Clase de Lengua y Literatura. Las primeras escrituras romances, por Santiago Delgado
El español en que hablamos hoy es hijo del castellano. Un hijo como la ameba hija sale de la ameba madre. No hay coyunda previa. Sí la hay en el origen del castellano. Ahí actúa el euskera, o un euskera, como substrato. El Cid hablaba castellano, pero llamaba a su lugarteniente Minaya (Alvar Fañez); Minaya quiere decir mi hermano en el vascuence del padre del Cid, según Jon Juaristi. Así las cosas, tenemos que pensar que el abuelo del Cid hablaba vasco; esto es, una variante de vasco.
Pero, una cosa es hablar, y otra escribir. En aquellos alrededores del año mil, arriba o abajo, se hablaba el latín vulgar que los legionarios romanos trajeron junto con su espada. Un latín vulgar que iba pasando a romance. Un romance distinto en cada región de las aisladas que la caída del Imperio Romano ocasionó. Mucho menos se perdió en Cuba, y volvieron llorando, ¿no? Debió ser hermoso poder cruzar desde Galicia hasta Jerusalén sin dejar de hablar latín, en el siglo IV. La monja Egeria lo hizo; claro que era gallega, y eso pesa.
Pero no se puede estar mucho tiempo hablando sin escribir lo hablado. En el plano judicial lo solucionaban escribiendo el latín enfermo, ya ni siquiera vulgar, del Bajísimo Imperio, Pero, ¿y en la Iglesia? Ahí se amparaban en la sacrosanta liturgia que siempre fue poco dada a variaciones. Fue siempre una tocata sin fuga, que dijéramos. Y, claro, la distancia entre lo hablado y escrito se hizo insoportable. Sobre todo, para los novicios de los conventos, que nada entendían de los latinajos puros o casi puros de la liturgia. Por ello, algún pedagogo revolucionario de San Millán, Silos o Valpuesta tuvo que esclarecer el significado de las latinidades de los devocionarios y cantorales. Y tuvo la idea de escribir, entre renglones, el significado de la letra sacra. Claro, tuvo que inventar letras para identificar los fonemas que los de la espada y el Imperio no tenían, y así surgieron la y griega, la che, la elle y la eñe. Además de los diptongos romances, De aquellos alrededores del año mil a Cervantes, medio milenio
Empero, en León fueron más prácticos. El primer vagido de la hoy extinta lengua leonesa fue una Nodicia de Kesos, escrita en el anverso de un pergamino de galimatías jurídico ya prescrito. O sea, una Carta de Quesos. ¡Viva León! Pueden ver el pergamino en la misma Catedral de aquel reino.
Yo propongo que, en toda España, se rotule así: Nodicia de kesos, a las cartas de quesos que ofrezcan los restaurantes y dependencias similares.
Es todo, recojan: felicidades a los que han traído bocadillo de queso. Procedan con orden, por favor.
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