EL VERDE GABÁN. Las mocedades de don Quijote (el Quijotillo), entrega última, por Santiago Delgado,








Pero no quiero, Sancho, dejar pasar de contarte la ocasión en que mis pecadores ojos vieron a la beldad absoluta –interna y externa– de quienes el resto de los mortales llamáis Aldonza, y que yo conozco por el excelso nombre de Dulcinea. Fue en el mercado semanal de Alcalá, cabe la ribera del Henares. Allí venían aldeanos de toda La Mancha, y aun de parte de Aragón, pues buenos , y muchos, compradores había para abastecer las despensas de los grandes señores que en la cardenalicia y cisneriana ciudad habitaban: los Mendoza, los Mondéjar, los Castelar y otros. También para nutrir las numerosas casas de huéspedes que allá estaban abiertas; amén de los innumerables Colegios Mayores y Menores. Muchas bocas a las que dar de comer todos los días. 

No oses preguntarme, Sancho, qué comestible mercancía era ofertada por la familia de ella. Es tan obvio, que molesta la ignorancia. Vendía miel, seguramente traída de la vecina Alcarria. O comprada en la ribera alta del Tajo. Aunque en la cantinela del puesto, únicamente se mencionaba a El Toboso como lugar de procedencia. Naturalmente, bautizar a la mielera me fue harto fácil: Dulcinea, dulce en su raíz de palabra, y derramada en su terminación, como el olor de tomillo, romero, lavanda, y yerbabuena acaso, perfumada de encanto y de amor, como su misma miel. Resonaba su nombre, además, en Melibea y Atenea, qué más pedir se podría…


Yo quedé prendado apenas verla. Estaba sentada en un costado del tenderete de su familia, y tenía las manos en el regazo. Miraba hacia otra parte, puede que cansada del trajín. No me miró, ni me vio siquiera. Contemplé su claro perfil de ánade, de enhiesto cuello y rostro, a la par cansado y sereno. Mal recogido el moño, alguna guedeja fina le ornaba el cuello. Su perfil era de reina, y sus gordezuelos labios prometían rosas de besos entre enamorados. Largamente estuvimos así. Yo, mirándola a ella. Ella mirando el infinito, en ángulo recto con mi rostro. Gocé la furtividad, un instante eterno, que aún no ha acabado, que eso es la eternidad: un instante intenso en el que vivimos larga y pausadamente. Ella, ciertamente sin saberlo, y yo, conociendo la caducidad infame de aquella eternidad. Aún la veo. Y la habré de seguir viendo mientras viva. La sangre y la carne que nos habita materialmente, advirtió –en mí y en ella– por un suspiro que avanzara como leve respingo en su cuerpo, que iba a cambiar la postura. Yo, a tiempo, varié la posición corporal mía. Temí que me viese que la había estado mirando. Tal pecado hubiera roto el hechizo de aquellos instantes, hechos de eternidad. 

Sí: Dulcinea era, fue y será siempre, un perfil de joven manchega, en la flor de la edad, que miraba a su interior, sin saber que eso miraba, y que yo, su más fiel, enamorado e imposible amante, la había estado mirando, con plena consciencia de haberlo hecho en un lapso de eternidad, del que los Cielos me habían hecho gracia.

Con Dulcinea en el alma y también con todos los libros de Caballerías en la cabeza, empecé a ser Don Quijote; aunque aún tardase mis segundos veinticinco años de vida en saberlo yo mismo, y actuar en consecuencia.

Tengas paz, Sancho, tras haber escuchado aquestas mocedades mías, tan incompletas y parciales. 

Sigamos camino.


Comentarios

  1. Me ha enamorado la lectura del enamoramiento de Alonso , aún joven, de esta vendedora de miel, poseedora de esa dulzura que la hizo merecedora del inmortal nombre de Dulcinea.

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