Clases de Lengua y Literatura. Los premios Cervantes, por Santiago Delgado
Recientemente, le han dado, por fin, el Premio Miguel de Cervantes a don Álvaro Pombo. Más vale tarde que nunca. Y mejor no mirar el elenco de quienes se han llevado ese siempre deseado galardón. Don Álvaro, pasado ya de vanidades –nunca las tuvo– ha dicho del hidalgo alcalaíno que jamás tuvo premios, y que fue un pringao. En la segundo, acierta. Me gustaría conocer el vocablo que, en otras latitudes de la patria española del idioma, es asignado al mismo contenido que en España le damos a “pringao”: Quizá el apelativo de “tieso”, en Andalucía, se acerque al mismo significado. En fin, por la muy ancha y diversa Hispanoamérica, seguro que hay otros, a cuál más saleroso y lleno de ingenio.
Pero en lo primero, desacierta un poco, casi nada. Podemos decir que el hidalgo Miguel de Cervantes tuvo dos premios. Uno, cuando su maestro López de Hoyos, Maestro de Gramática de la Villa de Madrid, lo escogió como primera pluma de las que, saliendo de su Alta Escuela de Humanidades, deberían de glosar la muerte de Isabel de Valois, a la sazón, joven esposa del Señor del Escorial, uséase: Don Felipe II, el Rey Prudente. Y esos poemas se editaron y distribuyeron en el todo Madrid de entonces. No fue poco premio. Cervantes fue siempre el ojito derecho de su Maestro.
Pero, luego, o acaso antes –averigüen los aspirantes a nota el pormenor– recibió un premio en Zaragoza. Triunfó en unos juegos florales, en la capital del Ebro. Por eso, dirigía allí a su Caballero en el Segundo Quijote, o tercera salida. Una muestra de agradecimiento, que le honra. Mas no lo quiso su desgracia. Y, hete aquí que el perverso Avellaneda, buen novelista, pero sin la sabiduría quijotesca, lleva a su falso quijote (así en minúscula, por establecer categorías) a esa misma Zaragoza. Le pilla la vez, que dijéramos. Y Cervantes, redirige el rumbo de su Don Alonso el Cuerdiloco. Y lo manda a otra parte, ya saben, A Barcelona mismamente, la Barcelona en la que Don Miguel, el de Alcalá, se quedó mirando cómo las galeras del nuevo virrey de Nápoles, se iban sin él, por mor de la voluntad marrana de los Argensola, que lo postergaron del séquito de humanistas que el de Osuna llevaba para deslumbrar en la corte partenopea. Él que ansiaba volver a Nápoles; a su Nápoles. Quiso ir a Nueva España, ahora México, y tampoco le dejaron.
O sea, dos simulacros de premio, que más hicieron por agravar su melancolía, que, por excitar su vanidad, que no conoció.
¡Hale, recojan, no armen bulla y salgan en orden si pueden ¡
¡MUY logrado, Santiago! Me ha encantado.
ResponderEliminar