EL VERDE GABÁN. Las mocedades de don Quijote (el Quijotillo). Entrega 15. (De arrieros), por Santiago Delgado



–Un día –me siguió contando el de Requena– ocurrió que heredé este carro. Era otoño bien entrado. Paramos en una venta, ya cerca del Partido de Andalucía, hacia las tierras del Santo Reino. Mi amo, el pelirrojo Esteban, bebió hasta pasarse de sus cabales. Cosió la tarde con la noche, y aun con la alta noche, ayudado de la luenga hilada del vino peleón que todo ventero siempre ofrece a los arrieros. El fino lo guarda para huéspedes principales toda vez. Jugó a las tabas, y a los naipes, y, según dijeron los otros arrieros y demás gentes que siempre pululan por las ventas y caminos, perdió y perdió siempre. Y, al cabo, salió, y, desesperado, se arrojó a la cuba que servía de repositorio para el abrevadero de las bestias. O, queriendo llegar al fondo para obtener agua, no supo salir solo. El caso, xiquet, es que al alba el primer arriero que partía se encontró con sus pies asomando por el borde del tonel. Llamó a los otros, y a mí mismo, su mozo de carro, y urdieron decisión sobre qué hacer. Lo primero era evitar la comparecencia de los Mangas Verdes, o guardas de la Santa Hermandad. Todos sabíamos que, para esa llegada, habrían de pasar acaso días, que tanto y tanto tardaban siempre. De ahí viene el dicho “A buenas horas, mangas verdes”, que siempre se dice cuando alguien llega hasta alguna parte donde lo esperan y ya ha acabado todo. Pero, no fuera a ser que aquélla fuera la primera vez que llegaban puntuales. Por lo tanto, lo importante era hacer desaparecer el cadáver. Me preguntaron si yo conocía familiares del pelirrojo. Les contesté que tal cosa ignoraba. Y en el momento se me declaró heredero universal del pelirrojo. Eso sí, luego de repartirse los despojos del pobre ahogado, incluidos, supongo, los parvos maravedíes que podía portar consigo. El ventero se cogió la mitad de la leña que acarreaba mi amo, a modo de pago. Y con la otra mitad cubrieron, el cuerpo del ahogado, envuelto en una sábana vieja, que el huésped se cobró en más leña. El carro quedó con la mitad de los bien cortados troncos y aun un poco menos, y a la tal leña restante la usaron para enleñar al pelirrojo. Y digo enleñar, porque si decimos enterrar al envolver en tierra; enleñar deberá ser envolver en leña. El objeto era largarme a mí el muerto. A cambio me hacían dueño del carro. Me convino el trato.

–Antes de bajar al primer valle andaluz, y antes también de las primeras peñas de Sierra Morena, hay parvas islas boscosas, de cierta umbría y frondosidad. Dirígete a una de ellas, penétrala, y en lo más apartado que veas, cuando únicamente pinos y pinos puedas divisar a tu alrededor, lo entierras, En el carro te hemos dejado una pala, del ventero, que espera que algún día se la devuelvas. Cavas una fosa, y entierras a este inconfeso. Cuida que la tumba esté plana, y la camuflas con agujas de pino bien esparcidas. No le pongas cruz alguna, que delate enterramiento. Si sabes, le rezas un Padre Nuestro, te santiguas y te vas. Con eso, se acabaron los problemas para todos. Y si en algún lugar te preguntan por el pelirrojo, al reconocer el carro, vete ingeniando la respuesta, zagal. Ése es un aprieto tuyo, ya entiendes. Algo tienes que aportar.

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