PUNTO DE FUGA. Compás de espera, por Charo Guarino






Hay ocasiones en que no tenemos más remedio que parar. Por cuarta vez en 11 años, el pasado 12 de febrero tuve que someterme a una intervención quirúrgica relacionada con mi pierna izquierda. La casualidad ha querido que ocurra justo en el aniversario de la primera de esas cuatro veces. Entonces fue en New Jersey, en Estados Unidos, donde me encontraba disfrutando de un permiso sabático. Un mal paso sobre el llamado hielo negro, por camuflarse con el asfalto, me ocasionó una fractura trimaleolar en el tobillo izquierdo justo el día que venía brevemente a España a visitar a mi familia y dar una sorpresa a mi padre al que acababan de operar, y dio al traste con mi estancia en la Universidad de Cornell, en Ithaca, en la experiencia más extraordinaria que he vivido nunca a nivel académico y personal. A finales del mismo 2014 me extrajeron las placas y tornillos que habían fijado la fractura y la habían permitido consolidarse, y aunque mi tobillo no ha vuelto a ser el mismo, experimenté una notable mejoría a partir de ese momento. Por eso me he aventurado otra vez, tras la fractura de pilón tibial y peroné que sufrí el 13 de agosto de 2022 en el glaciar del Ródano —en el Furkapass suizo, entre los cantones de Valais y Uri, donde se rodó la famosa escena de persecución automovilística del agente 007 en la película ‘Goldfinger’— a pasar por quirófano para que me extraigan la osteosíntesis. Y es que dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Yo confío en no volver a vivir algo así de nuevo, y menos en el extranjero, con las complicaciones que esa circunstancia añade al hecho ya de por sí traumático en el sentido tanto literal como figurado del término. 


Como ya me advirtió mi traumatólogo, el doctor Arturo Pellicer, ocurrió que la intervención quirúrgica no fue todo lo exitosa que se esperaba y no fue posible extraer todo el material. Entre la placa de titanio y algunos de los tornillos que la sujetan a mi tibia y peroné se ha producido un fenómeno físico conocido como fusión fría, y el destornillador lo único que ha conseguido es abocardar la cabeza de los tornillos, de manera que después de no pocos intentos hubo que cerrar sin terminar la operación. Soluciones: quedarme como estoy, con media placa y diez tornillos menos, o bien volver a operarme en breve, tan pronto el cirujano se haga con el instrumental apropiado para abordar la retirada del resto. Ciertamente no es plato de gusto entrar a quirófano de nuevo, pero no quiero rendirme ahora, pues confío en que una vez recuperada y liberada de la osteosíntesis que siento como un cepo permanente ganaré en movilidad y cesarán las molestias y dolores continuos o al menos se atenuarán.


En la etapa de sosiego y reposo necesaria para mi recuperación, que implica hacer un alto en el camino y dejar de acudir al trabajo y a los eventos culturales que proliferan en nuestra ciudad en cualquier época con una oferta variada y atractiva, habré de contentarme con seguir los esmerados relatos que puntualmente realiza y comparte en redes sociales Antonio Garrido Hernández, a quien tuve ocasión de conocer el año pasado en el Club de Lectura Delta que impartí en la Biblioteca Regional de Murcia. Sin duda sería de justicia nombrarle cronista cultural oficial de la región de Murcia. Gracias a esas descripciones minuciosas, llenas de enjundia, que revelan a un crítico inteligente y sagaz, es posible disfrutar de los actos que describe con exquisito detalle casi como si se hubiera asistido a ellos. Me comentaba hace unos días que la memoria, pasado un período de tiempo, no es capaz de discernir entre lo realmente vivido y aquello que nos han relatado sobre un acontecimiento, como cuenta el padre Guido Sarducci, personaje de ficción creado por el comediante americano Don Novello, a propósito de su idea sobre la Universidad de los cinco minutos, según el mismo Antonio me dio a conocer. Desde aquí quiero darle las más efusivas gracias por compartir generosamente sus vastos conocimientos e impresiones, y felicitarle por esa curiosidad inagotable, propia de un espíritu joven e inquieto. 


Por mi parte, seguiré los consejos de Séneca en su tratado De tranquillitate animi, en busca de la imprescindible serenidad del espíritu cuando la resolución de los asuntos que nos perturban no está en nuestras manos. 



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