Sordos, por María Dolores Palazón Botella
La primera vez que los vi fue en París durante aquel verano de 2009, entre el gentío de una ciudad que cada día sumaba más grados a su termómetro y más turistas a un metro que con cada amanecer parecía agrandar su estrechez para dar cabida a unos turistas que nunca eran suficientes. No vivir ni siquiera en una ciudad de provincias hacía que antes de tener conexión permanente a una red de internet te perdieras cosas, muchas veces demasiadas, y no había visto nunca aquellos auriculares XL que la gente autóctona llevaba taponando sus vías auditivas, entendía que con la esperanza de defenderse del ruido de la impresión de los turistas en aquella capital donde ellos eran el silencio y la compostura. Cuando llegó el frío los turistas se difuminaron lo justo y ellos los seguían portando. Me parecieron su protección natural contra la conversación y una herramienta para impulsar la objetivación de la individualidad. Cada especie tiene su forma de vivir y ellos parecían necesitar separarse del resto no escuchándose y evitando cualquier atisbo de conversación. París es una ciudad grande, bien vale un silencio de vez en cuando, me dije en muchas ocasiones.
A la vuelta no importe la moda, nunca he sido de seguir el último grito, ni aunque venga de París, quizás porque los acúfenos son una herida latente de una guerra pasada que me hace huir del ruido para abrazar el silencio, pero lo que me pareció una novedad urbanita comenzó a expandirse a mi alrededor. Primero con ayuda del cable conectado a los dispositivos de reproducción de música que surgieron, después unidos continuamente a unos teléfonos que dejaron de sonar para comenzar a ser herramientas de navegación y escritura constante, de donde pasaron, para consuelo de los que eran incapaces de desliar el cable, a ser inalámbricos y con capacidades tan potentes de sonido que logran evadirte de tu alrededor potenciando lo escuchado a través de ellos por encima de cualquier otra cuestión.
En esos momentos ya hacía tiempo que había aprendido a no escuchar a mis compañeros los acúfenos, pero de repente vinieron los días de vértigo, náuseas y sensación de pérdida auditiva momentánea, que llevaron a diagnosticar un posible síndrome Ménière. Para quitarle dramatismo dije aquello de no me traje los auriculares pero sí algo de Francia para los oídos. Nadie entendió la broma, normal. Aquello pasó, aunque el tinnitus sigue en mi cabeza, pero solo lo escucho a veces, cuando se pone rebelde y me grita ante mi indiferencia.
Luego vino la pandemia, el teletrabajo los convirtió en una herramienta imprescindible y fueron con la nueva normalidad el aliado perfecto para un espacio personal donde la evasión estaba al alcance del insignificante gesto de subir el volumen. Mejoraron sus diseños, aumentaron sus capacidades y diversificaron sus modelos. Ahora son miles los que los portan continuamente en la calle, el transporte, el trabajo, la vida cotidiana. Están en todo, son el antídoto contra las relaciones personales, eso que da tanto miedo porque ya se sabe lo que un simple saludo verbalizado puede suponer y lo estúpidas que son las conversaciones sobre el tiempo en espacios cerrados. Mejor escuchar tu propia elección musical que confraternizar, creo que dentro de poco ello simplemente desaparecerá.
Los médicos avisan de una legión de sordos a edades ya tempranas, parece que solo ellos ven lo que ese sonido constante y a volumen alto provoca oído adentro. Pero nadie quiere escucharlos, han aprendido a no escuchar lo que no venga de sus cascos, libremente han escogido ser sordos. No hay nada que hacer, ya se sabe: no hay más sordo que el que no quiere oír. A mí no me dejan otra opción que llevarles la contraria, la sordera por decisión propia no está entre mis planes a corto, medio y largo plazo.
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