Nod, poema de Vicente Llamas








 Nod

Casi toda la memoria es una danza ocre,

deformada por los colores desquiciados de la guerra.

Casi toda la luz, un impulso yermo

a través de hogares desgarrados

por los tonos lívidos de la pobreza,

almas huecas como harapos vacíos de ahogados en la orilla

sin desnudez ya que amparar,

ecos de una impura devoción empañando bosques y lechos.

Y todos los relojes ciegos que deshacen,

 hilo a hilo, la cordura

desembocan en una misma hora lúgubre

golpeando las puertas de los primogénitos de Nod.

Todo se desfigura. 

La estación opaca en la que convergen las ausencias,

la mímica fría de las causas remotas

que sacuden la memoria subterránea de Occidente, 

la sed que se esconde en las bocas hastiadas de los muertos 

y no secan los días al deslizarse, sigilosos, 

en la pálida región que rechaza lo vivo, 

el compás violento de las formas que no presienten la caída ni el olvido. 

Los colores voraces e insomnes acechan al animal profundo, 

oponiéndose a su latido,

a su respiración, a su fatiga.

Se parecen a una sola hora vacía 

que no mide nada, 

sin nadie dentro, 

en la que naufragan todos los relojes. 

Los susurros se corromperán en umbrales cercados por la peste 

como frutos golpeados,

 los pájaros se pudrirán bajo las cúpulas, 

cercanos al otoño que asciende furtivamente,

abriendo en el aire hangares y labores amargas, 

tenues conquistas de la pereza, 

sin que nadie vigile sus herramientas.

Toda materia,

máscara que cambia y es la única, 

la que era antes,

asombro que no descifra la tiniebla y es hábito, 

vuelo y amor transmutado en lodo.

Todo acudirá a la oscuridad

para saciarse de mentira,

mientras cuerpos anónimos cumplen ciclos desiguales de orfandad 

sin repetir quietud o norma. 

Todos confluyen en una sórdida estancia 

a la que no pertenece la música.


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