EL ARCO DE ODISEO. Hércules y las grullas de Sadako, por Marcos Muelas
¿Qué puede haber más peligroso que la ira de una diosa? Y si encima se trata de la vengativa Hera, más vale no cruzarse en su camino.
Hubo un tiempo donde dioses y humanos compartimos el mundo. Zeus, padre de todo, recorría el mundo seduciendo mujeres mortales, llenando el orbe con sus bastardos. Hera, su esposa y hermana, portaba la vergonzosa corona del venado, que cada día se hacía más pesada. Zeus, lejos de ocultar sus infidelidades, tenía como costumbre jactarse abiertamente de sus conquistas durante los banquetes Olímpicos.
Y es que, el dios de la barba y el rayo era todo un semental, con un apetito sexual tan desmesurado como su ego. Si te echaba el ojo hacia lo posible por seducirte. No importaban género, raza o edad de su presa. Ponía todo su empeño en completar la captura. ¿Que había que disfrazarse de cisne para conseguirlo? Sin problema, ahí se presentaba Zeus, cubierto de plumas. En aquellos días, si un toro negro se acercaba a ti y te guiñaba un ojo, seguramente se trataba del dios disfrazado, y no habría escapatoria.
Vamos, que se pasaba las leyes de la naturaleza y la evidencia de acoso sexual por aquella parte de su cuerpo que nunca veía el sol. Si le preguntabas, él se definía como seductor. A día de hoy, sería un claro prototipo de Harvey Weinstein. En fin, podríamos cebarnos en los pecados de este pervertido dios, pero hoy no es mi objetivo. Esta vez, mis recuerdos van hacia su hijo más notorio, el formidable Hércules.
Hércules, o Heracles, era un semidios, hijo ilegitimo de Zeus y un constante insulto hacia la esposa de este. Era un guaperas, fuerte como un buey y un tanto simplón. Y aun así, sin pedirlo, la fama y los triunfos sentían debilidad por él. Su padre se sentía tan complacido por él que decidió que era merecedor de vivir entre los dioses, en el Olimpo, nada menos.
Hera, por su parte, podía soportar con una cierta dignidad que su esposo llenará el mundo con sus bastardos, pero sentarlo en la mesa de los dioses...eso ya era otro cantar.
Había cruzado una línea peligrosa y su esposa, sin duda alguna, se lo haría pagar. Pensó en acabar con la vida del bastardo, pero temía la reacción de su marido. Aun así, si el zoquete no podía morir, al menos lo haría sufrir.
Fue así que la venganza de Hera se cebó con la familia del semidiós. Convocó a toda la ira de su corazón para que poseyera el alma bondadosa de Hércules. De esta manera, Hércules perdió la razón sumergiéndose en un mar de ira. Cuando está cesó, encontró a ante sí su familia muerta y sus manos manchadas de sangre. Su mujer, hijos y sobrinos eran ahora fríos cadáveres con ojos acusadores.
Sin ser consciente de que su delito había sido provocado por Hera, destrozado por la culpa, decidió aislarse del mundo, recluyéndose entre la naturaleza y las bestias del bosque. Tras una interminable búsqueda, su hermano Ificles dio con él y lo convenció para que fuera al Oráculo de Delfos con el objetivo de consultar su destino. Allí descubrió que había una posibilidad de expiar sus pecados, pero para ello, debería cumplir doce pruebas. Y la tarea no sería fácil ya que las pruebas eran prácticamente imposibles de realizar. Pero, recordemos que Hércules era un semidiós. Gracias a su fuerza e ingenio las duras pruebas fueron superadas y sus crímenes expiados.
Hércules contra la Hidra. Antonio Pollaiuolo
Ahora dejemos pasar unos siglos y dediquemos nuestra atención a otro personaje, Sadako Sasaki, una joven que se enfrentó a otra complicada prueba, complicada hasta para el mismo Hércules. En esta ocasión, el premio no era la expiación, sino salvar su propia vida.
Sadako era una de las miles que sobrevivieron a la bomba de Hiroshima para sufrir posteriormente las devastadoras secuelas de la radiación Solo contaba con doce años cuando se le diagnosticó la terrible enfermedad: leucemia. En aquella época, sin medios efectivos para tratarla, aquello se podía considerar una condena de muerte. Pero, la adolescente no pensaba darse por vencida, lucharía con valentía y haría todo lo posible por sobrevivir.
Desesperada, se aferró a la leyenda de "Senbazuru", la cual, aseguraba que si realizabas mil grullas de origami, arte japonés de crear figuras de papel, se le concedería un deseo. Y su deseo no era otro que vivir. Desgraciadamente, la joven falleció antes de poder elaborarlas todas. Apenados, sus compañeros de clase terminaron la tarea por ella, con la esperanza de darle paz en la otra vida. Y no solo se hicieron esas grullas. Hoy se siguen creando y ofreciendo en su memoria, y en la de todos los que padecieron la misma suerte, llenando de color y esperanza un espacio en el que se respira una energía especial, el parque memorial de la Paz.
Como ella, cientos de miles de personas, tantos años después, siguen sufriendo las consecuencias de la radiación de las malditas bombas atómicas, haciendo patente que los males de la guerra, no terminarán nunca.
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