CUENTOS PARA LEER DOS VECES: Pedro y el lobo, por PEDRO H. MARTÍNEZ
“No lo había visto nunca, y cuando digo nunca… ¡es nunca!”, las palabras de Elsa estaban llenas de odio y angustia. Unos minutos antes había sufrido un…
Eran casi las cuatro de la mañana cuando Elsa, mujer de treinta y dos años, que vivía sola y de las ayudas del Gobierno Federal, se presentó en comisaría. Llevaba un abrigo y bajo él un pijama blanco con caritas de ositos, el pelo arremolinado y la cara desencajada. Gritaba aterrorizada. Entró como si un huracán se hubiera colado en las oficinas policiales, el ruido de la puerta al chocar contra la pared, a la que nunca debe topar, fue tan intenso que se oyó por todas las dependencias. El edificio tenía tres plantas de alzada y otras dos de sótanos.
-¡Policía, policía, me están atracando! -gritaba desde la puerta, mientras avanzaba hasta la recepción de la comisaria, donde en ese momento no había nadie- ¿Hay alguien? ¡Necesito denunciar un atraco en mi casa!
Una puerta se abrió y apareció un joven policía con aspecto de estar durmiendo, mientras le hacía gestos de tranquilidad con las manos, se acercaba al otro lado de la recepción donde se había apoyado ella.
-Eres Elsa Ibáñez? -preguntó el joven policía.
- ¿Te conozco? -Elsa se sorprendió ante la pregunta del policía, cerró su abrigo y se cruzó de brazos-, no te había visto nunca -su corazón no cesaba de palpitar a gran velocidad--
-No, la verdad que no, pero te esperaba.
La mujer miró a todos lados mientras daba, asustada, un paso hacía atrás. Se puso más a la defensiva, su silencio no calló su pánico que cada vez se hacía más presente. El policía la miraba con ojos de ternura, le tendió una mano, ella comprimió sus manos contra su pecho, rehuyendo la afabilidad del joven uniformado. De pronto, un segundo policía apareció en la sala de recepción, era un tipo fornido, de barba espesa y pelo rapado. El joven policía, que seguía con la mano derecha tendida hacia la mujer, le hizo un gesto de “detente” a su compañero. Ella miraba a uno y a otro. Finalmente, y tras unos breves segundos… le dio la mano. Ella cerró los ojos, su cara comenzaba a relajarse, su mano derecha seguía aferrada al abrigo contra su cuerpo.
El policía notó como la mano tensa de ella empezaba a relajarse. No dejaba de mirarla, no dejaba de ver en lo que el pánico, el terror convierten a las personas. Elsa, a pesar de su estado de angustia, de su pelo desaliñado, de su expresión de dolor interno, de sus ropas sobrepuestas y mal combinadas, era una mujer atractiva. El policía, sin soltar su mano, dio la vuelta a la mesa de recepción y se puso a su lado, apartó el cabello que ella tenía en su cara, ella lo miró.
Los ojos de Elsa se empañaron de lágrimas, él la abrazó.
- Tranquila, aquí estás segura -dijo el joven.
- Tengo mucho miedo, me han… yo… no quiero … -Elsa balbuceaba contra el pecho del policía mientras sus ojos se cerraban de nuevo.
- No se duerma, despierte -le decía el policía que notó como el peso del cuerpo de Elsa se le caía entre las manos. Pidió ayuda a su compañero que se acercó rápidamente, y entre ambos la tomaron y la llevaron al interior de las dependencias, y la dejaron sobre un sofá, tomaron una manta y la taparon.
A las ocho y media de la mañana, la comisaria era un caos, miembros del cuerpo policial por todos lados, entrando y saliendo, personal de administración, limpieza, técnicos de averías, abogados de turno de oficio… Elsa estaba acostada en un sala pequeña, donde los policías hacían noche. Era el único lugar en calma de todo el edificio. El joven policía estaba sentado frente a Elsa, cuando entró el comisario. El joven se incorporó, ella seguía durmiendo.
- La familia de Elsa Ibáñez viene a por ella -dijo el comisario.
- Gracias por la información -contestó el joven.
- Debo agradecer la calma y serenidad que ha tenido esta noche con esta chica.
-Estaba advertido por mi superior, y sabía que cualquier noche ocurriría -apreció el joven. Pero, señor, una cosa -el joven policía necesitaba una respuesta-, mientras la acostábamos en el sofá ella susurraba cosas como “no lo he visto en la vida…”, cosas así, y me han dicho que ya ha venido más veces…
- Esta joven padece alucinaciones, provocados por una esquizofrenia importante que solo frena la medicación que toma, sus brotes son continuos, este año es la segunda vez que ocurre -añadió el comisario.
- Hace una hora, aproximadamente, hablé con su hermano que me confirmó todo lo que me está contando, y que seguramente llevaría días sin tomar su medicación. También me ha indicado que hablarían con el centro de salud mental para ver de qué manera pueden controlar que se tome su dosis diaria.
-Buen trabajo -el comisario extendió la mano hasta el joven-, le agradecería que estuviera usted aquí cuando llegara la familia, aunque se alargue su jornada, pero es gratificante recibir el calor por un trabajo bien hecho.
-No hice nada.
-A veces no hacer nada es hacer mucho, mantener la calma en momentos de alta excitación es gran parte del éxito.
-Espere, lo que quería pedirle, es si, ¿no sería bueno hacerle un estudio de reconocimiento de la persona que ve, un retrato robot, para saber si existe, si se parece a alguien, si se repite otra vez, ver si es la misma persona a la que ve? Imagine que es siempre la misma persona y que un día viene el lobo de verdad y confundimos su realidad con su ficción, como en el cuento del “Pedro y el lobo”.
- Déjelo joven, llegará lejos, gracias.
El comisario le guiñó un ojo y salió por la puerta.

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