ESCRITOR INVITADO: El Mar Menor que recuerda, por Carlos Gil Gandía
El Mar Menor estaba allí antes de que nosotros supiéramos que estaba allí, y seguramente seguirá estando cuando ya nadie recuerde nuestros nombres. Esta evidencia, que debería bastar para poner las cosas en su sitio, ha sido una de las más difíciles de comprender, quizás porque los seres humanos confundimos con facilidad lo que encontramos al llegar con aquello que nos pertenece, como hacen los niños con la casa donde han nacido, que creen construida para ellos y eterna. También nosotros encontramos el mar hecho. Respiraba despacio entre La Manga y la tierra firme, recibía la luz, movía sus algas, alimentaba sus peces y parecía dormir durante ciertas tardes inmóviles de agosto, cuando apenas había viento y el agua adquiría esa quietud que solo poseen las cosas capaces de moverse. Tal vez por eso quienes crecieron junto a él nunca pensaron que pudiera desaparecer. Lo que pertenece a la infancia posee durante mucho tiempo el privilegio de parecernos inmortales.
Conrad sabía que el mar tiene una vida que no coincide con la nuestra. En El espejo del mar escribe sobre la larga intimidad entre los humanos y una criatura que nunca acaba de entregarse. El marinero aprende a conocerla porque sabe que jamás podrá conocerla del todo. Observa el viento, sospecha la tormenta en una alteración del horizonte y sabe que el mar tiene humores, pausas, violencias y largos ensimismamientos. Algo semejante debieron saber los pescadores del Mar Menor: un mismo lugar nunca es enteramente el mismo. Carmen Conde lo dijo con una exactitud definitiva: «Porque siendo tú el mismo, eres distinto». El verso quizá contiene todo lo que puede decirse de un mar y también de una vida. Permanecemos porque cambiamos. El agua cambia y el mar permanece; las generaciones desaparecen de sus orillas mientras él conserva la huella de todas. En los poemas de Conde que atraviesan la película murciana Sofía Volverá, la laguna no es un decorado, sino presencia, materia que se toca y se escucha, hasta poder caminar sobre sus «lienzos crujientes de algas».
Quizá los lugares recuerden. No sabemos cómo podrían hacerlo, pero tampoco sabemos por qué un olor devuelve de pronto una tarde extinguida hace cuarenta años o por qué una determinada luz sobre el agua restituye durante un instante a alguien que ha muerto. El Mar Menor debe guardar una memoria semejante, solo que más antigua y más lenta. Debe recordar los pies desnudos de quienes fueron niños en sus playas y luego envejecieron; las barcas saliendo al amanecer; las voces de pescadores que ya no existen; los cuerpos que aprendieron a nadar en él y aquellos veranos que parecían interminables precisamente porque terminaron. Todo eso pasó junto a sus aguas y algo habrá quedado en ellas. Quizá no recordemos nosotros el mar: quizá sea el mar quien nos recuerda.
Pero también un cuerpo que recuerda puede enfermar. Durante años se creyó que el Mar Menor soportaría cualquier cosa porque había soportado la anterior. Esa es una de las crueldades de nuestra relación con lo vivo: interpretar su resistencia como prueba de invulnerabilidad. Se construyó, se excavó, se cultivó, se vertió, mientras el agua continuaba allí, dócil en apariencia, devolviendo cada mañana la luz. Nadie ve el instante exacto en que comienza una enfermedad. El enfermo todavía habla, come, duerme, incluso ríe, mientras algo ya ha empezado a trabajar dentro de él. También el Mar Menor siguió pareciéndole un mar cuando ya estaba enfermo. Desde lejos continuaba azul. Desde lejos casi todo permanecía intacto.
Hasta que un día devolvió los peces. Llegaron a la orilla en busca del oxígeno que el agua ya no podía darles y quedaron allí amontonados, como si la laguna hubiera reunido sus últimas fuerzas para mostrarnos lo que sucedía en su interior. La superficie todavía parecía tranquila, pero al aproximarse aparecían los peces muertos, el olor y la imagen inevitable de un «cuerpo herido». Durante siglos los seres humanos habían arrojado al mar aquello que no querían ver y, de pronto, fue el mar quien comenzó a devolverlo. No habló. Los mares no necesitan nuestras palabras. Hizo algo más antiguo: mostró la herida.
Eso es también Sofía Volverá: la historia de una niña y de un mar atravesados por una misma pérdida. Sofía tiene doce años cuando la mortandad de peces altera su vida y termina marchándose. Pero quizá no sea exacto decir que abandona el Mar Menor. Hay ocasiones en que uno se marcha porque el lugar se ha marchado primero. La casa continúa en pie, la calle conserva su nombre, el mar sigue figurando en los mapas y, sin embargo, aquello que hacía posible vivir allí ha desaparecido. Sofía se lleva entonces el mar de su infancia, el único que nadie podrá arrebatarle porque ya no está hecho de agua sino de memoria.
Cuando regresa, muchos años después, busca dos cosas que sabe imposibles: el mar que dejó y la niña que era cuando lo dejó. Encuentra las aguas, encuentra a su amiga, pasea, ríe y vuelve a bañarse, pero su vida anterior exclusivamente subsiste en la memoria. El regreso consiste exclusivamente en recuperar lo mismo, porque mientras uno está afuera, el lugar ha seguido viviendo. También el mar ha tenido su tiempo; también él ha envejecido. «Porque siendo tú el mismo, eres distinto», podría decirle Sofía al Mar Menor; pero también podría decírselo el Mar Menor a ella.
Entonces entra en el agua y, durante algunos instantes, dos memorias se encuentran. La mujer recuerda a la niña y al mar; si los mares recuerdan, reconoce aquel cuerpo transformado que muchos años atrás corrió por sus orillas. Ninguno es ya el mismo y ambos lo son. Tal vez regresar no sea recuperar lo perdido —cosa que nunca pasa—, sino descubrir aquello que ha permanecido bajo todas nuestras pérdidas. El Mar Menor continúa respirando, guardando bajo sus aguas algas, peces, voces y veranos extinguidos. Nosotros pasaremos. Él también, porque nada vivo tiene prometida la eternidad. Mientras tanto, seguirá recibiendo la luz y devolviéndola. Y quizás, por eso, Conrad llamó a su espejo: porque contemplamos largamente el mar creyendo que lo mirábamos, hasta descubrir que desde el principio era él quien nos devolvía nuestra imagen.

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