PUNTO DE FUGA, Rosario, por Charo Guarino






La ciudad de Rosario* acoge a hombres y mujeres sin distinción, al igual que su nombre ambivalente. Una de sus características primordiales es la elasticidad: acogedora y familiar como los pueblos de antaño, al mismo tiempo carece de límites y es imposible vislumbrar su horizonte.

Rosario sabe a pan caliente y a guiso de cuchara inigualable, por mucho empeño que se ponga en intentar emularlo. 

Rosario es la cuna de los cuentos orales, donde se trazan los ochos sin hacer trampa, para que el infinito pueda sustituir al cero y la nada se diluya.

En Rosario se descubre la pasión por la lectura a partir de tebeos, y se adquiere unos conocimientos que son la base de cualquier aprendizaje posterior. En ella se enseña con el ejemplo y apenas hay reprimendas, los brazos están siempre abiertos y los oídos atentos, y el perdón habita junto a la comprensión.

Es el lugar donde viven los juegos y las canciones infantiles, y los dientes de leche, el agua oxigenada, la mercromina y las tiritas, la aguja de coser y las madejas de lana, porque en Rosario todo se cura, casi todo se arregla, y es mucho lo que se crea como por encantamiento. 

Rosario es la patria de la sororidad triple en la que ondea el recuerdo de los pañuelos de tela, el olor a Moussel de Legrain del baño colectivo los viernes por la noche, la Quina San Clemente batida con yema de huevo y azúcar y el vaso de leche con Cola Cao y el beso de buenas noches en la cama todas las noches antes de arroparte y arreglar el embozo. De las sesiones de cine en casa y de las series compartidas, del Informe Semanal, de las risas contagiosas, los viajes nocturnos en los largos desplazamientos de vacaciones en automóvil y los domingos de playa en el verano.

En Rosario no rige el tiempo, porque es eterna, y tiene un asombroso poder de magnetismo sobre los pensamientos, que provoca que frecuentemente confluyan en ella. Es un jardín de rosas donde siempre hay un banco de cara al más bello amanecer y un bálsamo para las heridas del alma.

Quien ha habitado Rosario nunca la olvida, porque, aunque lo abandonara la memoria, Rosario está impregnada en su esencia misma, de la que forma parte indisoluble, y siente que su corazón nació de ella y le ha latido dentro. 

Rosario es la ciudad de la ternura.



*Homenaje a mi madre y a Las ciudades invisibles de Italo Calvino en el centenario del nacimiento del escritor. A diferencia de las cincuenta y cinco ciudades con nombre de mujer que describe Calvino, todas inexistentes y utópicas, son once las ciudades del mundo que responden al nombre de Rosario, pero ninguna de ellas tiene con mi madre ni el más remoto parecido, porque, como todas las madres, es única e irrepetible.








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