PASADO DE ROSCA, Tamales de chivo, 3. Flori, por Bernar Freiría






—Pues, hija, la verdad es que no me explico cómo eras capaz de no querer enterarte de lo que estaba haciendo tu marido, francamente…

—Y sigo sin querer enterarme de todos los detalles, mira tú. ¿Para qué? Bastante tengo yo con ocuparme de mí y del pobre Adrián. ¿Dónde está ahora Jenaro? ¿eh? Condenado a diez años de cárcel y huido a no se sabe muy bien dónde. Y yo, en cambio, estoy aquí, pagando la parte de culpa que me pueda corresponder y atendiendo a nuestro pobre hijo, y aguantando miradas y murmuraciones. A mí me deducen todos los meses el máximo de mi sueldo que por ley pueden embargarme. Eso es todo lo que necesito saber. Tengo que mirar para adelante, por mí y por mi pobre hijo. Siento mucho el daño que os ha hecho, de verdad que lo siento. Pero no está en mis manos deshacerlo.

—Hablas como si hubieras estado en el limbo en vez de al lado de Jenaro y disfrutando del tren de vida que llevabais.

—Pues mira, Chon, a lo mejor tienes razón y vivía en el limbo por no querer enterarme de cómo eran las cuentas de mi marido, por dejarme mecer en ese lujo en el que vivíamos. Y ya lo estoy pagando, que esto es muy pequeño y nos conocemos todos. Pero lo que no puedes hacer es echarme la culpa de sus trapacerías. Nos engañó a todos. A vosotros os esquilmó con sus trolas, y a mí me sumió en la vergüenza de ser la mujer de un estafador condenado en firme y huido de la justicia. Y, por si fuera poco, casi la tercera parte de mi sueldo me la quitan para pagar una porción de las deudas que dejó que, aunque en comparación con lo que debe sea poco, menuda diferencia si yo lo tuviera cada mes; pero a mí me lo quitan. No puedo evitar pensar de vez en cuando que trabajo una semana de cada tres para tapar los pufos que él dejó. Y claro que me lamento de no haber sido más lista y no haber estado más atenta. Aunque te repito que yo no sé muy bien si hubiera podido yo pararlo.

—Bueno, por lo menos tú puedes ganarte la vida con un trabajo digno. Te recuerdo que a mi marido y a mí, cuando llegó la crisis y empezaron a bajar las ventas en la tienda, el banco nos cerró la línea de crédito. Y entonces, hipotecar el piso hubiera sido lo único que quizá nos hubiera permitido salir con desahogo y no con el agua al cuello, como estoy yo ahora. Pero resulta que para entonces, ya nos habían desahuciado los prestamistas buitres a los que había ido Jenaro con el aval de mi marido. Yo también me siento engañada. Mi Julián me mintió para que firmara los papeles, diciéndome que era un crédito para nuestro negocio, ya lo sabes. Luego, cuando el dinero no llegaba, me decía que el banco estaba mareando la perdiz, pero que acabaría dándolo. El muy ingenuo se creyó que su hermano se lo iba a devolver pronto. Anda que, si llego yo a saber que hipotecábamos la casa para que el dinero se lo llevara Jenaro, no firmo ni loca, desde luego. Hay que ver lo que nos ha cambiado la vida. Teníamos una casa pagada y con la tienda nos íbamos defendiendo. Ahora él, cuidando de su madre en un apartamentucho alquilado y trabajando de noche en un hotel de mala muerte, que no te cuento las cosas que tiene que ver y oír, y yo malviviendo de la tienda y acogida de prestado en casa de mi hija, a estas alturas de mi vida. Mira, yo creo que nunca podré perdonar a Julián, aunque lo sigo queriendo y ya sé yo que seguramente volveremos a juntarnos algún día. Pero ahora mismo es que no puedo seguir con él como si no hubiera pasado nada. Lo que hizo Julián no es propio de ser una persona generosa, es propio de ser un pardillo como no hay otro igual en el mundo.


Continuará …/…


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