LENGUA Y LITERATURA. Garcilaso en Ratisbona, por Santiago Delgado





La ortodoxia estructuralista que asoló las universidades en el cambio de siglo último prescribió que las biografías de los autores literarios no deberían ser objeto de estudio. Sólo debería de haber actantes, esquemas estructurales y otras cosas de las que celebro no acordarme. Bien, así las cosas, me recuerdo cuando en Bachillerato se me explicó que Garcilaso de la Vega, el toledano, “sufrió exilio en una isla del Danubio”.


¡Válgame Dios, qué cosa pasmosa y tremebunda! Yo me imaginé al pobre caballero vestido de pieles, cabellera y barba hirsuta abandonado en parva cueva fluvial, penando sus culpas imperiales. Y que allí escribió su Canción III, casi exclusivamente dedicada, en abstracto, a su isla misteriosa. Luego, me hago mayor, e indago en esa laguna bachilleril. Saco conclusiones: de exilio, nada; de isla dejada de la mano de Dios, tampoco. Su pecado fue firmar como testigo en la boda de su sobrino Pedro Lasso, excomunero y condenado a vivir fuera de los amparos imperiales.


Además, la boda no había sido, ni bendecida, ni ordenada por el César Carlos. La chivata Emperatriz, sustituta del segundo Austria, le comunica a su marido, el desafuero de la boda, y le cita a los malandrines. Era su deber. Las bodas eran asunto de Estado, en atañendo a la clase noble. Los matrimonios los carga el diablo. La Emperatriz era Isabel, la portuguesa chivata.


Bueno, pues Carlos ordena al capitán de los Tercios, Garcilaso de la Vega personarse en Ratisbona, sede muy frecuente de la corte imperial. Por Ratisbona, Regensburg para los teutones, pasa el Danubio, sí. Y allí las aguas decaen en su ímpetu y forman alargadas islas con la arena depositada. En ellas se aposentó el personal, y Ratisbona se ganó más palacios y plazas. A uno de ellos fue Garcilaso, como un oficial es mandado a banderas. Nada de exilio, ni de condena. Disposición militar teniendo muy en consideración la nobleza del reprendido. Antes del año, Alba y otros amigos de su misma alcurnia y blasón, interceden, y el poeta queda perdonado. Era ya 1533. 


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