LOS SONIDOS Y EL TIEMPO. Segovia, por Gabriel Lauret
La guitarra era, hasta hace un siglo, un instrumento con un repertorio creado principalmente por guitarristas-compositores como Giuliani, Sor o Tárrega. La mayor parte de los grandes compositores del Romanticismo no mostraron interés en ella. Schubert la utilizó tímidamente, como era él, y Berlioz, que tocaba la guitarra, se dedicó con entusiasmo a componer obras para conjuntos sinfónicos descomunales en los que no tenía cabida su sonoridad íntima. De esta forma, a comienzos del siglo XX, tenía un uso más bien popular y, en ocasiones, hasta marginal.
El guitarrista Andrés Segovia, en su últimos años, durante su discurso de aceptación del doctorado honoris causa por la Universidad de Cadiz en 1983, explicó que, ya desde el comienzo de su carrera, había trazado un plan para colocar a este instrumento en el lugar del que hoy disfruta.
Segovia era consciente de las limitaciones sonoras de la guitarra. En sus comienzos se presentó en el taller del constructor Manuel Ramírez en Madrid y seleccionó el instrumento que pensaba que podía llevarle a la cúspide como intérprete. Para su sorpresa, Ramírez se la regaló, aunque realmente había sido fabricada por su ayudante Santos Hernández. Años más tarde, en los años 20, conoció en Munich a Hermann Hauser, maravilloso guitarrero al que le gustaba experimentar, a quien transmitió sus inquietudes, y que pronto concibió un instrumento con modificaciones estructurales y en los tipos de madera para aumentar su proyección. Después de la Segunda Guerra Mundial, Segovia se convirtió en uno de los primeros en adoptar cuerdas de nailon, en lugar de las de tripa, lo que aumentó la potencia y estabilidad en la afinación, y fue el ingrediente final en la estandarización del instrumento.
También era necesario modificar la forma de tocar para aumentar la proyección en grandes salas. Hay que tener en cuenta que Segovia aprendió a tocar la guitarra de forma prácticamente autodidacta hasta que, ya con 22 años, cuando daba conciertos por toda España, dio clase con Miguel Llobet, alumno de Tárrega. Segovia modificó el toque, el uso del pulgar para obtener más profundidad en las notas grave y la posición de la mano derecha. Su técnica la transmitió en la Academia Chigiana de Siena y, sobre todo, en los Cursos de Santiago de Compostela. Entre sus discípulos encontramos a John Williams, Alirio Díaz, Julian Bream o José Tomás.
Andrés Segovia consiguió la difusión de la guitarra por todo el mundo. Al acabar la década de 1920, a pesar de las dificultades en las comunicaciones, había actuado por Europa, incluida la Unión Soviética, por todo el continente americano, e incluso había visitado China y Japón. Muy pronto comenzó a realizar grabaciones. Segovia mantuvo la actividad concertística hasta el final de su vida, al menos con una gira anual por Estados Unidos y otra por Europa.
Otro objetivo esencial fue ampliar el repertorio, adaptarlo a la estética de los nuevos tiempos y conseguir que los mejores compositores escribieran para la guitarra, como Turina y Moreno Torroba. Gracias a sus giras, conoció a Castelnuovo-Tedesco, Villa-Lobos o Manuel Ponce, que junto con piezas más pequeñas, también compusieron conciertos para guitarra y orquesta. No estrenó el famosísimo Concierto de Aranjuez pero sí encargó a Rodrigo la deliciosa Fantasía para un Gentilhombre. Segovia se puso al servicio de estos compositores para que comprendieran la técnica de la guitarra y obtuvieran los mejores resultados. La ampliación del repertorio también incluía la transcripción de obras del pasado. Entre sus transcripciones, Segovia realizó una extraordinaria de la Chacona de Bach, y hay que mencionar que él mismo aportó un grupo considerable de composiciones.
La guitarra, en la actualidad, es un instrumento habitual en las salas de concierto y uno de los instrumentos más demandados en los centros educativos de todo el mundo. En nuestro país, que tenía una gran tradición guitarrística, fue necesario el influjo de Segovia para que admitiesen su enseñanza en los conservatorios superiores de música, aunque no debemos olvidar la labor que realizaron guitarristas menos internacionales como Llobet o Sáinz de la Maza. Por fin, en 1935 fue incluida en los planes de estudio del Real Conservatorio de Música de Madrid y, durante los años 40 y 50, en los del resto del país.
Fotografía de Jack de Nijs.
Andrés Segovia había nacido en Linares (Jaén) en 1893, y fue en Granada donde comenzó a tocar la guitarra. Las circunstancias personales y los conflictos bélicos hicieron de él un trotamundos que vivió en Ginebra, Barcelona, Montevideo y Nueva York, de donde regresaría a España, instalándose en Madrid, aunque pasó grandes temporadas en la Costa del Sol. Recibió innumerables reconocimientos y el rey Juan Carlos I le concedió en 1981 el título de Marqués de Salobreña.
Segovia también tuvo detractores, porque sólo interpretaba obras segovianas, para su gusto y características, lo que hizo que no aceptara las que le dedicaron autores tan destacados como Frank Martin o Darius Milhaud. En todo caso, cuando usted reforma su casa, o su cocina, lo hace a su gusto, no del decorador. También se le ha criticado porque enseñaba su forma de tocar, sin admitir individualidades de sus alumnos, por buenos que fueran. La misma crítica pedagógica la recibió el gran violinista David Oistrak.
Segovia dio conciertos hasta el final de su vida, con noventa y cuatro años. Problemas cardiacos le obligaron a interrumpir una gira por Estados Unidos y poco después falleció en Madrid en 1987. Siguiendo sus deseos, desde 2002 sus restos descansan en Linares, en la cripta del museo que lleva su nombre, un edificio del siglo XVII que alberga también la parte material de su legado, especialmente documentos y obras. Y digo la parte material, porque la parte esencial, por la que Segovia luchó toda su vida, la expansión y el reconocimiento universal de la guitarra, pueden apreciarla cada vez que este instrumento suena en las mejores salas de concierto de todo el planeta.
Ilustración musical:
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