ALAS DE MARIPOSA: Adela, 1; por Gedi Máiquez.




-Adele, tu madre ha muerto-. Dijo una voz grave y circunspecta al otro lado del hilo telefónico. El interlocutor le hablaba suavemente en un fluido español con un leve acento andaluz, que sin embargo, no impedía distinguir la entonación británica que adornaba su particular manera de alargar las palabras. Era el único que la llamaba en la versión inglesa de su nombre, recordándole de esta manera el vínculo que los unía a pesar de la distancia puesta por ella quince años atrás. La conversación no duró más de lo imprescindible, lo necesario para concretar los preparativos del viaje que la llevarían de vuelta a casa.

Desde hacía tiempo vivía cómodamente, pero sin grandes lujos, en un apartamento de la calle de Las Huertas. Luego supo que anteriormente se había llamado Máiquez, por el actor cartagenero que había modernizado la escena a finales del siglo XVIII, gracias al protectorado de los Duques de Osuna que le financiaron su formación en París. Así lo contaba, de esta manera orgullosa en sus exposiciones del museo, cuando pasaban por delante del cuadro que le realizó Francisco de Goya en 1807.

Su llegada a Madrid en enero de 1910 apenas cumplidos los veintitrés años, supuso romper los lazos que la mantenían atada a una vida esteril de satisfacciones y al dominio de una madre egoísta. Por eso, después de tantos años de ausencia, llegaba incluso a olvidar su procedencia y disfrutaba compartiendo espacio con mujeres generosas que le proporcionaban la seguridad que anteriormente se le había negado. Se sentía cómoda viviendo entre meretrices, le gustaba observarlas e identificarlas como expertas guardianas de secretos y hábiles tejedoras de redes solidarias que las protegían del mundo. Si su madre la hubiera visto habría cargado contra ella toda la ira y desprecio que acumulaba en su interior.

Adela trabajaba a un paseo de casa. El museo del Prado era su refugio y donde transcurría la mayor parte del tiempo de su ya no tan joven vida. Todo transcurría entre obras de arte y traducciones, junto al cada vez más, incesante flujo de visitantes extranjeros. Cuando llegaba a casa, su particular visión del mundo le hacía encajar perfectamente en el ambiente familiar que creaban sus vecinas de patio, compartiendo risas y habladurías las cuales corrían por los mentideros de Madrid, certificadas de primera mano, sobre la nueva afición del rey Alfonso por la producción cinematográfica de dudoso contenido, que estaba poniendo patas arriba a más de una noble casa española.

-¿Estás bien?-le preguntó Carmen mientras se pintaba los labios de carmín rojo con auténtica destreza profesional. -No sé, me siento extraña- contestó Adela a su vecina con gesto meditabundo propio de la incertidumbre del momento. - Volver al pueblo no entraba dentro mis planes- Mientras decía esto, los ojos se le iban enturbiando mezcla de los nervios que suponía enfrentarse de nuevo a su pasado y de la culpa por sentir un vacío interior fruto de tantos años de indiferencia materna.

De repente, el claxon de un coche la sacó de su ensimismamiento, agarró nerviosa la maleta como si quisiera coger de ella la fuerza que necesitaba y rápidamente se despidió de las chicas que la miraron con tristeza entendiendo el duro trance por el que iba a pasar. Intuía que este viaje iba a durar más de lo esperado.

Un flamante Rolls Royce Phantom de 1925 la esperaba fuera. Desde luego, Mr. Newman nunca había escatimado en cuestiones materiales. A sus sesenta y cuatro años, disfrutaba de un porte elegante fruto de su holgada economía y donde su pelo cano, otrora rojizo, junto a una mirada misteriosa de color aguamarina, avisaban del peligro de su expediente amoroso. La sagacidad y tesón en los negocios familiares se habían mezclado con una personalidad seductora y embaucadora que condujeron a Peter Newman a ser un hombre muy poderoso.

Mientras Adela subía al auto, la carrocería color crema le dio la bienvenida recordando los helados de turrón que tomaba en los calurosos veranos, cuando sentada en el bordillo de la puerta de la gran casa jerezana, se deleitaba con el olor a vino que impregnaba el ambiente. Le encantaba jugar al escondite cuando caía la tarde con los hijos de los jornaleros que vivían en la finca. Su lugar preferido eran las bodegas donde la vista se perdía entre barricas apiladas las unas con las otras en un perfecto equilibrio, ese que se rompía cuando su nanny la llamaba nerviosa requerida por la rectitud de su madre.

Se sentó cómodamente acariciando la tapicería de piel rojo brillante como los labios de Carmen y confirmando lo que ya sabía, Mr. Newman nunca había sido precisamente discreto en sus gustos. El coche arrancó suavemente, emitiendo el sonido envolvente que la acompañaría durante el largo trayecto que la llevaría a Jerez, de pronto, sus pensamientos empezaron a dar vueltas y a destacar como las brillantes llantas que embellecían aún más, el impresionante coche de su padre.


Continuará…

Comentarios

  1. Es un relato magnifico, interesante y ameno .Estoy deseando leer el siguiente capitulo .

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  2. Alas de Mariposa, grandes. Enhorabuena.

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    1. Gracias por “ver” esas alas de mariposa 🦋 😊

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  3. Mi querida amiga, la intriga me lleva a la impaciencia. Deseando seguir disfrutando de los momentos de tranquilidad que tus artículos provocan en mi interior. Gracias por hacernos los días más interesantes....continuara.

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  4. Faustina Sánchez Rodriguez5 de diciembre de 2023, 7:21

    Esta historia me tiene enganchada, es intensa, viva, emocionante.
    Deseando leer el siguiente relato de Adela. Ya forma parte de mi.
    Muchísimas gracias!

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  5. ¡Gracias por vuestras palabras! Adela está muy viva, continuará…

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