EL ARCO DE ODISEO. Umiko, la niña del mar, por Marcos Muelas
Umiko solo contaba con ocho años cuando los soldados imperiales llegaron a su aldea. Sus padres trataron de tranquilizarla. Le dijeron que eran los soldados del emperador enviados para proteger el lugar de los monstruos invasores. Pero a su corta edad percibió el peligro de los visitantes a través de los ojos de su padre. Recordaba bien ese día porque su madre, Yasu, bondadosa y risueña, no volvió a sonreír desde entonces.
Okinawa era una isla de pacíficos pescadores y agricultores, ignorantes de la guerra que desarrollaba la nación. Lamentablemente, los contendientes habían decidido declararla punto estratégico para la guerra y los ejércitos lucharían por ella hasta el final. Y así, los soldados nipones se instalaron en la aldea proclamándose sus protectores y exigiendo sumisión. Su padre fue reclutado forzosamente por las fuerzas armadas. Los militares agruparon a todos los hombres de la aldea y los equiparon con afiladas ramas de bambú. Umiko vio marcharse a su padre de la aldea sabedora de que jamás volvería a verlo.
Pronto los bombardeos se convirtieron en una constante en la isla. Umiko no entendía lo que sucedía, solo había entendido que unos los terribles monstruos, los llamados “americanos”, eran los causantes de tal desastre. Ese día amaneció diferente. Las bombas habían dejado de caer sobre la isla de Okinawa. Los soldados japoneses que se habían refugiado en la pequeña aldea compartieron las demoledoras noticias. Todo indicaba que los odiosos invasores americanos habían ganado la batalla. Pero las últimas defensas de la isla se negaban a rendirse. Por decreto imperial, Okinawa no caería mientras el último hombre, mujer o niño quedará con vida en la isla.
Ante la inminente derrota, el ejército perdió la disciplina y la humanidad y sin la presencia los hombres de la aldea, se tomaron libertades. Por aquel entonces Umiko y su madre vivían con Hana, una anciana que había llegado al poblado con su nieta Masaki, huyendo de los bombardeos. La niña era más pequeña que Umiko y por alguna razón no emitía palabra alguna. La familia de Umiko las habían acogido en su casa. Por las noches, los soldados venían a buscar a la madre de Umiko y está los acompañaba con sumisión. La niña quedaba al cuidado de la abuela, llorando mientras afuera se escuchaban las risas etílicas y los gritos amortiguados.
Cuando Yasu regresaba, hacía todo lo posible por ocultar a su hija aquello que había vivido. Abrazaba a su hija y le cantaba en voz baja. Le cantaba en su idioma natal de Okinawa, aunque los soldados castigaran a quienes lo empleaban. Algunos soldados intentaron desertar, abandonando tras de sí sus uniformes con la esperanza de camuflarse entre los nativos y no ser capturados. Las mujeres y los ancianos fueron abandonados a su suerte. Llegaron refugiados de otras aldeas con las peores noticias. Los invasores estaban cerca, el fin se acercaba. Los refugiados trajeron el rumor de que los invasores iban aldea por aldea capturando a las jóvenes. Aseguró que las metían dentro de sus máquinas de guerra para violarlas.
Umiko desconocía el significado de esa palabra, pero por la cara de terror de su madre sabía que no se trataba de nada bueno.
Esa noche, Yasu y la abuela discutieron en voz baja, mientras Umiko cepillaba el cabello a Masaki. La niña parecía más triste de lo habitual y Umiko quiso hacer algo por ella. De la pequeña caja de costura de su madre tomó un lazo rojo y lo uso para recoger el pelo de la niña. Luego le ofreció un espejo para mostrarle el resultado. Masaki contempló el trabajo y por primera vez desde que llegó al pueblo sonrió.
A la mañana siguiente la abuela y la niña habían desaparecido. Umiko preguntó por ella, pero su madre no le respondió. Vistió a la niña y la llevó hacia el acantilado. u madre le pidió ser valiente mientras apretaba su mano con fuerza. Al borde del acantilado, ambas miraron hacia abajo. Decenas de cuerpos femeninos yacían sobre las rocas. Umiko reconoció alguna de ellas. También descubrió que alguna de las despeñadas aún seguía con vida, pero no dijo nada. Pudo reconocer el lazo rojo en el cabello de Masaki, inmóvil junto a su abuela. Las gaviotas se daban un festín antes de que la marea se llevara los cuerpos.
A lo lejos, los motores de los Sherman americanos se acercaban amenazantes. Yasu se agachó junto a su hija y la miró con un inusual brillo en los ojos. Por primera vez en meses, volvía a sonreír. Yasu se incorporó y cogió la mano de su hija con fuerza. La niña no opuso resistencia cuando su madre la arrastró al vacío. Durante la toma de Okinawa los nativos y los soldados fueron obligados a luchar hasta la muerte para proteger al emperador. Querían hacer saber a los americanos el precio de intentar tomar Japón. Unos 220.000 japoneses murieron en esa isla en poco más de dos meses. Lejos de disuadir a los aliados, este episodio fue el que determinó que EEUU utilizará las bombas atómicas.
El 6 y el 9 de agosto de 1945 dos bombas atómicas cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki respectivamente, provocando el rendimiento del Japón imperial y uno de los mayores crímenes de la humanidad.
Profundamente triste... Ejemplo de la deshumanización extrema... Exquisitamente redactado. Gracias amigo
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