CUADERNO DE NAUFRAGIOS: III. La principita
Los lirones, murciélagos y topos
duermen entre los muros o en la hierba,
en el patio desierto y triste del castillo
Percy B. Shelley
Casi toda la tierra es un fruto ácimo, desgarrado por los colores desquiciados de la guerra, ahogado en los ecos aciagos de su siniestra danza. Vida y muerte no son dimensiones de la farsa narrada por un idiota, son aullidos de perros que laten hondos y las aguas de la noche transparentan.
Casi toda la luz es un impulso yermo a través de las cenizas de hogares deformados por los tonos ocres de la pobreza que aguardan en vano el tiempo de la cosecha que devastaron las heladas. Toda la tierra, sus rincones más sórdidos, sus campos baldíos, sus inminentes huracanes, los susurros de los árboles confidentes de la memoria circular capaz de hacer frente a cualquier horror, caben en un solo aullido. Toda la tierra, vuelo contra vuelo, muro contra muro, cuerpo contra cuerpo como pordioseros en su rígido desamparo, toda se parece a una larga huía estrellándose contra las piedras cerradas de la noche, deshaciendo lo vivo, oponiéndose a su quietud, ateniéndose a su viciosa norma y a las servidumbres que engendra, una madre oscura aferrada al sueño atroz que tantos hijos escuálidos han de remontar para saciarse de penumbra. Y todos los relojes ciegos que alimentan su latido anuncian la misma hora pálida golpeando las puertas selladas de los primogénitos de Nod.
Casi toda la vigilia es un trazo torcido a través de las esferas de influencia exclusiva y los corolarios Monroe. Un deseo demente, acosado por la gravedad y la fiebre, que se arrastra por los suburbios de la ciudad total de los prodigios. La "religión de las fuerzas productivas" y el reconfortante dogma del progreso, la voraz colectividad entregando al fin el pensamiento a las máquinas, claudicación última de la libertad sin aspiración deífuga de lo disgregado (la Weil y su épica compasiva de la gratuidad para el despojamiento del yo: "Majadero, a los caballeros andantes no les atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que encuentran en los caminos van de aquella manera o están en aquella angustia por sus culpas o por sus desgracias, sólo le toca ayudarlos como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas", no en sus faltas).
Al otro lado de la verja hay una niña descalza. Se llama Ada, o Yafit, tiene esa virtud esquiva, se repite, transfigurada, al abrazar la luz, pero no sabe escribir ninguno de sus nombres. Su llanto es un velo transparente por el que asoman cosas pequeñas y descoloridas: una muñeca de trapo, un niño abandonado en secreto bajo las piedras de una incipiente necrópolis basada en dioses y cuerpos vacíos (ofrendas que van de cuerpos vacíos a dioses vacíos, sujetos al rigor de la ilimitada abstracción de una ausencia) ... "Es tan misterioso el país de las lágrimas".
Si dibujáis un sombrero en vuestro cuaderno de naufragios (los cuadernos de tapas amarillas siempre contienen naufragios), sabrá que la intención número uno era una boa dormida tras devorar a un elefante. Vuestra intención número uno: la del niño que el mundo relegó a lugares opacos tomando la forma de la arena que avanza midiendo el rastro de los lobos. Lo sabrá, porque tiene seis años y aspecto de niña muerta de cansancio, de tristeza o de miedo, que aún no ha aprendido a pedir que su cansancio, su tristeza o su miedo se tomen en serio. Ni la pobreza que la asedia ni las fronteras que la aprietan como una mortaja pueden impedir su niñez, evitar que esté completamente descalza, hasta completar el resto de su desnudez, liberada del suelo, contra todo lo que repta o respira.
En un cuenco redondo de barro ha reunido un poco de tierra que desbroza cuidadosamente, un planeta sin volcanes que deshollinar o sobre los que calentar un desayuno por las mañanas, arrancando los últimos brotes de baobabs que al principio se parecen demasiado a las rosas. Después, resultan fatales. Las flores son débiles e ingenuas, todo lo confunden, se defienden como pueden, extraviándose con facilidad. Hay que vigilarlas constantemente para que no se vuelvan baobabs.
En el país de las pequeñas princesas mugrientas hay flores comunes, con una sola trama de pétalos que apenas ocupan sitio y a nadie llaman la atención, pero Ouiam afina sus hechizos. Tardará en reunir toda su forma, en juntar su belleza, entera, de una sola vez, sin tener que hacer nada para que salga, como si la llevase oculta dentro, aguardando bajo tantos colores deprimidos que la asfixian. Llegará a ser complicada, algún amor temprano sacudirá su vanidad un poco sombría sin empañar esa belleza. Nunca reinará: el mundo y sus vastos inviernos se interponen siempre entre una princesa mugrienta y su trono de piedra seca, sin oro ni adornos.
