CLASE DE LENGUA Y LITERATURA. La mitología, Filemón y Baucis, por Santiago Delgado






La Mitología, entendida universalmente, es un valiosísimo patrimonio de la humanidad. Cada Cultura tiene su Mitología. La sabiduría se iba condensando lentamente en esas historias, aparentemente pintorescas o anecdóticas, en tanto que transcurrían los tiempos antiguos. La Mitología era la sabiduría preservada. Y servía de catársis, de ejemplo a seguir o a no seguir. Y para más cosas. Además, en todo caso, la Mitología es un tesoro narrativo de arquetipos humanos y actantes argumentales, que nunca dejará de ser modelo para todo escritor, en cualquier género. 

Los tiempos modernos tienden a descreer de la Mitología. La ciencia positiva, o el mal entendimiento de la ciencia positiva, tiende a separar a esas historias como papel viejo, desechable. Y es un error. 

Nosotros, los occidentales tenemos varias mitologías a la mano: la hebrea, la grecolatina, la nórdica, la eslava… Y deberíamos estar duchos en todas ellas. Nadie que se diga culto debe ignorar lo básico de todas esas narrativas ancestrales. Hoy quiero traer aquí un relato mitológico, que estimo bello, hermoso y encomiable. Es el mito de Filemón y Baucis, un feliz y perdurado matrimonio de la ciudad de Frigia, en el interior oeste de la península anatólica, cuando la hermosa paganía helena habitaba los espíritus de aquella urbe.

Sucedió que Zeus y Hermes acertaron a pasar por la ciudad, disfrazados de mortales. Nadie les quiso dar posada, salvo el matrimonio antedicho. Y, cenando que estaban, le pareció a Baucis, el ama de casa, que era poca cena para sus huéspedes, de los que ignoraba la deidad. Muy decidida, fue a sacrificar el ganso guardador de la casa, que lanzaba su cuaqueo si advenían extraños al lar propio. Pero, el ganso rápido y ágil, voló al regazo de Zeus, del que reconocía su olímpica deidad. Entonces, el padre de los dioses se dio a conocer, y les comunicó a sus anfitriones que, debido a la impiedad con los forasteros, iba a quemar y destruir la ciudad. Y que sólo se salvarían ellos dos, Filemón y Baucis, junto con su casa. La concomitancia con algún mito de la mitología hebrea es evidente. Búsquenlo, si quieren nota. 

Así sucedió, y en adelante, la pareja frigia se salvó. Su casa fue templo de Zeus, y ellos sus guardianes. Y vivieron felices, en su impar monogamia matrimonial, que tanta felicidad les procuraba. Filemón significa “El Hospitalario”, y, a Baucis, que cerca anda de significar “Calzado” en griego moderno, bien podríamos denominarla, en castiza licencia española, como “La Bienplantá”, un piropo. Dos nombres que pintiparados vienen para el hecho narrado: generosidad, hospitalidad y perdurabilidad; nunca exenta de pasión, claro. Amor a lo largo. Porque, la gratitud de Zeus se extendió al hecho de que, a Filemón, al morir, lo convirtió en un recio y corpulento roble, y a Baucis, en un oloroso y acogedor tilo, Ovidio dixit. Ambas frondas crecieron inclinándose la una a la otra, de manera que su matrimonio prosiguió en su pasión continua, más allá de la muerte. Gounod hizo memorable Opera, y Rubens, exquisito lienzo. Y otros muchos otro tanto.


Es todo, recojan en orden, solemnemente como corresponde a la lectio de hoy, y, en consecuencia, salgan lentos y graves, al pasillo y recreo.


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