EL ARCO DE ODISEO, Otra vez en Japón XIX, por Marcos Muelas



De pequeño nunca tuve grandes sueños que pudiera compartir con los niños de mi edad. No quería ser ni futbolista ni astronauta. No veía una versión adulta de mi al servicio de los demás siendo médico o policía. Mis anhelos iban a corto plazo, fantaseando con qué haría mi madre de comer aquel día. Crecí pensando en el día a día, sin expectativas o ganas de destacar en nada. Perfil bajo, sin encajar del todo con los demás e imitando las emociones, que tampoco entendía mucho, para no parecer un bicho raro. 


Pasaron los años, me hice adulto y encontré a mi dulce Penélope. Fue de su mano donde encontré aquellos sueños y con ello, una meta para mi vida. Corría el año 2005 cuando me arrastró al cine, a lo que yo esperaba una sesión de aburrimiento de dos horas y media. “Memorias de una Geisha”, nada menos, ya solo el título me daba pereza. ¿Quién iba a pensar que aquella película cambiaría nuestras vidas de aquella manera?  Pero, la cinta, basada en la novela de Arthur Golden, significó un antes y un después en mi percepción de la vida.  Caí enamorado de Japón, de las geishas y sus costumbres. Todo a pesar de que, tantos años después, cuando vuelvo a verla, encuentro demasiadas incoherencias e inexactitudes. Pero esto no afea en absoluto la obra… Sigue siendo una de mis películas favoritas, con esa música y fotografía elegante e hipnotizadora. La puerta estaba abierta, y yo encontré mi propósito: Japón. 


Pasamos los siguientes años leyendo sobre aquel misterioso lugar, sumergiéndonos en su cultura. Veíamos películas y series para tratar de entender sus costumbres. Pero, por mucho empeño que pusimos en viajar hasta allí, Japón siempre se resistía recibirnos. Tuvieron que pasar muchos años para que pudiéramos viajar al país nipón por primera vez. Entonces, todo lo que sabíamos y esperábamos se quedó corto ante lo que descubrimos. Como les dije al principio de este texto, yo nací sin sueños y comprendí el porqué en aquella nación insular. Japón era nuestro hogar y un capricho del destino nos había hecho nacer en el continente equivocado. Sobre las vivencias de Japón ya les hablo muy a menudo…


Continuemos por donde nos habíamos quedado. Era 25 de abril de nuestro tercer viaje a Japón, el día de mi santo, para más señas. Quedaba la tercera sorpresa de aquel día. Repito de nuevo, no soy un hombre de sueños, pero sí tengo una lista de cosas que me gustaría probar antes de morir, solo por curiosidad. Y, una de ellas, era conducir en algún país donde se circule por la izquierda. 


¡Ahora entendía porque Penélope se había empeñado un mes antes en que nos hiciéramos los carnets de conducir internacionales! Para aquel día había contratado una excursión urbana en karts. Aquel lugar era como una mezcla de garaje y after donde una interminable fila de disfraces nos esperaba. Yo opté por uno de los pocos que conocía, del anime de Dragón Ball. Penélope hizo lo mismo y entre risas y nervios nos enfundamos en aquel cosplay que debía tener ADN de turistas de todo el mundo. Nos emparejaron con una simpática pareja de ingleses, que no eran ningunos críos y tenían tantas ganas de pasarlo bien como nosotros. 


Ya en los talleres, nos dieron una charla de seguridad en un ambiente muy amable. Sin embargo, nos advirtieron que, si usábamos el freno de mano para hacer derrapes, se acabó la fiesta. Por suerte éramos gente madura, bueno… el resto lo era y yo los imité. Subimos a aquellos trastos e hicimos algunas pruebas. La verdad es que era difícil acostumbrarse a frenar con el pie izquierdo, por lo que acababa frenando pisando el acelerador a la vez.


Dieron la luz verde y salimos a la calle tras el instructor. El motor rugía como un fórmula uno, a pesar de que nunca llegamos a pasar de los cincuenta por hora. Condujimos por las famosas calles de Tokio. Los turistas nos hacían fotos cuando parábamos en los semáforos de las calles de Ueno, la entrada de Takeshita dori o Shinjuku. Nos metimos entre coches de lujo donde casi tengo un incidente con un Ferrari que me pasó rozando. Atravesamos el cruce de Shibuya y, aunque no me dejaron sacar al macarra derrapa ruedas que llevo dentro, lo disfruté muchísimo. Me conformé con pasar a una buena velocidad saludando a las cámaras que nos apuntaban como si fuéramos estrellas de acción. El tiempo pasó volando y cuando regresamos al taller me temblaban hasta los empastes por la vibración de aquel extravagante vehículo. Pero, no fue sólo la vibración la que me hacía temblar. La adrenalina estaba por encima de los límites por la experiencia y estaba eufórico.

Aquel día fue inolvidable: estuvimos en un establo de Sumo, bañamos a las capibaras y condujimos por la ciudad más transitada del mundo entre las luces de llamativos neones. Los escenarios de la novela que había escrito desde el sofá de casa…


¿Y qué más podía pedir ya? Aquel día no sólo estuve con Penélope. Durante ese 25 de abril también me acompañó aquel niño que no tenía sueños, ni sabía de su propósito en la vida. Y de repente todo encajaba y tenía sentido para los dos.

¿Y cómo iba a ser de otra forma? Estábamos en Japón, el país de las experiencias, los karts y, desde aquel día, mi redención.


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