CRONOPIOS. Literatura y erotismo, por Rafael Hortal.
Blog literario Las Memorias de Dulcinea. 26 septiembre de 2026
En la mesa redonda sobre literatura erótica, dos horas se quedaron cortas para dialogar con un público muy participativo. En este encuentro, dentro de la programación de EXLIBRIS 2026, compartimos mesa José Antonio Molina, Susi Rosa y yo, Rafael Hortal. Hicimos un recorrido que comenzó en la literatura erótica más antigua, como la que refleja El cantar de los cantares (siglos X-V a.C.), continuó por el erotismo y el misticismo de Ibn Arabí en El libro de la escalera (siglo XII); y desembocamos finalmente en la literatura contemporánea, que sigue explorando el deseo con nuevas formas, nuevas voces y nuevas libertades (sin permitir que la IA nos fiscalice el placer de pensar).
La frontera entre el erotismo y la pornografía es una línea movediza, una brasa que cambia de intensidad según el lenguaje que la avive: puede arder con la luz simbólica y metafórica que envuelve las escenas explícitas, o incendiarse con la crudeza descarnada de quienes no rehúyen nombrar las relaciones sexuales sin tapujos. Así escribieron nuestros admirados autores, a quienes conviene recordar en el orden de su fecha de nacimiento: Sade (Francia, 1740), Guillaume Apollinaire (Italia / Francia, 1880), Henry Miller (Estados Unidos, 1891), Georges Bataille (Francia, 1897), Anaïs Nin (Francia / EE. UU., 1903), Charles Bukowski (Alemania / EE. UU., 1920), Philip Roth (EE. UU., 1933), Elfriede Jelinek (Austria, 1946), Kathy Acker (Estados Unidos, 1947) y Michel Houellebecq (Francia, 1956).
Durante la mesa redonda quedó claro que algunas escenas de estos autores, tan celebrados como temidos, resultan difíciles de asimilar: se adentran en territorios donde la descripción se vuelve vejatoria, dolorosa o incluso escatológica. Y, sin embargo, han ascendido a la cima de la literatura, porque esa misma osadía es parte de su grandeza.
No puedo dejar sin mencionar a Leopold von Sacher‑Masoch (Imperio austrohúngaro, 1836). Sus apellidos, convertidos en concepto, dieron nombre al sadomasoquismo gracias a La Venus de las pieles. Su novela nos sirvió para abordar otro de los temas: la imagen íntima que cada lector construye con su imaginación singular, frente a la imagen que los artistas elaboran cuando interpretan una escena. En el caso de La Venus de las pieles, son muchos los que han dejado su huella visual ilustrando distintas ediciones: Suzanne Ballivet, Salvador Dalí, Gerd Mackensen y Manuel Marsol.
Cuando el lector es adulto y formado, no existe peligro en ofrecerle todo tipo de fetichismos y parafilias; sin embargo, en estos tiempos de “comida basura cultural”, ha surgido un subgénero de consumo juvenil: el dark romance, que bajo la apariencia de novela para adolescentes, normaliza la violencia de género y los abusos sexuales.
En otra ocasión me detendré en las adaptaciones cinematográficas y en la mirada particular de sus directores. Como anticipo, recordemos que El amante de Lady Chatterley (D. H. Lawrence, 1885), obra censurada durante treinta años en Inglaterra, ha sido versionada en diez ocasiones entre cine y televisión, prueba de que algunas historias siguen reclamando nuevas voces para contarlas.


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