LOS SILENCIOS DE LA PINTURA: Casa Huertana, de José María Almela, por Santiago Delgado
La higuera de invierno es el silencio de los nobles troncos tristes del frío y del apocado sol; de enero, acaso. En junio fue un alegre griterío de hojas y frutos, también de pajarillos, que pocos escucharon. Ahora, en invierno, los torturados troncos de nódulos que quiebran su recta expansión… hablan de un silencio casi mineral de esas formas de vida, aquel día oculta.
Don José María pintó la luz de aquella jornada, en que el sol lució débil, casi moribundo, y, pintando la luz, pintó el silencio del aire atrapado en las desnudas ramas, arrojando sombras como nervios sin músculo al que servir, sobre el blanco enlucido de la casa huertana. Si el invierno tuviera voz, sería la de este silencio de luz pobre, susurrante, cuando aún faltan calendas y calendas para la ruidosa primavera de luces y colores, que a todos encanta.
El impresionismo, fuertemente apoyado en el dibujo, nos da la seña de identidad en el campo de la Historia del Arte. Un tamiz para el costumbrismo, al que tanto ha de agradecer la pintura de todos los tiempos, desde las iluminaciones románicas de las estaciones del año, hasta el Romanticismo que lo hizo seña de identidad: la única realidad cierta era lo que hací
an las gentes en su intrahistoria de todos los días. El cuadro de Almela es, en realidad, una alegoría del invierno, como las de aquellos capiteles y paisajillos envueltos en las capitales de los Libros de Horas.
La higuera desnuda es una plasmación del silencio invernal, en estas ubicaciones nuestras del levante español. Esa clave supera la posible intención costumbrista del autor, respetando la clave impresionista de plasmar la luz, caduca de aquel mes de enero, con el sol, muy débil aun, apenas pudiendo cumplir su debido arco en el límpido cielo, de aquel día en la Huerta de Murcia.


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