MINUETO. La calle, por José Antonio Molina




Fue una calle populosa y animada, aquella de mi infancia, al menos para las condiciones habituales de una minúscula ciudad balnearia en una provincia pequeña. Una imprenta, cuatro carpinterías, una fábrica de conservas, un bar de fama dudosa (después transformado en sede de un conocido partido político), una papelería y el almacén de una empresa de construcción. No siempre había sido así. Hubo una época inmediatamente anterior a la mía en que mi calle no existía. Relatos de vecinos y familiares contaban cómo antes no había nada edificado. Existía un palmeral, arboledas y un rincón sin cultivar, que le daba un aspecto boscoso, con pequeños árboles y matorrales, siempre verdes por la presencia de aguas freáticas que durante años fueron apareciendo cada vez que se ponían los pilares de un nuevo edificio. Al paisaje agreste, que en mi imaginación infantil siempre era semisalvaje, pertenecía un cuartel, con sus centinelas y con sus cuadras que albergaban a los caballos para las patrullas. No muy lejos se veía un poblado de casones excavados en la roca, cuyos habitantes miraban con recelo a la guarnición vecina. Cuando se trazaron los límites de mi vieja calle, esas historias estaban lejanas en el tiempo. Pero aún hoy los nombres primitivos del lugar denotan sus orígenes poco urbanos: Alto del Tesoro, Alto de los Mayorazgos, Arboledas.

Aquel lugar, en las afueras simbólicas de la pequeña ciudad, quedó incorporado más tarde a la disciplina urbanística. Fue asfaltado y dotado de aceras. Los primeros fundadores llegaron y durante una generación encontraron la prosperidad. Pero mi calle, hoy, ya no es mi calle. La gente envejece, las casas se vacían, los negocios se cierran. La pequeña ciudad ha dejado de crecer en ese rincón y ha traslado su fuerza vital y su expansión a áreas mejor dotadas. Una casa muere siempre por dentro. Es como un ser vivo que enferma. Cuando el mal se manifiesta y llega a la fachada, es porque su interior ya sólo alberga muerte y olvido. La calle de mis juegos infantiles se ha convertido en punto de llegada de nuevos pobladores, personas golpeadas por la pobreza y por el estigma de la extranjería; siempre de paso, buscadores de lugares baratos y provisionales, sobre las ruinas de un mundo que fue vida y ahora es recuerdo.




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