EL ARCO DE ODISEO. El ángel perdido, por Marcos Muelas




Lucille Smith se desplazaba en su silla de ruedas a través de su imponente mansión. 

Su mano artrósica dirigía la silla mecanizada, un costoso aparato hecho a medida para ella. Lentamente atravesaba los largos salones e interminables pasillos dedicando toda su atención a las obras de arte que la rodeaban. Algunas de ellas tenían un valor incalculable. En conjunto, un tesoro conservado por la familia Smith durante décadas.

Lentamente dejaba atrás hermosas pinturas y esculturas, cada una de ellas poseedora de una peculiar historia. Orígenes, estilos y épocas distintas, todas ellas bajo un mismo techo y un mismo dueño. Lucille recorría su galería privada con bastante regularidad. Siempre pendiente de posibles cambios, presta a regañar a sus sirvientas si encontraba una mota de polvo o desperfecto en ellas. Así era la labor de la incansable guardiana del tesoro Smith. 

    Las obras que poseía no estaban disponibles para el mundano público. Sus antepasados habían amasando esas obras durante generaciones, proclamándose orgullosos custodios de todas sus adquisiciones.

    El amor al arte pasaba de padres a hijos, o al menos así había sido hasta que el hermano mayor de Lucille había muerto antes de cumplir la mayoría de edad. Toda la responsabilidad cayó entonces sobre sus hombros, la última descendiente. Su padre puso entonces todo su empeño en la única hija que le quedaba y por ello, preparó un provechoso matrimonio con un joven proveniente de una antigua familia de políticos. No es que necesitara dinero alguno, pero la familia de su nuevo marido le brindaría la posibilidad de asegurar su legado. 

    La boda se realizó por todo lo alto. Pero, por desgracia, todo fracaso cuando Lucille resultó ser estéril. El marido la abandonó y su padre le reprocharía el fin de su linaje hasta el último de sus días.

    La silla de la última heredera atravesó la que conocía como la galería de las Madonas. Una creación de su propio padre que, tras conocer la esterilidad de su hija, había dispuesto que todas las obras que representaran a madres con bebés, quedarán siempre a la vista de su hija. Un recordatorio constante de su esterilidad y la consecuente culpabilidad de acabar con su linaje.

    Finalmente llegó hasta su destino. Volvía es estar frente a aquellas imponentes puertas acorazadas que custodiaban el verdadero tesoro de la familia. La única llave que facilitaba el acceso colgaba del cuello de la señora de la casa. Lucille, introdujo la llave en la cerradura y las pesadas puertas se abrieron de forma automática. Los complejos mecánicos desplazaron las puertas sin producir sonido alguno. Lucille entró en la sala y las puertas se cerraron tras ella asegurando su intimidad. Las luces se encendieron iluminando la espaciosa sala y ante ella, presidiendo la sala, se encontraba el mayor de sus tesoros. Ahí estaba el ángel, eterno penitente de semblante sereno y majestuoso.  Lucille podía pasar horas contemplando la magnífica pintura. Para ella, su principal valor radicaba en el conocimiento de que toda esa belleza estaba reservada únicamente a sus ojos.

    Y es que, aparte de su gran valorada colección, había heredado una idea de los Smith. El arte debía de ser reservado sólo para las élites. No podían consentir que las inmortales obras quedarán expuestas en museos, al alcance de cualquiera, vulnerables al ataque de la chusma, como ya había ocurrido en otras ocasiones.

    Cuánta pena sentía al presentir el final de su vida. ¿Qué sería de su Ángel cuando ella faltara? Le hubiera gustado poder ver la cara del afortunado que descubriera su preciado Rembrandt, Estudio de un Ángel, perdido tras la Segunda Guerra Mundial.

    Sonrió mientras admiraba con nostalgia el resto de su colección prohibida. Las medallas, la pistola Luger y la daga de la SS, descansaban en pulcras vitrinas junto a la foto de su padre, acompañado por su buen amigo, nada más ni nada menos que Hermann Göring, mano derecha del Führer.

    Lucille suspiró pesadamente.  El tiempo se agotaba, su vida llegaba a su fin. Abrió entonces uno de los armarios, ahí estaba lo que había almacenado desde hacía semanas. Decenas de botellas de alcohol esperaban ese preciso momento. Con notable esfuerzo, las vacío una a una, empapando bien los tesoros prohibidos, robados por la familia Smith en Europa. En realidad, Smith era sólo el apellido que habían tomado para esconderse en Argentina, eludiendo los crímenes de Guerra. Su padre, Hans Schmidt, alto mando de la SS, lo había previsto todo para que sus descendientes disfrutaran de todos sus tesoros. Lucille Schmidt, considerada culpable de acabar con el sueño de su padre, debía de ser la mano que acabará con todo. Por ese motivo, roció de alcohol el Rembrandt, siendo plenamente consciente de sus actos.

    —Adiós, Ángel mío —se despidió con lágrimas en los ojos mientras encendía un fósforo.






    El Estudio del Ángel, de Rembrandt, fue una de las muchas obras de arte que desaparecieron al final de la segunda guerra mundial. Muchas de ellas aún continúan en paradero desconocido. Seguramente muchas sucumbieron a los bombardeos e incendios o permanecen enterradas, ocultas en lugares olvidados pudiéndose de forma irremediable. Anualmente, alguno de estos tesoros perdidos sigue viendo de nuevo la luz al ser hallados en ocultas colecciones privadas. Queda la esperanza que, con el tiempo, podamos volver a ver obras perdidas de genios como van Gogh, Klimt, nuestro amado Rafael o el mismísimo Caravaggio.


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