PUNTO DE FUGA. El espíritu de la Navidad, por Charo Guarino
Hasta donde me alcanza la memoria la llegada del mes de diciembre ha despertado en mí sentimientos contradictorios y emociones encontradas. Por un lado la sensación de ir cuesta abajo y sin frenos es recurrente, como si se fuera a acabar el mundo y hubiese que resolver todos los asuntos pendientes o resignarse a dejarlos inconclusos para siempre, con la carga de desasosiego consiguiente. Los días parecen sucederse con más rapidez de lo acostumbrado, y con ellos la conciencia de que antes de que nos demos cuenta tendremos un año más a las espaldas, y también sobre ellas. Por otro, se hace más presente la ausencia de los que se fueron y sin embargo siguen a nuestro lado, valga la aparente contradicción. La compasión hacia quienes se encuentran en situaciones difíciles en cualquier lugar del planeta se intensifica, la impotencia ante las desgracias cede lugar a la esperanza, y, aunque en medio de los oropeles se hace evidente que no es oro todo lo que reluce, confieso que me gusta la época navideña si exceptúo el furor consumista y el tráfico infernal. Constato en mis propias carnes y bien a mi pesar el ineficaz resultado del nuevo plan de movilidad en la ciudad de Murcia, que en demasiados puntos se presenta laberíntico, amenazando con abocar al caos, agotar la paciencia de los sufridos conductores y provocar peligrosas subidas de tensión arterial acompañadas de comprensibles exabruptos. Quiero pensar que habrá solución posible para tamaño desaguisado, y aparcando los motivos de malestar me propongo focalizarme en algunos episodios que iluminan estos días postreros del año.
Uno de ellos ha tenido como protagonistas a los estudiantes de 3º del Grado en Filología Clásica de la Universidad de Murcia, a los que hace solo unos días les ha sido concedido el “Premio Estudiante del Año 2023” en su modalidad colectiva por parte del CEUM (Consejo de Estudiantes de la Universidad de Murcia), “Por poner en valor el papel de las disciplinas de Letras y de la Universidad en su conjunto en la sociedad, así como por su implicación en actividades de transferencia del conocimiento humanístico”. La noticia nos ha llenado de orgullo a los profesores del Grado, pues es muy satisfactorio y gratificante comprobar que hay jóvenes ávidos de tomar el testigo en la defensa de nuestros estudios, lo que constituye la mayor garantía de su necesaria continuidad.
Otro momento digno de destacar es el que el martes viví en el Centro de Mayores de El Palmar, al que dos de sus socias, Lucía y Ana María Luján, me habían invitado meses atrás a impartir una charla sobre la pervivencia del mundo antiguo que llevó por título “Actualidad de la Antigüedad: tres mil años no son nada”. Durante dos horas un nutrido público en el que abundaba con mucho el sector femenino mostró su interés y curiosidad, así como su afán por aprender y su respeto por las raíces culturales de nuestra civilización. Al concluir la sesión me obsequiaron generosamente con un lote de aceites de oliva virgen extra de distintas variedades prensado en frío, pero el auténtico regalo fue la amable atención que me dispensaron.
Emotiva fue también la presentación de Intentario, el libro de poemas de Patty Lamond que he tenido el privilegio de prologar, en el café “El soldadito de plomo” de Cartagena. Un poemario que rezuma amor por los seres vivos y por la naturaleza, verdadera seña de identidad de su autora.
Pero sin duda el que para mí ha resultado el momento estrella en estos días de adviento es el que tiene por protagonistas a los cuatro gatitos que contribuyen a dar sentido y devolver el color a los días de mi padre, grises tras la pérdida de la que fue su compañera en el camino de la vida durante más de sesenta años. Es el caso que al poco de fallecer mi madre una gata carey callejera a la que llevo años viendo en el camino que lleva de mi casa a la de mis padres apareció por la calle del Rocío como tanteando el terreno y poco a poco fue abriendo una pequeña brecha en el ánimo compungido de mi padre. Quedó preñada y desapareció un tiempo para volver un buen día con un gatito muerto que dejó a sus pies como explicándole cuál había sido la causa de su temporal ausencia, tal vez para compartir con él la sensación de pérdida o esperando que su taumaturgia le devolviera la vida. La gata se hizo inseparable de mi padre y pese al carácter libre e indómito de los gatos le obedecía como un perro fiel. Volvió a quedar preñada y de nuevo desapareció para regresar más o menos al mes y medio trayendo uno tras otro hasta cuatro gatitos que seis meses después siguen en el patio de casa y sirven de aliciente a mi padre, que de este modo está siempre acompañado de seres vivos relativamente independientes que no requieren excesivos cuidados: dos atigrados naranjas, uno negro como el azabache y una hembra calicó. Mi padre ha vuelto a coger los pinceles y ha plasmado en sendos lienzos a los dos más chiquitos, lo que es síntoma inequívoco del poder transformador y terapeútico que los animales ejercen sobre él.
La mamá gata no ha vuelto a aparecer, seguramente para no terminar de convertir la casa de su benefactor en un zoológico. Yo sé que él se pregunta por lo que le ha podido ocurrir, y que echa de menos a ese felino tan especial —‘color manta’, como dice él, y en verdad recuerda la manta con la que mi madre cubría su cama en invierno—, a la que no llegué a tiempo de esterilizar, como sí he conseguido hacer con su pequeñina, para alivio suyo, y sé que siente que le ha hecho un regalo confiándole a sus cachorros. Por cómo se ve a los gatitos yo diría que el regalo es mutuo. Un regalo en el que se respira el espíritu de la Navidad.
Cada día me alegra más leerte, Charo.
ResponderEliminarTe felicito la Navidad, comunicándote está alegría que me produce tu lectura.
¡Cuánto me alegra tu alegría! Feliz Navidad 🎄
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