PASADO DE ROSCA, Tamales de chivo, 4. Flori, por Bernar Freiría

 




—Pues ¿ves?, lo mismo que no se te puede culpar a ti por no haber sido capaz de impedir que tu marido tirara por la borda todo lo que habíais conseguido juntos, yo tampoco me considero responsable de no haber sabido enterarme de las trampas en las que se estaba metiendo Jenaro y del daño que os estaba haciendo a todos vosotros.

—Ya, pero ahora que lo sabes y que lo estás sufriendo ¿por qué no te divorcias de él?

—¿Y qué ganaríamos con eso? No van a dejar de embargarme el sueldo porque esté divorciada. Las deudas y estafas se produjeron estando casados en régimen de gananciales y el divorcio no cambia nada de lo pasado, así que voy a tener que pagar una parte de mi sueldo durante lo que me queda de vida. Entonces ¿para qué divorciarse? Eso sin contar que, como no se sabe dónde está, todo sería más complicado. No, no, no quiero remover más las cosas, bastante he pasado ya. Jenaro ha optado por largarse y yo lo considero un desaparecido. A lo mejor no debería decir esto, pero ya todo me da igual. Sé que está en México, en algún sitio en el que no es fácil que puedan encontrarlo y donde va sacando para su día a día, seguramente al margen de la ley, claro. Es su vida, que ya no es la mía. A lo mejor te va a sonar raro lo que te diga, pero a pesar de todo lo que ha hecho y de las circunstancias en las que me he quedado, tengo que decirte que no ha sido un mal marido. Era cariñoso, atento y detallista. No era un hombre que te enamorara hasta perder el sentido. Pero eso, en cierto modo, era más cómodo. Me permitía vivir la vida sin sobresaltos. Jenaro siempre me trató bien, nunca me faltó nada y me permitía todos los caprichos, tú lo sabes bien: ropa, zapatos, me regalaba joyas con cualquier excusa y con él tenía todo lo que una mujer puede desear. Reconozco que eso de pasar tardes enteras probándome cosas y al final poder llevarme todas las que me apetecían era una sensación incomparable que toda mujer debería de poder experimentar al menos una tarde en su vida. Y yo podía permitírmelo unas cuantas al mes. Adrián siempre estaba bien atendido, educación especial, terapeuta, logopeda y todas las atenciones médicas que necesitaba… Tampoco te voy a negar que fueron buenos tiempos.

—Sí, ya lo sé, y yo reconozco que entonces te tenía envidia; pero ahora, ya ves, ha dado la espantada y te ha dejado a ti con todos los problemas y con la vergüenza. Menudo impresentable, perdona que te lo diga.

—Claro que el golpe ha sido brutal. Ya te he dicho y te repito que yo no sospechaba nada. Al principio, cuando ya no había fiestas, hasta cuando empezó a faltar dinero para la asistenta o para el terapeuta de Adrián, yo simplemente pensaba que la crisis le acababa llegando a todo el mundo y que por eso los negocios de Jenaro ya no iban tan bien. Es cierto que veía la preocupación en su cara, pero te aseguro que yo no me podía imaginar lo que estaba pasando. Fue después cuando empecé a descubrir cosas que me hicieron pensar que el hombre con el que me había casado no era el que yo creía y ya ahí le vi las orejas al lobo. Y en ese momento fue cuando decidí volver a ejercer. De pronto sentí miedo de que Adrián y yo nos quedáramos en la putísima calle y eso fue lo que me hizo reaccionar, sin tiempo para pararme a pensar en mi desdicha o en lo ciega que había estado. Cuando, antes de empezar el juicio, ya me dijo que se iba porque lo iban a condenar a prisión y que no estaba dispuesto a ir a la cárcel, ya no me importaba mucho. Es más, incluso sentí alivio de que aquel nuevo Jenaro se alejara y me dejara en paz. Reconozco que no quería saber mucho de sus andanzas, aunque tuve que enterarme de más cosas de las que hubiera querido.

Continuará …/…


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