadas de la pared, máscaras y lanzas con plumas, pinturas y fotografías cruzaban sus miradas mientras esperaba mi propina. En mis cada vez más continuas idas y venidas, me adentraba en ocasiones hasta al salón con ostentosa chimenea, quedando boquiabierto frente a los grandes espejos, los brillantes candelabros de cobre con motivos y la base de jade, estanterías repletas de libros, sillones con bellas tallas y coloridos acolchados, todo bañado por la luz que entraba por los grandes ventanales.
Lógicamente perplejo ante esta ermitaña mujer, descubría su mundo tan extraño para mí que, además, quedaba reducido a ese bonito y espacioso apartamento de altos techos, con unas privilegiadas vistas sobre el Ródano, recortadas por la colina de Fourvière. Mi curiosidad creciente, alimentada por tanto enigma, fue determinante en mi relación con esta nueva lengua que aún se me resistía. Comencé entonces a descifrarla y modelarla planteándome cuestiones mentalmente y conjeturando sobre posibles respuestas, experimentando inconscientemente la agradable sensación de imaginar en la lengua de Molière.
Una mejor comprensión me permitía ir verificando y descartando esas hipótesis verosímiles esbozadas en mis pensamientos, que conseguía verbalizar con más exactitud en la nueva lengua. Descubrí entonces que cuando ella nació, su padre pasaba ya los 40 años, algo bastante inhabitual en la época, pero comprensible para un militar profesional movilizado en las dos grandes guerras. Como consecuencia, varias décadas de diferencia con sus dos únicos primos hermanos posibilitó que a sus 7 años fuera la madrina de la siguiente generación, reducida descendencia y señal precoz del fin de un linaje. Célibe e hija única, en la época en que la conocí, se dedicaba exclusivamente a cuidar de su anciana madre, labor que finalmente compartimos hasta su último aliento. Durante el escasamente concurrido velatorio, me mantuve a su lado mientras que mi esposa, sin yo saberlo, era trasladada al hospital para dar a luz a nuestra primera hija. Ese caluroso día de finales de verano, entre tal tristeza y sorprendido por la grandiosa alegría, resultó ser más que revelador. Al rememorar esa agridulce jornada, no puedo evitar que aquel afligido cruce de miradas durante el responso se superponga a aquellos desorientados ojos de recién nacida, que veían por primera vez a su padre, permitiéndome percibir los sólidos vínculos que nos unirían de porvida a esa misteriosa señora del tercero… sin dejar de entrelazar laboriosamente nostalgia, solidaridad y resiliencia.
Narración bien pautada y excelente explicación de resiliencia. Felicidades 🎊
ResponderEliminarIsaac:que claro y conciso eres.ME ENCANTA.
ResponderEliminarEncantador!!! Enhorabuena!!
ResponderEliminarSiempre me sorprenden estos relatos porque me imagino a lo largo de la lectura un desenlace y luego viene otro inesperado. A continuar! Un abrazo
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