EL ARCO DE ODISEO. La acabadora, por Marcos Muelas
Murmuraban las viejas oraciones antiguas. Palabras repetidas desde tiempos olvidados cuyos conjuros esperan brindar protección y alivio. En ciertas ocasiones, oran a los Santos, a la Virgen María o directamente al padre creador, buscando también la sanación. Pero no será esta noche, pues no hay esperanza de curación para el alma sufriente.
Los gritos del protagonista saltan del dolor a la locura. Del llanto al gruñido. Sin levantar la cabeza las viejas se santiguan con precisión entrenada. Llaman a la puerta, con tono solemne. Los familiares se sobresaltan. No necesitan preguntar la identidad del llamante. ¿Quién, que no sea portador de muerte, podría acudir a tal hora? La puerta se abre y con el visitante entra un viento frío que hace temblar la luz de las velas. El recién llegado va embutido en una capa negra con una capucha que cubre sus facciones. Los presentes no dicen nada, sobran las palabras y presentaciones. Las viejas recogen sus rosarios apretando con fuerza las cuentas, la presencia del recién llegado les da ánimo para olvidarse de la artritis y otros males de la edad. En un parpadeo, se han marchado sin despedirse. En su huida hacen lo posible por no cruzar palabras ni miradas con el encapuchado.
El cabeza de familia ofrece al visitante un lugar donde prepararse y este asiente silencioso mientras le sigue a una habitación contigua. Tras quedarse a solas, abre su bolsa de piel y comienza a sacar sus instrumentos: ramitas de tomillo, romero y otras plantas aromáticas, todas ellas entrelazadas formando un ramillete. También lleva una frasca de agua bendecida por el párroco del pueblo. Y por último saca lo más importante, su maza de madera de olivo. El visitante siente que la capa le sobra y tras quitársela, sale con ella de la sala.
—Guárdela mientras hago mi trabajo —pidió con voz femenina mientras entregaba la capa al cabeza de familia. Tanto el hombre como su mujer, cuñado e hijos mayores, examinan desconcertados a la mujer. Habían dado por hecho que el profesional sería un hombre.
—Deberán de dejarnos a solas.
Toda la familia obedece sin protestar. La mujer es toda una autoridad y con ella es sabido que es de necios discutir. Esta señora, cuya edad podría estar a caballo entre los 30 y los 50 años, se adentra en la habitación del pobre desgraciado. El tufo a enfermedad impregna el lugar y con experimentada práctica comienza su labor. Primero retira los crucifijos y estampas de los Santos que ocupan el lugar. Tras ello se dedica al paciente al que retira los anillos y el rosario de cuentas metálicas que aferra entre sus manos crispadas. Cualquier objeto de hierro es considerado impuro e inconveniente para su labor. Así convierte el lugar en una estancia laica, pues el joven yacente se encuentra lejos de cualquier ayuda mística. Pero dedica una última plegaria a las ánimas en honor al alma del moribundo. La mujer da un sorbo al agua bendita y prende fuego a las ramas aromáticas cuyo humo otorga olor agradable enmascarando el olor a enfermedad. Contempla al enfermo. Demasiado afectado por la enfermedad como para tener recuperación, y a la vez, demasiado testarudo como para querer marchar de este mundo. Pero allí esta ella, representante de Caronte, barquero del río Estix, para facilitar el proceso. Con el mismo mimo de una madre coloca al joven de lado, dejando la espalda a la vista. Una breve oración para asegurar que el alma será conducida a los cielos. Con una mano firme agarra la maza de madera de olivo para descargar un único golpe en la base del cráneo del moribundo. Un solo golpe certero acaba con sufrimiento innecesario adelantando lo inevitable y dando al fin descanso a la agonía.
La mujer acomoda el cadáver, pues los familiares necesitan despedirse del finado. Recoge sus pertenencias y abre la puerta de la calle donde los familiares esperan ansiosos. La mujer no dice nada, solo recupera su capa y deja que los dolientes entren en tromba. Se marcha del lugar en silencio, dejando paz a los muertos y alivio a los vivos. Si siente remordimientos por sus actos, no lo deja patente. Ella es la Acabadora, un título que si bien carece de originalidad, sirve de sobra para resumir su trabajo.
El acabador o acabadora era una figura oscura que se encargaba de aliviar el sufrimiento de enfermos incurables. Normalmente se trataba de comadronas, médicos o verdugos que ocultando su identidad ofrecían este trabajo de forma altruista. Su forma de trabajo variaba y si bien se le asocia a su famoso martillo de madera, también se valía de otros métodos para cumplir su labor.
Este misterioso personaje puede tener su origen en la Italia más profunda propagándose al resto de Europa. Hay constancia de que este personaje misterioso llegó a prestar sus servicios en Murcia, hasta principios del pasado siglo.
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