Inteligencia artificial, por María Dolores Palazón





Primera parte



La madre siempre lo ha sabido, nunca ha tenido ninguna duda: su hijo es el más listo y punto. «Lo que pasa es que hay mucha envidia en el mundo y más en este barrio, donde todos se las dan de alta alcurnia», comenta alzando la voz para que la escuchen mientras le hacen las uñas en un local que quiere imitar el diseño moderno con madera de palés desarmados a la vez que reivindica el uso de materiales reciclados. Tiene incontinencia verbal como toda madre cuando comienza a enumerar las bondades de su niño, así ha sido desde que abrió los ojos nada más nacer, cosa que para ella es una proeza y es marca para reconocer a los que vienen con la estrella del prodigio. Y eso que hoy a quien sigue llamando su niño tiene 18 años, pero es que él no sabe vivir sin el cola-cao con sus grumos correspondientes que ella le prepara para desayunar, ni ella se queda tranquila si no se lo hace con sus propias manos aunque lo haga a horas que la norma llama la tarde. Siempre ha estado orgullosa de él, es su tema favorito porque «desde pequeñito he sabido que es un niño con altas capacidades».


Las madres son las verdaderas expertas en detectar estas cuestiones, bien lo sabe ella, porque solo el radar maternal es infalible en la detección y medición del valor de sus balbuceos, y aporta datos precisos para de forma ecuánime analizar la transcendencia de su capacidad para juntar piezas de colores con las que levantan altísimas torres que derrumban no por el placer de regodearse en la destrucción, como algunos malignos afirman, sino para comprobar su estabilidad y ensayar una propuesta más convincente con la que ampliar su conocimiento. «Así empezó mi hijo, hablando al año, antes que andar, lo juro, ya hablaba. Se sabía todos los colores, contaba hasta 3 antes de ir a la guardería, le encantaba hacer puzles y formar figuras con piezas de colores que se inventaba». 


Lo que pasa, a su entender, es «que la educación pública no está preparada para chicos como el mío, con sus inquietudes e intereses», sigue diciendo, «porque si se le hubiera hecho un estudio como Dios manda le hubieran detectado como superdotado, pero nada, no hubo manera. Yo lo veía a diario cuando hacia los deberes con él y le ayudaba a estudiar. ¡Casi no me necesitaba! Y por eso el chico se ha rebelado contra el sistema, a su forma, claro». Por eso no es el rebelde follonero maleducado de su clase, es el incomprendido que tiene que liberar la rabia de la falta de reconocimiento que lleva dentro de algún modo. «Encima le ha tocado lidiar con la LOE, la LOMCE y la LOMLOE», siglas que con el artículo delante en su boca parecen ser los nombres que conforman su grupo de amigas. «Y hacer frente al encierro de la pandemia, que eso fue criminal para los críos de su edad. Encerrado, solo le quedaba el ordenador para estudiar y divertirse». 


La chica ya ha terminado con sus uñas, pero ella no, porque no puede dejar su autoconversación consigo misma compartida con las demás sin derecho a réplica ni participación. «Encima sus profesores fueron de lo peor, gente sin motivación alguna, que no cejaba en su empeño de decir que era un medio delincuente por cuatro trastadas propias de su edad». Porque una madre no es madre sino justifica siempre a su hijo, aunque este fuera delatado como ideólogo por el grupo que rajó las ruedas de los coches de los profesores en aquel final de curso en donde a su niño le suspendieron sin motivo alguno cinco asignaturas. «Mira, al final no les quedó más remedio que aprobarlo», pues el sistema falla tanto que volver a empezar no es problema, es lo lógico y esperado.  «Y ahora a la universidad. ¡Qué les den a todos los psicólogos, pedagogos y profesores que me han dicho que mi niño no vale para estudiar! ¡No saben nada de mi hijo!», dice en un grito ahogado que demuestra su orgullo de madre por su nota de acceso a la universidad. Porque su hijo, ella lo sabe sin la más mínima duda «es el más inteligente de los chicos de su edad que conozco». 

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