La pequeña princesa custodia lugares anegados de silencio que crean la opresiva sugestión de un error suspendido en el tiempo, sin tener que saber escribir su nombre para hacerlo. Si sucumbe a la estación de los pasos desnudos que la aguardan desde su nacimiento, algo muy tenue caerá también, algo casi mudo que no busca las palabras (tal vez pueda dibujarse: se parece mucho al nombre de la niña antes de saber escribirlo, pero si cayera como un paño bastaría para amortajar un planeta inmenso). Como un sudario tejido con los recuerdos huecos de los niños atrapados en las magias inútiles de una víspera roída por otras horas más oscuras que no vienen de los relojes, se rasgaría, haciendo un ruido muy pequeño, semejante al corazón de plomo de un príncipe infeliz que se quiebra para yacer en los escombros junto a una golondrina que no partió a tiempo hacia Egipto ... "No hay misterio más grande que la miseria".
No saber escribir nuestro nombre es una ventaja. Si lo sabes hacer es lo primero que pueden quitarte cuando se apagan las luces, apartada de los que quedan dentro o hacinada con el resto en un barracón. Si pudieran se lo darían a otro, aunque prefieren dejarlo inerte, extendido sobre una losa de la que ya no lo levantará la sangre ni la espera, gastadas y sucias. Uno de los ángeles rebeldes, al comienzo de las cosas, cuando todo era infancia y máscaras y vergüenzas y heridas sin asignar, se arrancó el nombre y lo arrojó a las ciénagas para que la oscuridad no tuviera dónde anidar y el pasado que habría de ocurrir no pudiera perseguirlo, contagiando a las demás criaturas con su ira, por eso no aparece en ningún dibujo. Era más violento, más letal que Luzbel, cuando los hombres aún creían. Quizá más bello. Nunca se comprometió en su legión (no tenía nombre para poder hacerlo cuando todos fueron conjurados, mientras yacían durmiendo junto a los muertos, mezclándose con ellos en la tumba universal, saciándose de mentira, sin nefesh, sin conciencia unos de otros, conminados a salir de sus nombres, negras guaridas, para ser enviados a la nada o convertirse en nadie), ni se hundió en Sheol, aplastado por el peso de su soberbia. Estaba solo: solo él, siempre igual a sí mismo, entero e impuro en todas partes, porque no tenía nombre que le atase a promesas y le hiciera vulnerable a la tiniebla. Quizá ese ángel hubiera podido derruir lo que separa a una princesa de su trono, no hay modo de saberlo, así, sin nombre bajo el que invocarlo y con los hombres no creyendo.
Todo se desfigura. La mímica fría de las causas remotas que drenan la memoria subterránea de Occidente, la sed que se esconde en las oscuras bocas gastadas de los muertos y no secan los días al deslizarse sigilosos en la pálida región que rechaza lo vivo (días que no cansan: fundidos en el mismo hastío, casi cieno, efímeros placeres y visiones dolorosas), el compás violento de las formas que no presienten la caída ni el olvido ...
Pido perdón a los niños por haber dedicado estas palabras a personas mayores. No tengo ninguna disculpa. O quizá una: algunas personas mayores son capaces de comprender todo, incluso a una niña que se repite borrosa, llena de hambre y de frío, arropada en papeles que no sirven para traspasar las fronteras que la separan de donde no hay hambre ni frío, hecha (una y otra vez) de ilusiones que resbalan sobre el vaho y de andrajos, mientras el mundo cambia lentamente a su alrededor, adoptando un semblante menos hosco, pero trasladando a la misma niña siempre, exactamente la misma, en un tren nocturno que hiende en su obstinado avance esa cosa sin normas parecida a un corazón de plomo, de un ghetto de Varsovia a un orfanato de Tuzla, del lecho violado en una habitación de Gërdec que rehace la bestia pura entrando sin sonido en sus sábanas hinchadas a un campo de refugiados de Moria. Ha parado en tantas lúgubres estaciones, tantas noches seguidas, que no tiene reglas, no es posible conocer los sitios ni las épocas. Las edades no lo rozan, un juego perverso de dudosas simetrías e identidades rotas abocadas al mundo clausurado del exilio.
Si estas excusas no son suficientes, deseo entonces dedicar mis palabras a los niños que fueron en otro tiempo esas personas mayores. Todas han comenzado siendo niños, como León Werth, antes de quedar atrapado en su miseria, aunque pocas lo recuerden (el hambre y el frío no pueden dibujarse, los llevamos enredados en las manos y los ojos como las ausencias, trepan por los huesos, escondidos en cada beso que ansiamos, dejan marcas negras en las agallas de los peces, sus colores sonámbulos, se salen, una y otra vez, de las líneas que tratan de apresarlos). Todas fueron niños, antes de dedicarse a hostigar indefinidamente a su prójimo al salir de la infancia, aún antes de que las luces autónomas de las máquinas se enredasen a las dóciles luces derramadas por las ventanas invisibles de las mónadas para sofocarlas, estigmas de insectos inmóviles que sacrificasen su linfa.
El mundo fue niño, pero ya no lo recuerda (las cosas que más dañan a las princesas mugrientas son las que los mayores se guardan dentro, quietas, calladas, y acaban pudriendo sus hogares, extendiendo sus raíces de baobabs hasta arrasarlos).
Corrijo, pues, mi dedicatoria: al mundo, cuando era niño.
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