EL VERDE GABÁN. Las mocedades de don Quijote (El Quijotillo), por Santiago Delgado, entrega 26/27
Aún no era el yo que soy ahora, pero tampoco el mocito de zapatos rotos de Villanueva. Luisa, igual. Supe, por ella misma, que las monjitas la casaron bien. Mi señora madre me corroboró por carta lo acertado del casorio. Ojalá que fuera feliz, hasta que… falleció de sobreparto, la pobre. Menudita era, y acaso su cuerpecín no soportó las atrocidades del parir.
Las cosas que arregló mi madre impusieron que yo fuera, tanto a enterrar a la hermanita que tanto quise, como a recoger el rorro recién nacido; pues el marido declinó hacerse cargo, el mal hombre. Alquilé ama de cría, y con todos mis libros, más los de Luisa, y lo que aprendiera del gallego en el cacumen mío, allá que me fui, (o, mejor dicho, volví) primero a Toledo, luego a los enmedios de La Mancha, donde habría de quedarme ya para siempre hasta que salí a los caminos. Ya sabes, Sancho, dispuesto a enderezar entuertos, afrentar endriagos y desencantar damas atrapadas por los malandrines diversos que la Edad de Hierro desperdigó por el mundo y planeta, un malhadado día.
El ama de cría se quedó en la casa, hasta que destetó a mi sobrina, que llamamos Antonia por nombre, y Quijana por apellidación. La cual, bien me ha cuidado hasta ahora, junto con la avejentada ama que tú conoces, Sancho. Gran pena tuve de ver que mi sobrina no había heredado la curiosidad del saber y la lectura que su señora madre, mi hermana Luisa, había tenido en todas las medidas cabales que al ser humano hacen digno de Dios. Quienes no leen pueden creer que sienten a Dios, pero no escalan los peldaños que, en inconmensurable medida, llevan al Absoluto. Loada sea su Santa Voluntad. Mi sobrina quedó lega en conocimiento, y en su llaneza, bien que me cuidó, y cuida, más con oficio y costumbre que con cariño y allegamiento. Pero me bastaba, y me basta, aquello. El ama, no sé bien si la misma que heredé de mi madre, o su hija, bien que contribuyó también a tal situación. Alabado sea el Señor.
Que ya era yo otro, lo supe un día del otoño siguiente al de mi vuelta. Me acordé, así de pronto, de mis huidas con Luisa al exterior de las bardas de la linde de la herencia nuestra. Y no me gustó. No sé si por extrañar a Luisa o por no lograr acomodar mi ya luenga espalda a la pétrea pareta de mediana altura, que no creció conmigo. Acaso fuera por ambas cosas. No pasa el tiempo en balde. El caso es que, desde aquella tarde mismo, decidí encender la chimenea del salón de recepciones, y al abrigo del fuego, y de las velas que encendí por donde pude en la amplia estancia, di en leer y en leer todo cuanto tenía, y aun compraba de encargo a los arrieros.
Eso me abrió a la vida, de nuevo. No me importaba vender majuelos y ribazos de la hacienda heredada, con tal de poder pagar los libros que los trajinantes de imprenta y estantería, me iban ofreciendo, sabedores de mi afición y pronto pago. Calculo que la mitad de vida que tengo ahora, la pasé así, de blanco en blanco las noches y de claro en claro las mañanas, parando, y poco, para atender mínimamente las necesidades del cuerpo. Fui cartujo de los libros. Hoy, como sabes, una noche, tras la vuelta de mi primera correría, en las que no pocos entuertos desfize, el mago Frestón, por punto que había alcanzado yo de tener más libros, y más buenos que él, tapió y cerró la estancia donde los libros míos amontonaban su saber, y su distracción, ejemplos todo ellos para señalar al humano el recto camino de la vida. Pero yo haré, oh, Sancho amigo, que un sabio y mago más poderoso que Frestón, sepa desfazer ese entuerto de raptar mi biblioteca, que más quisieran para sí muchos dómines y catedráticos de Alcalá y aun de Salamanca.
Y todos esos libros, Sancho, pasados fueron de las páginas a mi cacumen, y ahí quedan, narrares, poemas, estudios, oraciones, mitologías, traducciones, profecías, conjuros y todo cuanto haya podido ser escrito, malo o bueno. Que no hay libro malo que no tenga algo bueno. Y, al revés, buen libro que atravesado sea por el error o el prejuicio, que son rendijas por las que el diablo bien se sabe colar. Por ello, el buen lector debe formarse primero en la doctrina de los santos padres y en los aciertos de la sabiduría pagana de los antiguos.
Que no hay libro malo que no contenga algo bueno. Amén.
ResponderEliminarAbsorta me tiene tu narración.., Santiago.
Un orgullo, Rosa.
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