PUNTO DE FUGA. Medio pan y un libro, por Charo Guarino
En el discurso pronunciado con motivo de la inauguración de la Biblioteca de su pueblo, Fuente Vaqueros, a principios de los años 30 del siglo pasado, el poeta granadino Federico García Lorca defendió la importancia capital de los libros diciendo que él daría medio pan y un libro a alguien que hipotéticamente se viera precisado de alimento, pues hay que atender no solo a la parte física sino también a la espiritual de la persona que se encuentra en situación de necesidad.
El pasado jueves, en la presentación por parte del Decano de la Facultad de Letras, José Antonio Molina Gómez, de la novela de Luis Leante Academia Europa, que acaba de reeditar M.A.R. Editor, el autor sorprendía al público presente en la sala con una confesión que suscitó cierta controversia: cómo resolvía la necesidad de ‘deshacerse’ de libros que pueden llegar a representar un lastre para los herederos a la muerte de sus propietarios.
Días atrás mi hija llamaba mi atención sobre una noticia en relación con los estragos causados recientemente por la DANA en Valencia, a raíz del desbordamiento de varios cauces fluviales que anegaron viviendas y segaron más de doscientas vidas humanas. Entre las pérdidas que se vienen lamentando aparecía en redes sociales un hombre que se quejaba de que su biblioteca se había destruido. Su queja obtuvo pronta respuesta y fueron muchos los que se ofrecieron a enviarle los títulos que podían apenas vislumbrarse entre los libros perdidos. Esa persona, aunque anónima, provocó la solidaridad compasiva de quienes se pusieron en su lugar. Poco después me enteraba de que una persona a la que conozco y admiro, María Engracia Muñoz-Santos, cuya vivienda se ha visto perjudicada, ha perdido parte de su biblioteca además de su coche.
Sin duda es hiperbólico Lorca —un rasgo de carácter este que forma parte de la idiosincrasia andaluza— cuando dice: “Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos…”, pero sin llegar a tal extremo conozco a personas para quienes el mejor regalo es un libro, y a muchas otras que los tienen entre sus más preciadas pertenencias, auténticos bibliófilos, que no necesariamente los leen o releen, pero que pueden llegar a la idolatría. Y es que en cierto modo un libro es sagrado. ¿A quién no le ha hablado alguno de ellos desde sus páginas, abiertas al azar, como si estuviera esperándole, cual oráculo, agazapado a la espera de que sus ojos lo descifraran?
Mientras redacto estas líneas escucho de fondo en el canal 24h a la poeta Rosana Acquaroni en entrevista a propósito de su poemario La casa grande, y su reflexión acerca de que la literatura constituye una suerte de último refugio y de consuelo ante la adversidad, refiriéndose en este caso concreto a la terrible situación vivida en Valencia.
Pienso de nuevo en Engracia, y en cómo, ayudada por sus padres según me cuenta, se apresuró a subir cajas con sus libros desde el garaje para evitar que el agua los destruyera. Con el humor que pese a todo no ha perdido me habla de la calidad excepcional de las cajas de plástico de IKEA, porque aquellas que estaban cerradas han resistido al naufragio. Algunas fueron utilizadas como dique improvisado, que no superó la dura prueba. Me tranquiliza (¡ella a mí!) y percibo en su voz cómo trata de quitar importancia al hecho para poder superarlo. Igual que decide aparcar el friegasuelos e ir a comer con sus padres a Valencia antes de asistir al estreno de Gladiator II (un tema en el que es consumada y reconocida especialista), para volver siquiera por un rato a la normalidad que se vive tan solo a unos kilómetros del epicentro de la catástrofe, que poco a poco va surgiendo de entre el agua y el barro. Ayer mismo, me dice, han despejado por fin su calle de enseres destrozados, quince días después de la riada.
Trato de ponerme en la piel de esas personas que han perdido tanto y me recorre un escalofrío pensar en el padre de esas dos criaturas a las que le arrancó el agua, que se llevó junto con su casa. Ojalá en algún momento su espíritu le encamine a un libro, cualquiera que sea, que pueda servirle de consuelo.
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