El aguador, de Diego Velázquez, por Santiago Delgado







El silencio que confluye en el dar y el recibir es el que aflora en este cuadro, que, por ser auténticamente costumbrista, es esencialmente testimonial. El viejo da, y el jovenzuelo recibe. Las palabras, el pago, el acuerdo han sido previas a este gesto de ofrecer. Ahora, hay silencio.


El viejo aguador sostiene por su base la magnífica copa (¿o vaso?) en que el aguador ofrece su mercancía, agua limpia de pozo inmaculado mantenida fresca por la cerrazón de la alcazarra, de angosta abertura, garante de su “virginidad”. Dos maravedíes el vaso, sabemos por el testimonio de la novela picaresca del “Estebanillo González”, que costaba ese buen trago de transparente, translucida y vivificadora agua del viejo aguador.


El joven tiene un presente y un porvenir cierto, reflejado en sus vestires, de excelentes camisa y jubón, amén de portar dos maravedíes en su faltriquera. Pero, al viejo, esa su profesión actual, apenas le debe de mantener. Siempre se ha fijado la crítica en el mal vestir del protagonista de la escena. Jubón roto y camisa de incierta textura y mejorables medidas. También habla de la piel curtida y las cicatrices que decoran su piel. Para este cronista está claro: es un viejo soldado de los Tercios, ya inservible para la batalla, regresado de Flandes. No ha encontrado mejor medio de  buscarse la vida, que sirviendo al dueño de algún pozo de patio sevillano, para comercializarle el agua. El de Estebanillo era un portugués, como los ascendientes del propio Velázquez. 

Hay silencio de tragedia pasada en el prematuro anciano, aún se le ve el porte del altanero servidor de los Tercios. Y hay silencio de comedida admiración del pudiente mozuelo. Pero son silencios humanos. Lo que refleja el cuadro es el traspaso de poderes de una generación a otra. El agua de la vida cambia de manos. El costumbrismo, dijimos, se convierte en testimonio de la Historia.





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