EL VERDE GABÁN, Crónica de Ayanz, por Santiago Delgado.







Fragmento de la novela, inconclusa e inédita,

“Crónica de Ayanz, 1553-1613)

Santiago Delgado


(El Caballero y Regidor de Murcia, Don Jerónimo de Ayanz se halla en un cerro de la sierra que limita al sur el valle medio de Segura, bajo un pino negral, generoso de umbría, sobre el monasterio franciscano de Santa Catalina, verano del año de gracia de 1586)


“Esto dijo el buen fraile marchando cuesta abajo, no sin dificultad, desde el plano montículo donde se elevaba el pino negral, con vistas a todo el Valle de Myrtia, el monasterio de Santa Catalina delante mismo de la perspectiva.

–¡Con Dios…! –le he gritado.

Por toda contestación, ha levantado la mano, sin volverse. He tornado a echarme, y me he tapado la cara con el ancho sombrero de paja con que vengo siempre aquí. Me he vuelto a descalzar. Intentaré dormir.

Pero no puedo dormir. Dormito en todo caso. Dormitar es menos que dormir, pero es más que nada. No sé si lo que pensamos en los dormitares es pensar o es soñar. Debe ser una mezcla de ambos, en la cual mixtura tenemos más dominio, pero no del todo, sobre lo que pasa por nuestra mente. O por nuestra alma. Es la intimidad pura, desnuda, que se pasea libre por ese escenario en blanco que, entonces, es nuestra consciencia. Acaso suceda que juntos, el sueño y la vigilia van sembrando semillas de lo que luego, en algún dormir futuro, será sueño puro. Y lo que entendemos del sueño es lo que la vigilia pudo introducir en esas semillas mixtas. ¿Y por qué sucede que no recordamos bien algunos sueños? Veo muy posible que soñemos sin recordar que hemos soñado. O que creamos que no hemos soñado, cuando sí lo hemos hecho. Yo amo las ensoñaciones de los dormitares, porque tengo alguna posibilidad de mando sobre esa parte misteriosa. O me creo que la tengo. Yo activo esa participación lo que puedo, en cuanto veo que el sueño se acerca, tocando sus atambores de silencio que sólo el alma escucha. Me hago el dormido para espiar a los sueños, cómo construyen sus designios, y, en cuanto puedo, los cambio y modifico. Aunque se puede muy poco. Ellos, los sueños de avanzadilla se creen solos, y son muy confiados por ello. Los humanos somos algo felones a los sueños en esos momentos fuera del tiempo. Metemos ansiedades, deseos, caprichos incluso, en las historias urdidas por los duendes blancos del antesueño. Me pregunto si muchos escritores no urdirán así sus ficciones. Yo me acuerdo que, allá en Guenduláin, en mi Navarra natal, cuando por la primavera traían ciruelas del valle del Ebro de Tudela y Castejón, yo me apresuraba a comerlas, sin mondar la piel. Su grata acidez breve me hacía cerrar los ojos, y hacer de la lengua cerebro sentidor, que no pensante. No sé por qué, pero acaso era la primera vez que oía, en mi vida, esos primeros callados atambores que digo de los duendes del presueño, acercase al alma mía en los dormitares. Luego, aquí, en Murcia, en El Verdolay, también he comido ciruelas. Y, sobre todo las, doradas de esta tierra me producen las mismas sensaciones de entonces, pero no tienen la sorpresa primera de aquellas navarras de mis predios paternos. Como todas las sensaciones de la infancia. Ahora, bajo este alto pino negral, echado en la tumbona que yo mismo he ideado, con el sombrero de paja sobre mi cabeza, escucho las chicharras del estío murciano. Y dudo de que, con tal estruendo, los atambores de las mesnadas del presueño, puedan ser escuchadas por el alma mía, entregada al bochorno, feroz e imparable de la siesta”.

Comentarios

  1. Cualquier libro (cualquier proyecto) de Santiago Delgado es para mí un acontecimiento admirable. Con ganas lo aguardamos.

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  2. ¡Cuánto puede dar de sí el dormitar de una siesta tan magistralmente explicado!

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